El rey continuó viniendo todas las noches a partir de aquel día, pero la ansiedad que antes aplastaba mi pecho se desvaneció por completo.
Solía reunirme una vez a la semana con la reina. Ella me había tranquilizado, asegurándome que podía contarle cualquier cosa al monarca; después de todo, entre ellos dos no existían los secretos.
Sin embargo, no volvimos a tocar el tema. El rey acudía al palacio, disfrutaba de sus platillos favoritos y, en ocasiones, traía consigo libros que leía complacido bajo el destello de las luciérnagas. Cuando le pregunté si no le molestaba la penumbra, respondió que la iluminación del jardín superaba por mucho el resplandor de las velas.
Al principio permanecía sentado en la silla de campo en medio del recinto; con el transcurrir de los días cobró confianza y comenzó a acomodarse entre las ramas del enorme roble que mis hermanas y yo habíamos plantado al llegar. Gracias a nuestra magia, el árbol había alcanzado dimensiones monumentales y su copa cubría casi la totalidad del jardín.
Allí se instalaba con Jeremy en el regazo y unos cuantos panecillos sobre una manta que él mismo traía para aislar el frío de la hierba; la primera vez que lo intentó se había manchado por completo el pantalón de tierra y césped.
Me sentaba a su lado y me limitaba a escuchar cómo le leía a Jeremy en voz alta. Por alguna razón inexplicable, el pequeño permanecía inmóvil, prestando una atención impropia para un niño de su edad. No emitía el menor ruido; solo guardaba silencio con la mirada fija en las páginas, como si comprendiera cada una de las palabras que pronunciaba su padre.
Al terminar la lectura, el rey le depositaba un beso en su cabecita rizada y lo llevaba en brazos hasta su dormitorio. Después, nos quedábamos conversando un rato sobre todo y sobre nada. Me preguntaba acerca de mi vida ancestral, de cómo era mi existencia antes de seguir a la reina y de los secretos de mi mundo. Le respondía todo cuanto me estaba permitido revelar.
Él también compartía sus proyectos para el nuevo reino que edificaba, hablándome de su madre y de sus anhelos más profundos. Jamás mencionaba a la reina ni a su otro hijo. Ignoraba cuáles eran sus verdaderas intenciones o qué buscaba con todo esto, pero con el tiempo dejé de cuestionarlo.
La reina tampoco me preguntaba por las visitas nocturnas del rey ni tocaba el tema de su propio hijo; nuestras charlas se limitaban al desarrollo de Jeremy.
Lo único que había alcanzado a escuchar sobre el príncipe heredero era que se trataba de un niño saludable y normal para su edad. No vivía con los reyes; desde su nacimiento había sido trasladado a su propio palacio, donde sus padres lo visitaban apenas una hora al día.
Aquello me aterraba. Temía que me arrebataran a mi bebé, pero nadie vino a buscarlo y los soberanos jamás lo mencionaron.
Una noche, me armé de valor y le pregunté al rey si planeaban llevarse a Jeremy tal como lo habían hecho con el heredero.
—No. Nadie se llevará a Jeremy —respondió con una sonrisa tranquilizadora.
—¿Y por qué el príncipe heredero no vive con usted ni con la reina? —inquirí con curiosidad.
Me resultaba antinatural que un recién nacido creciera alejado de su madre. Sabía que en el reino animal las crías se independizaban tras el alumbramiento, pero los humanos solían actuar diferente; al menos la madre del rey lo había criado a él hasta antes de enfermar.
—Porque él es el príncipe heredero. Debe ser instruido en las artes del gobierno desde el primer día.
—Pero usted...
Guardé silencio de inmediato. No debía hacer alusión a las viejas costumbres; sabía bien que el rey anhelaba cimentar un reino completamente distinto.
—En aquel entonces yo no estaba destinado a ser el heredero —comentó él, adivinando mis pensamientos—. Las cosas eran diferentes: existía demasiada competencia y el antiguo rey no había elegido a su sucesor a temprana edad.
No continué indagando. Al rey le desagradaba evocar el pasado del viejo imperio. Me bastaba con la certeza de que Jeremy permanecería a mi lado. Aun así, no podía evitar preguntarme si la reina no echaba de menos a su hijo. Sabía que ella no había crecido junto a su madre, pues esta falleció durante el parto —para una mortal resultaba casi imposible dar a luz a una elegida de los dioses y sobrevivir—, pero imaginaba que desearía estar más presente en la vida del pequeño.
Un día, el rey trajo consigo un extraño instrumento musical humano: una guitarra. Explicó que un súbdito le había enseñado a ejecutarla. Comenzó a rasguear las cuerdas y Jeremy comenzó a aplaudir encantado. Estaba mucho más grande y le habían brotado sus primeros dientes; los malestares habían quedado atrás, para alivio de mis hermanas y mío.
Ahora ya lograba mantenerse erguido y dar sus primeros pasos con la ayuda de su padre.
De hecho, sus primeros pasos los dio precisamente aquí, en el jardín. El rey había arribado solo, pues ya conocía el trayecto y prescindía de escolta. Aparecía sin previo aviso. Al verlo, Jeremy comenzó a dar pequeños saltos de emoción; de pronto, se sostuvo sobre sus inestables piecitos y echó a andar hacia él con pasos vacilantes.
Su padre se inclinó de inmediato para acogerlo en sus brazos; una cálida sonrisa floreció en las comisuras de sus labios mientras le depositaba un beso en la frente. Las regordetas manitas del bebé se aferraron con fuerza a la camisa del monarca.
—Bien hecho, Jeremy.
El niño le regaló una sonrisa rebosante de babas y posó sus manos sobre el rostro del rey.
—¡Papá! —exclamó, sujetándole la barbilla con sus pequeñas manos pegajosas.
Existía un vínculo singular entre ambos; se entendían sin necesidad de pronunciar palabras claras. Dylan siempre descifraba lo que Jeremy intentaba expresar, aun cuando el pequeño solo emitía balbuceos ininteligibles.
—¿Cómo ha estado mi bebé? —preguntó Dylan con inusual ternura.