«¿Respuesta? Aún duda de mi fidelidad hacia la reina. ¿Qué más debo hacer?», me repetía en silencio una y otra vez.
—Tal vez solo quiere conocer más a Jeremy —sugirió Rosalyn, intentando ser positiva como siempre.
—O tal vez está enamorado de ti —aventuró otra de mis hermanas menores.
—Por favor, no seas ridícula —la atajó mi hermana mayor con firmeza—. Es el rey consorte de nuestra señora.
Todas asintieron de acuerdo. Si de algo estaba segura respecto a Dylan, era de que su mente funcionaba como un laberinto insondable y que utilizaba a las personas como simples peones. No por nada la reina le había enseñado todo lo que sabía.
Además, su lealtad le pertenecía únicamente a ella y a nadie más. En toda su vida, solo había amado a su madre y a la reina. Jeremy, el príncipe Ian y yo no éramos más que fichas en su tablero.
Tal vez debería marcharme. Jeremy no estaría a salvo si Dylan decidía que representaba un estorbo. Haber venido a este lugar comenzaba a sentirse como un grave error.
La reina vino a visitarnos a la mañana siguiente.
Trajo consigo un banquete completo: preparó la mesa del té y sirvió toda clase de postres y bocadillos. Como había dejado a su servidumbre a una distancia prudente, mis hermanas se sintieron con la libertad de salir a revolotear por el lugar. Rosalyn se acomodó en una esquina de la mesa, disfrutando de un macarrón verde que resultaba ser más grande que ella misma.
—¿Cómo estuvo la visita del rey? —inquirió la reina con su amabilidad habitual.
—Preocupante, su majestad. No comprendo cuál es su propósito ni por qué planea regresar la próxima semana.
—No te angusties. Le pedí personalmente que pasara más tiempo con su hijo —respondió la reina, tomando mi mano con un gesto tranquilizador.
—Y así lo hizo, alteza —intervino mi hermana mayor.
—Por supuesto.
—Yo creo que solo quiere ponerme a prueba —murmuré, mordiendo con un dejo de tristeza un macarrón azul; no estaba segura de qué sabor era, pero resultaba delicioso.
—De ninguna manera. Dylan es un buen hombre, Ámbar; ha cambiado mucho desde la época en que solías vigilarlo.
—Un humano jamás cambia —expresé con resignación.
—Claro que sí —replicó la reina, dándole suaves golpecitos a mi mano—. Los seres humanos somos criaturas cambiantes, querida.
Aquella frase me pareció casi una blasfemia. ¿Cómo podía la reina compararse a sí misma con un insignificante mortal? Sin embargo, debía recordar que ella se había criado entre ellos y que había moldeado al joven rey a su imagen. Nadie lo conocía mejor que su majestad; si ella aseguraba que no había nada que temer, debía confiar en que todo estaría bien.
Aun así, pasé el resto del día invadida por la angustia. Intentaba calmarme, pero me resultaba imposible despojarme del malestar. La inquietud era tal que terminó contagiando al pobre Jeremy, quien no paró de llorar y quejarse durante horas.
—¿Qué le sucede? —me preguntaban mis hermanas con preocupación—. La reina nunca se comportó así.
No sabía qué contestarles. Lo único que me quedaba por hacer era acunarlo y pasearlo incansablemente por cada rincón del jardín, intentando encontrar la paz que ambos habíamos perdido.