La Sombra Del Hada

capitulo 23

Tras varias semanas rechazando las constantes invitaciones de la reina, ella envió al palacio varios cofres repletos de joyas, algunas tan desmesuradas como huevos de avestruz. Mis hermanas contemplaban el tesoro fascinadas; las piedras refulgían como pequeños soles de múltiples colores.

La dama de compañía de la soberana permaneció en el vestíbulo aguardando una respuesta. Me traía sin cuidado si resultaba descortés dejarla esperando al exterior, más aún considerando el clima desapacible que padecíamos, pero desde aquella aciaga velada del baile mi confianza en la estirpe humana se había reducido al mínimo. Les advertí severamente a mis hermanas que mantuvieran la guardia en alto ante cualquier mortal que merodeara por las inmediaciones del palacio.

Ni mis hermanas ni yo lográbamos comprender cómo se había filtrado la información sobre las visitas nocturnas del joven rey; a fin de cuentas, solo unos pocos sirvientes lo escoltaban hasta la entrada.

Redacté con premura una breve nota de agradecimiento dirigida a la reina, añadiendo que lamentaba profundamente mi ausencia, pero que aún no me encontraba del todo restablecida. Sellé el sobre y se lo entregué a la dama de compañía que aguardaba en la puerta.

—¿Eso es todo? —inquirió la mujer en un tono marcadamente petulante.

—Sí. Le agradezco por la espera —respondí antes de cerrarle la puerta en la misma cara.

El impacto del portazo fue tal que el ostentoso tocado que lucía sobre la cabeza salió despedido por el aire. Mis hermanas no tardaron en intervenir: usando su magia, hicieron que el sombrero comenzara a danzar de forma ridícula en el aire. Resultaba cómico observar a la mujer alzando los brazos en un intento desesperado por atraparlo. Lo guiaron por el viento hasta la altura de un charco y lo dejaron caer sin miramientos.

Desde la ventana, las carcajadas retumbaron en el patio. La mujer de mediana edad se giró sobresaltada al escucharnos. Mis hermanas, adoptando sus formas humanas de atractivas damas, le devolvieron la mirada cargada de sorna; la más joven de todas incluso llegó a sacarle la lengua.

La aristócrata, con el dobladillo del vestido manchado de lodo, tropezó estrepitosamente y cayó de bruces contra la nieve mezclada con barro, arruinando por completo su atuendo. Se incorporó con prisa y echó a correr hacia el carruaje que la aguardaba a la distancia, lo que desató una nueva oleada de risas entre nosotras.

—¿Qué planeas hacer con las joyas? —preguntó una de mis hermanas, examinando las gemas al trasluz.

—Si las quieren, pueden quedárselas —respondí, aunque tras dudarlo un instante rectifiqué—: O bueno, tal vez deberían pertenecerle a Jeremy.

—Jeremy podrá disponer de cuanto desee —sentenció mi hermana mayor, revoloteando hacia la cuna donde el pequeño descansaba plácidamente, meciéndose al margen del alboroto.

—Es verdad. Tampoco es que nosotras no podáramos conseguir gemas similares por nuestra cuenta —comentó la más joven con ingenuidad.

—Sí, pero estas han sido otorgadas por la mismísima reina —agregó otra, contemplando las piedras con reverente admiración. Estiró una mano y comenzó a acariciarlas como si representaran el tesoro más codiciado del reino—. ¿Crees que la reina les haya otorgado alguna bendición o encantamiento?

No lo había considerado. Habría sido un inmenso honor, pues la reina jamás nos había concedido una bendición de tal índole; incluso habíamos llegado a dudar de si aún conservaba sus facultades mágicas.

—Pues yo no percibo nada extraordinario —dictaminó mi hermana mayor tras unos segundos de análisis—. ¿Y ustedes?

Adoptamos nuestra forma original y cerramos los ojos para concentrarnos. Buscamos cualquier vestigio de maná o residuo mágico, pero el ambiente permanecía inerte.

—Nada en absoluto —declaramos al unísono.

—Son simples joyas ordinarias —concluyó la más joven.

—Aun así, constituye un gran gesto —añadió la otra.

Estuve tentada de insinuarle que se las quedara si tanto le agradaban, pero tras meditarlo con calma decidí que lo más sensato era conservarlas en el palacio hasta que Jeremy alcanzara la madurez. Todas estuvimos de acuerdo y guardamos los cofres en una de las habitaciones desocupadas.

Con el transcurrir de los meses, la reina continuó enviando obsequios que fuimos acumulando en aquel mismo aposento.

Jeremy, quien en un principio había resentido la drástica ausencia de su padre preguntando por él cada tarde, comprendió con el paso de las semanas que Dylan no regresaría y dejó de mencionarlo.

Su lenguaje comenzó a desarrollarse con rapidez, estructurando oraciones cada vez más complejas y largas, al tiempo que sus pasos ganaban firmeza. Nos tenía a mis hermanas y a mí en un estado de agotamiento constante; solíamos perseguirlo por cada rincón del jardín, pues se negaba rotundamente a permanecer en el interior.

—Es porque percibe la naturaleza como su verdadero hogar —comentó mi hermana mayor, dándome un suave toque con el hombro.

De todas las hermanas que decidieron acompañarme, ella había sido la más escéptica. Sostenía con firmeza que, al ser hijo de un hada, el lugar de Jeremy pertenecía a las profundidades del bosque. Yo, en cambio, estaba convencida de que un niño de sangre mixta terminaría por adaptarse tarde o temprano.

En ocasiones me cuestionaba si ella tendría razón. Este palacio, si bien resultaba hostil a su manera, no albergaba los mismos peligros físicos que la selva ancestral en la que solíamos habitar. Ciertamente, los mortales que lo habitaban eran tan astutos y engañosos como cualquier bestia del bosque; tras años observando a la humanidad, comprendía que jamás lograría entender sus motivaciones por completo.

Pero Jeremy sí lo haría. Estaría a salvo y sabría desenvolverse cuando creciera y yo emprendiera el retorno a los bosques.

A lo largo de la historia siempre existieron descendientes de hadas y mortales, y por lo general se criaban entre los humanos con absoluta normalidad. No se diferenciaban demasiado de ellos: la mayoría heredaba una naturaleza marcadamente humana y muy pocos llegaban a desarrollar facultades mágicas. La única distinción notable radicaba en su belleza, una gracia sobrehumana difícilmente alcanzable por cualquier mortal ordinario.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.