La Sombra Del Hada

capitulo 17

El día del debut finalmente llegó.

El vestido que la reina me había enviado era de un dorado deslumbrante y bastante ceñido al cuerpo; hacía que mi piel resplandeciera al mirarme en el espejo.

—¿Estás cómoda? —preguntó una de mis hermanas.

—Supongo —respondió, acomodándome la tela.

—Si quieres, podemos ajustártelo un poco —ofreció otra, revoloteando a mi alrededor.

—Ya no hay tiempo —contesté con un suspiro.

Decidí trenzarme el cabello e entrelazar pequeñas cuentas doradas entre los mechones para que hicieran juego con el atuendo.

—Estás hermosa, Ámbar —corearon mis hermanas a unísono.

—Gracias —respondí con una tenue sonrisa.

—Pareces una humana.

Aquellas palabras borraron mi sonrisa al instante.

—¿De verdad?

—¡Claro que no! Eres muchísimo más hermosa que cualquier mujer mortal —intervino mi hermana Anya con firmeza.

Un golpe seco contra la puerta interrumpió la conversación. Era la hora de marchar.

Jeremy ya estaba preparado; lucía adorable vistiendo una pequeña túnica blanca.

—Le bordamos un detalle —comentó una de mis hermanas.

—¿En serio? ¿Qué le hicieron?

—Cárgalo.

Cuando lo alcé por encima de mi cabeza, descubrí que mis hermanas habían bordado con delicados hilos unas finas alas de mariposa en la espalda de la prenda.

—Para que nunca olvide de dónde proviene —susurró una de ellas en mi oído.

Tras echarle una última mirada a nuestro reflejo, me armé de valor y crucé el umbral. En la salida nos aguardaba la sirvienta pecosa de la reina.

—Señora, el carruaje la espera —anunció, dándose la vuelta sin esperar a que la siguiera.

El aire de la noche era gélido, provocando que Jeremy estornudara.

—¡Salud, pequeño! —exclamó una de mis hermanas.

Habían decidido acompañarnos; jamás habían presenciado un baile humano y la idea de estar rodeadas de tantos mortales las inquietaba. Yo tampoco me sentía segura acudiendo sola.

Jeremy le dedicó una sonrisa babosa al hada que volaba a su lado, provocando que la sirvienta pecosa lo mirara con extrañeza.

El carruaje se tambaleaba bruscamente durante el trayecto. El traqueteo me causaba un mareo terrible y el interior despedía un olor rancio y desagradable. La humana no parecía verse afectada, pero de tanto en tanto me lanzaba miradas cargadas de antipatía.

El viaje me pareció eterno. Con cada salto sobre el empedrado, Jeremy comenzaba a llorar. Lo mecí con suavidad, rezando en silencio para que el malestar no me hiciera perder la compostura.

Al arribar a las puertas del palacio principal, un guardia abrió la portezuela de inmediato.

—El baile ya ha comenzado. Dense prisa —ordenó.

Al descender del carruaje, inhalé profundamente el aire fresco de la noche.

—Rápido, camine. La reina no debe esperar —apuró la sirvienta, echando a andar a paso veloz hacia la entrada.

La seguí hasta ingresar a un imponente salón de banquetes revestido en tonos dorados y plateados. El resplandor era tan excesivo que resultaba casi cegador. El suelo exhibía un extraño patrón ajedrezado en blanco y negro, mientras que el techo era un enorme espejo que hacía lucir a los invitados como pequeñas hormigas.

Cientos de charolas de plata reflejaban la luz de miles de velas distribuidas por todo el recinto.

—¿Acaso pretenden competir con el sol? —murmuraron mis hermanas.

—Creo que es demasiado —susurré de vuelta.

El murmullo de cientos de humanos hablando al mismo tiempo ahogaba los esfuerzos de los músicos por hacerse escuchar.

—¡Por aquí! —gritó la sirvienta sobre el bullicio.

Al fondo de la gran estancia, sobre una elevada tarima de madera oscura, se alzaban dos majestuosos tronos. En ellos descansaban los reyes. En medio de ambos se custodiaba una cuna de oro macizo, donde apenas se divisaba la pequeña cabeza del príncipe heredero.

—Mi lady, al fin hemos llegado —dijo la sirvienta, ofreciendo una profunda reverencia.

Imitando su gesto, esperé en silencio a ser anunciada.

La reina me observaba desde su trono; una imponente corona de oro con incrustaciones de rubíes y esmeraldas destacaba sobre su cabello plateado, mientras que el rey lucía una diadema a juego.

—¿Cómo estuvo el viaje, querida? —inquirió la reina, haciéndome un ademán con la mano para que me incorporara.

—Bien, su majestad.

—Perfecto. Comencemos entonces —decretó.

El rey se puso de pie y, de inmediato, el salón entero quedó en un absoluto silencio.

—Hoy nos congregamos aquí para realizar un anuncio especial —comenzó a pronunciar con voz pausada y firme—. Anuncio formalmente el nombramiento de mi primera y única consorte.

Hizo una pausa y fijó su mirada directamente en mí.

Siguiendo el protocolo que la reina me había inculcado, me incliné y bajé la cabeza. Resultó complicado arrodillarme sosteniendo a Jeremy en brazos, pero logré hacerlo con elegancia.

Un sirviente se posicionó frente a mí sosteniendo un cojín de terciopelo azul sobre el cual reposaba una tiara de plata. Su diseño era sencillo y sobrio: semejaba finas ramas de árbol entrelazadas con hojas de laurel.

Al colocarla sobre mi cabeza, el rey prosiguió:

—Les presento a la consorte imperial, Ámbar Greenbrook, y a mi hijo, el príncipe Jeremy. ¡A su salud!

El rey alzó su copa de oro. Una sirvienta tomó con cuidado a Jeremy de mis brazos para ubicarlo en una cuna junto al príncipe heredero, mientras el rey tomaba mi mano para guiarme hacia un trono secundario situado al fondo de la tarima antes de regresar a su asiento.

Mi trono era distinto al de ellos; estaba tapizado en tela azul con bordados dorados en forma de picas, resultando suave y cómodo.

A partir de ese momento, una larga fila de nobles comenzó a desfilar ante el rey para felicitarlo por el nacimiento de sus dos hijos y por su nuevo enlace. El monarca apenas se molestaba en responderles.




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