La que sí venía a visitarnos de vez en cuando era la reina; siempre acudía en persona para comprobar que todo marchara en orden.
—¿Cómo te tratan los sirvientes, querida? —preguntó una cálida tarde mientras compartíamos un té que ella misma había traído.
No estaba muy acostumbrada a beber en esas tazas de porcelana tan delicadas, pero procuré imitar la postura elegante de la reina. Pese a mis súplicas, nuestra soberana había enviado al palacio a un grupo de sirvientes para encargarse de la cocina y a varios guardias que, según ella, resultaban indispensables.
—Desearía que no estuvieran merodeando alrededor —contesté, intentando dar un sorbo con soltura; la bebida amarga me dejaba un sabor espantoso al tragar.
Jamás me acostumbré a comer alimentos humanos. Tuve que hacerlo durante el embarazo de Jeremy, pero la mayoría de las preparaciones me desagradaban.
—¿Por qué? ¿Acaso te han tratado mal o han sido groseros contigo? —inquirió la reina con preocupación.
—No, pero me incomoda su presencia. Especialmente la de esos hombres cubiertos de metal.
—Ellos solo están aquí para cuidarlos.
—Yo puedo cuidarnos sola, su majestad.
—Pero necesitarás ayuda con el niño, ¿no? —comentó, dedicándole una mirada tierna a Jeremy.
El pequeño permanecía sentado en una alta silla de bebé labrada en oro, dándole mordiscos babosos a una galleta. Le acababan de brotar los primeros dientes, por lo que se la pasaba babeando todo el tiempo.
—Mis hermanas y yo nos bastamos solas.
Pensándolo bien, mis hermanas revoloteaban por toda la estancia en ese instante, pero la reina ni siquiera parecía notarlo. Desconocía si se debía a la distracción de los sirvientes o a que, en efecto, había perdido la totalidad de sus facultades mágicas.
—Si tanto te molesta... ¿estás completamente segura de que no deseas a nadie aquí?
—Segura, mi reina —incliné la cabeza en señal de respeto.
Tras aquella conversación, la totalidad de los sirvientes y guardias se retiraron del recinto, otorgándonos a mis hermanas y a mí el dominio absoluto sobre el castillo.
Lo primero que hice fue remodelar el jardín e instalar una gran fuente de agua pura. Como Jeremy había heredado más rasgos humanos que mágicos, le resultaba imposible vernos a menos que adoptáramos nuestra forma grande, lo cual nos exigía un desgaste físico enorme. Para solucionarlo, le pedí al viejo roble que me otorgara un poco de su sábila ancestral.
Una de mis hermanas la trajo y rocié con cuidado el líquido sobre los ojos del niño. Al principio lloró muchísimo por el escozor, pero un momento después comenzó a ver las luces de mis hermanas volando a su alrededor. Emocionado, soltó una carcajada sonora. Ellas dieron vueltas sobre él, iluminando su dulce carita con cientos de matices multicolores.
Jeremy aún era demasiado pequeño para visitar el bosque de las hadas, pero cuando creciera, definitivamente lo llevaría. Mis hermanas y yo nos encargábamos de cada rincón del palacio y casi nunca salíamos de allí; con el tiempo, lo convertí en mi propio bosque encantado.
Cada cierto período, la reina regresaba trayendo provisiones y objetos que Jeremy pudiera necesitar. Casi siempre venía sola.
—¡Pero qué grande está! —exclamó una tarde, haciendo saltar a Jeremy sobre su regazo mientras el niño reía a carcajadas—. Te traje algo —añadió, haciéndole una seña con la cabeza a la sirvienta pecosa que aguardaba a su izquierda.
La joven tardó unos segundos en reaccionar, absorta y maravillada por el entorno. Flores de mil colores resplandecían por doquier, la hierba del suelo lucía un verde puro e intenso, y gigantescos árboles entrelazaban sus ramas por los techos, pareciendo fusionarse con las paredes del palacio.
La reina se aclaró la garganta para atraer la atención de la sirvienta, quien se apresuró a acercarse. Extrajo una misiva de su bolsillo y me la entregó sosteniéndola con ambas manos.
La reina me hizo un gesto para que la abriera. Con cuidado, leí la palabra grabada en el sello: Invitación.
Alcé la vista, sorprendida.
—Sé que te instalaste hace tiempo, pero con el nacimiento del príncipe Ian y todo el caos previo, no habíamos tenido la oportunidad de presentarte formalmente ante la sociedad —explicó la reina.
—¿Es estrictamente necesario? —pregunté, sintiendo un nudo de incomodidad en el estómago. No sentía el menor deseo de formar parte del mundo mortal.
—Si deseas garantizarle un futuro próspero a Jeremy, sí. Recuerda que él también es un príncipe —añadió con una sonrisa serena.
Le eché una mirada a Jeremy. Era cierto: aunque yo no fuera humana, mi hijo sí pertenecía a este mundo.
—Pero no quiero que lo aíslen... como a...
Dejé la frase en el aire, pero ambas sabíamos a quién me refería. El actual rey había transcurrido toda su infancia en la soledad del castillo de su madre, perseguido incansablemente por sus enemigos para, años más tarde, ser manipulado como un simple peón.
—No será igual, querida. Jeremy gozará de todos los privilegios que le corresponden a un príncipe.
—¿Los príncipes tienen privilegios? En todos mis años sirviéndole a su majestad, jamás vi que el antiguo príncipe disfrutara de ninguno.
—Él los tendrá. Estamos erigiendo un reino completamente nuevo —aseguró la reina con voz tranquilizadora.
«Esto fue una mala idea», pensé con amargura. No debí sacarlo de la protección del bosque para traerlo a este lugar.
—Jeremy es humano y debe aprender a convivir con los suyos —dijo la reina de pronto.
Parecía que leía mis pensamientos. Me pregunté si realmente habría perdido sus poderes o si aún conservaba vestigios de su antigua magia.
—De cualquier modo, los espero este viernes por la noche. Mi sirvienta se quedará contigo por ahora —anunció, levantando una mano antes de que pudiera protestar—. Te instruirá en el protocolo de la corte y te entregará el vestido que deberás vestir.