La Sombra Del Hada

capitulo 20

El rey llegó a la misma hora que la ocasión anterior, pero esta vez su comitiva era considerablemente menor: un carruaje más sencillo y apenas un puñado de sirvientes.

—Mi señor —lo saludé, ofreciéndole una inclinación.

El rey me hizo un gesto despreocupado con la mano para que me incorporara. Lo guié al interior de la residencia.

—Guíame al mismo jardín de la vez pasada —ordenó, avanzando con paso firme a través del pasillo.

Al arribar al jardín, iluminado por el destello de las luciérnagas y el resplandor de la luna, el rey se acomodó con elegancia en la silla dispuesta en medio del recinto, rodeado de flores que solo desplegaban sus pétalos durante la noche.

La mesa guardaba sus platillos favoritos y el té que solía beber desde que era un niño.

—¿Le sirvo, mi rey? —pregunté, señalando la tetera.

—Sí, por favor —asintió, alzando la taza de porcelana.

Vertí la infusión tibia. Él aproximó el recipiente a sus ojos y lo meneó despacio, como si buscara algún rastro extraño en el líquido.

—No está envenenado. No tengo intenciones de matarlo por ahora, y si lo hiciera, no recurriría al veneno.

El rey me sostuvo la mirada en silencio. Le sostuve el orgullo, esperando a que confirmara en mis ojos la sinceridad de mis palabras. Pareció quedar convencido, pues alzó la taza y le dio un sorbo al té. Cerró los ojos un instante, saboreándolo con deleite.

Sonreí para mis adentros; sabía perfectamente que le gustaría. Acomodé un panecillo en su plato.

—Pruebe esto también.

Me observó con cautela antes de tomar el panecillo y darle un bocado generoso. De inmediato abrió los ojos con asombro. Lo terminó en apenas tres bocados y continuó bebiendo su té.

Esta vez no pude contener una pequeña risa.

—Si gusta, puedo traerle más.

El rey asintió sin dudarlo.

—¿Dónde está Jeremy? —inquirió.

—Padece algún malestar humano. No ha parado de llorar desde esta mañana; apenas hace un momento logró quedarse dormido.

—¿Has llamado al médico imperial? —preguntó, dándole otra mordida a un nuevo panecillo—. Puedes disponer de él a cualquier hora.

—Lo haré mañana sin falta. Ahora mismo está descansando —respondí.

—Sabes a quién estás criando, ¿verdad? —dijo, fijando sus ojos en mí—. Es un príncipe.

—Pero no es el heredero —afirmé con firmeza.

—Sigue siendo un príncipe —zanjó el tema—. ¡Doncellas!

Una sirvienta ingresó presurosa al jardín y rindió una reverencia.

—Señor...

—Llama al médico imperial —ordenó el rey, despachándola con un movimiento de mano.

La doncella se retiró de inmediato.

—Rey, no es nada grave. Soy un hada; sabría perfectamente si su vida corriera peligro —dijo Ámbar con impaciencia.

—Como bien dices, eras un hada... que no sabe nada sobre la fisiología de los humanos.

—He pasado años enteros de mi vida observándolos a ustedes. Vi a la reina crecer.

El rey me examinó en silencio durante un largo momento, como si sopesara el peso de mis palabras. La idea de que un médico humano desconocido manipulara a Jeremy me inquietaba profundamente.

—Además, poseo conocimientos de medicina ancestral, sin mencionar que Jeremy no es completamente humano.

El rey no respondió; se limitó a observarme con detenimiento.

—¿Hasta qué punto me observaste? ¿Cómo sabes preparar el té y los panecillos que mi madre me hacía de niño? Eso fue mucho antes de que Chantell llegara al castillo... mucho antes de que mi madre enfermara.

Me quedé en silencio. Comprendí de inmediato que había cometido un error al mencionarlo y, peor aún, al recrear los sabores de su infancia. ¿Cuánto podía revelarle sin perjudicar la memoria o los planes de la reina?

—¿El resto de las hadas también lo saben todo sobre mí? —inquirió con un tinte de amargura en la voz.

—No. Solo yo —me apresuré a aclarar—. Era la única que te observaba; a las demás no les agradas.

Mi voz se fue apagando progresivamente. Después de todo, la reina estaba casada con él y nos había asegurado que Dylan ya conocía toda la verdad. Entre ellos no existían los secretos.

—Así que solo tú lo sabes todo, ¿eh? —murmuró, cubriéndose parte del rostro con la taza de té—. ¿Y por qué les desagrado a tus... hermanas?

—Por tu aura —respondí sin medir las consecuencias—. Es demasiado oscura. Siempre ha sido así, desde que eras un niño. Eras un pequeño muy peculiar.

Una pequeña risa amenazó con escapársele al recordar la imagen de aquel extraño niño humano sentado a solas en la inmensidad de la biblioteca.

—Ya me lo habían dicho antes —comentó con frialdad—. Solía asustar a mi madre.

—Es que siempre conservabas la misma expresión impasible —agregué, incapaz de contener la leve risilla—. Como si absolutamente nada te importara.

—Mi madre temía que yo careciera de sentimientos.

—Eso no es cierto. Claro que los tienes. Lo sé... la amabas profundamente.

Cerré la boca de golpe. No debí tocar el tema de su madre; sabía bien lo delicado que resultaba para él. Sin embargo, Dylan no mostró enojo; solo me contempló en penumbra.

—¿Desde cuándo me sigues? —inquirió en tono grave.

—Desde que eras un niño de unos tres años —admití con pesadumbre.

—¿Y por qué? ¿Por orden de Chantell? ¿Ella te pidió que averiguaras todo lo que me gustaba?

—Sí.

La reina me había encomendado la tarea de descubrir cada uno de sus anhelos y aversiones. Ella necesitaba esa información para convertirse en el centro de su universo.

—Desde los tres años... ¿Y cuándo terminó esa tarea? —preguntó con voz neutra.

Dudé un instante. No deseaba que malinterpretara los actos de la reina; ella siempre actuaba con un propósito superior. Dylan alzó una ceja y cruzó las piernas, aguardando.

—Hasta que terminó...

—Hasta que completó su venganza y me desechó —completó él, dejando entrever una chispa de rabia retenida.

—¡No te desechó! La reina te liberó.




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