Pasaron dos semanas en completa paz. Jeremy aprendió a gatear y ahora seguía a mis hermanas por todos lados, intentando alcanzarlas con sus pequeñas manos.
—¿Crees que le salgan alas? —preguntó la más joven de mis hermanas.
—No lo creo —respondió otra—. Es más humano que hada.
En eso tenían razón. Jeremy había nacido con más sangre mortal que mágica; lo único que revelaba su naturaleza ancestral era un ligero halo de luz a su alrededor, una cualidad que únicamente la reina poseía. Desde luego, al conservar ese linaje, Jeremy era un niño excepcionalmente hermoso; cada humano que lo contemplaba quedaba deslumbrado.
—Alguien viene —anunció mi hermana mayor.
Todas se esfumaron tan rápido como habían llegado. Jeremy, que jugaba a atrapar a una de ellas, rompió a llorar al verlas desaparecer.
Un hombre a caballo se detuvo ante la entrada del palacio y llamó a la puerta. Apestaba a hierro; debía de ser uno de los caballeros del castillo real.
Al abrir, pregunté sin rodeos:
—¿Qué se le ofrece?
El hombre no pudo disimular su asombro al verme atender en persona; no era común que una consorte careciera de servidumbre. Sin embargo, por mucho que la reina hubiese insistido, la presencia de los humanos me producía migrañas. Además, no confiaba en ellos; temía que le hicieran daño a Jeremy, tal como persiguieron a la reina durante su infancia.
—El rey ordena que se prepare para esta noche —dijo el caballero, extendiéndome una carta sellada.
—Disculpe —contestó tomando la misiva—. ¿Que me prepare para qué?
—Recibirá el favor del rey —respondió el hombre, poniendo una expresión de incredulidad ante mi pregunta.
—¿El favor? ¿La reina está al tanto de esto?
—La reina lo comprende, si a eso se refiere.
—¿Cómo que lo comprende?
—Usted es la consorte del rey, su segunda esposa. Es natural que su majestad acuda a sus aposentos cuando lo desee. Con su permiso, señora; mi mensaje ha sido entregado.
Sin añadir una palabra más, dio media vuelta y partió al galope.
—¿Qué significa esto, Ámbar? ¿La reina te ordenó pasar otra noche con su majestad? —inquirió mi hermana menor, reapareciendo en el aire.
No sabía qué pensar. Necesitaba comunicarme con la reina. ¿Qué se suponía que debía hacer si él se presentaba esa noche?
—Creo que esto es obra exclusiva del rey humano. Será mejor informar a la reina —sugirió mi hermana mayor.
Todas aguardaban mi decisión. Contemplé a mis hermanas revoloteando a mi alrededor como pequeñas luciérnagas en la penumbra del bosque.
—Sí, avísale. Veamos qué opina —respondí.
Mi hermana asintió y salió volando a toda velocidad.
—Consíganme vino de cerezas y queso de cabra —les pedí a las demás, quienes se apresuraron a cumplir mi encargo.
Otra de mis hermanas adoptó su forma grande para sostener a Jeremy, quien nos observaba con expresión preocupada, presintiendo la tensión en el aire.
—¿Podrías preparar a Jeremy? Ponle uno de los conjuntos que nos envió la reina y dale un buen baño.
—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó ella, acunando al niño contra su pecho.
—Prepararme también, supongo.
Tras bañarme con pétalos de flores, me dispuse a preparar los platillos predilectos del rey. No en vano había transcurrido años vigilando cada uno de sus pasos: conocía sus comidas favoritas, el vino que buscaba cuando el estrés lo superaba, su fascinación por la música y los libros que solía leer. Lo sabía absolutamente todo sobre él.
Acomodé todo en tiempo récord. El rey arribó justo al anochecer. Una hora antes, mi hermana mayor había regresado para confirmarme que la reina estaba al tanto de la visita y que no se oponía en absoluto.
Qué pretendía la reina con esa actitud era un misterio que aún no lográbamos descifrar.
Por si acaso, diseñamos un plan de emergencia: Rosalyn tomaría a Jeremy en brazos y huiría hacia las profundidades del bosque, donde el viejo roble les brindaría protección. Las demás y yo lucharíamos hasta el último aliento para ganarles tiempo.
El joven monarca llegó a bordo de un carruaje ostentoso y gigantesco, tan dorado que parecía rivalizar con el sol del mediodía. Lo escoltaba un contingente de caballeros y una numerosa comitiva de sirvientes a pie y a caballo.
—¿Mucha gente, no? ¿Qué van a hacer todos aquí? —murmuró mi hermana.
—No lo sé, pero manténganse en guardia —musité, aguardándolos en el umbral.
Ningún rostro me resultaba familiar; por un momento extrañé a la sirvienta pecosa y su eterno rictus de enfado.
El carruaje se detuvo, un lacayo abrió la portezuela y el rey descendió luciendo un traje impecable y una amplia capa roja que ondeaba al viento con carácter propio.
—Su majestad —dije, rindiendo una reverencia prolongada.
El rey hizo un gesto indiferente con la mano para que me incorporara.
—Entremos —ordenó, sin dedicarle una sola mirada a Jeremy ni a mí.
—¿Qué haremos con los sirvientes? —pregunté—. ¿Aguardarán afuera?
Me lanzó una mirada inquisitiva, como si la pregunta lo hubiera ofendido. Nerviosa, comencé a cambiar el peso de mi cuerpo de un pie al otro. Miré de reojo a mi hermana posada en mi hombro, quien solo se encogió de hombros.
—Sí, esperarán afuera —contestó finalmente.
—Por supuesto. Por aquí, mi rey.
Una voz carraspeó a nuestras espaldas.
—Es «su majestad» —susurró un sirviente de baja estatura y vientre abultado.
—Ah, claro. Disculpe, su majestad —me corregí con una inclinación.
Avanzamos hacia el interior del palacio. Al cerrarse las pesadas puertas tras de nosotros, enderecé la espalda. El rey era joven, pero tras años de observarlo en secreto, sabía perfectamente que se trataba de un hombre peligroso. Y llevaba una daga de hierro oculta entre sus ropas.
—Nos sentimos débiles, Ámbar... —se quejó mi hermana en un suspiro.
Al mirar a mi alrededor, noté que mis hermanas lucían grises y debilitadas por la presencia del metal. Como el rey se encontraba distraído examinando las transformaciones vegetales que le habíamos hecho al castillo, les hice una seña discreta para que se retiraran.