La Sombra Del Hada

capitulo 22

Los días continuaron transcurriendo con una rapidez abrumadora. Jeremy crecía cada día más hermoso y, si la opinión de una madre contaba, su parecido con Dylan no hacía más que acentuarse con el paso del tiempo.

Todo parecía haber encajado finalmente en su lugar. La reina me convidaba a merendar cada dos semanas y Dylan venía todas las noches, sin falta, a compartir tiempo con nosotros. Poco a poco, las distancias entre los dos se iban acortando.

Comencé a descubrir en él facetas que jamás imaginé que poseyera. Por alguna razón, ya no lo concebía como aquel extraño niño humano incapaz de esbozar una sonrisa; ahora lograba ver más allá de sus gustos y aversiones. Formaba parte de su mundo y, por fin, comprendía sus motivos.

Sin embargo, la calma se quebró el día en que nos llegó una invitación formal de la reina para asistir a un banquete real en dos noches.

Mis hermanas comenzaron a cotillear de inmediato. La reina tuvo la cortesía de enviarme un vestido confeccionado para la ocasión. De acuerdo con las costumbres del reino, se me asignó el color amarillo; según me explicó uno de los sirvientes, la tonalidad me favorecía enormemente. Aunque sospechaba que la verdadera razón radicaba en que era el color que menos favorecía a la soberana.

Las normas no escritas dictaban que nunca debía portar prendas de la misma gama o estilo que los reyes, aunque tampoco me estaba permitido desentonar. Por mi parte, no había objeción alguna; nada de aquello me importaba en realidad. Solo pensaba permanecer allí dos horas como máximo.

El baile daría comienzo a altas horas de la noche y Jeremy era demasiado pequeño para acompañarme, lo que me producía un profundo desasosiego. Confiaba plenamente en mis hermanas y sabía que lo cuidarían con devoción, pero aborrecía la idea de alejarme de él.

El carruaje arribó a la hora acordada. Era un poco más modesto que el que empleaba el rey durante sus visitas: discreto para los estándares de la realeza, aunque colosal y deslumbrante a los ojos de cualquier plebeyo. Aún no lograba acostumbrarme al bamboleo del vehículo; los vaivenes siempre me provocaban náuseas. Tendría que comentárselo a la reina en algún momento; tal vez ella conociera algún método para amortiguar el trayecto.

Sumida en el esfuerzo por contener el malestar, no advertí que habíamos llegado hasta que un sirviente abrió la portezuela de golpe.

—Hemos llegado, noble consorte —anunció, ofreciendo una reverencia ensayada.

Hizo ademán de extenderme la mano para ayudarme a descender, pero opté por ignorarlo. No deseaba ser descortés, pero los sirvientes del palacio no me profesaban el menor afecto; me percibían como una advenediza que se había colado en el lecho del rey para concebir un hijo a propósito: una criatura vil que se había aprovechado de la juventud del monarca. Eran ferozmente leales a la reina. Aquello, en parte, me agradaba, pues sabía cuánto había sufrido ella en su juventud a manos de la servidumbre.

Los humanos siempre apresuran sus juicios y disfrutan castigando a quienes catalogan como villanos. En lo personal, me resultaba indiferente si disfrutaban jugándome pequeñas tretas; casi nunca los veía y ninguno tenía permitido poner un pie en mi estancia. Solo podían importunarme durante eventos oficiales o cuando acudía a ver a la soberana. Aun así, prefería guardar distancia.

El sirviente, de vientre abultado y acentuada calvicie, retiró la mano con premura y arrugó su regordeta nariz con disgusto, como si mi rechazo lo hubiese ofendido profundamente.

—Por aquí, consorte —indicó, guiándome por un pasillo interminable iluminado por hileras de velas dispuestas en candelabros de oro puro. Una mullida alfombra carmesí escoltaba nuestros pasos hacia el gran salón de baile.

La música humana resonaba con armonía desde una esquina del recinto mientras diversas parejas ejecutaban sus movimientos en el centro de la pista.

El criado me dejó a la entrada del salón y otro anunció mi llegada con voz potente. La música se interrumpió al instante. Todos los presentes inclinaron la cabeza por un breve segundo antes de reanudar sus conversaciones.

Una sirvienta me condujo hasta mi asiento y me indicó que me acomodara allí, un peldaño más abajo de los tronos reales. Los soberanos, que ya ocupaban sus puestos, no hicieron el menor ademán de saludarme.

Estuve a punto de esbozar una sonrisa involuntaria al divisar al rey, pero él evito mi mirada de manera deliberada. La reina, por su parte, me ofreció una leve inclinación de cabeza cuando me acomodé en el sillón de terciopelo azul marino.




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