Aquella fue toda la interacción. La velada transcurrió en un silencio helado, interrumpido únicamente cuando algún vasallo se aproximaba a rendir pleitesía a los reyes. Tras un largo y tedioso lapso, observé cómo los monarcas intercambiaban murmullos e inclinaban la cabeza para hablar en privado. Nadie pareció notar mi presencia; los nobles solo dirigían sus palabras a los reyes y ni siquiera se molestaban en saludarme.
Eché de menos a mis hermanas con desesperación. No habían querido acompañarme: en primer lugar, por la profusión de hierro en estos eventos; en segundo lugar, porque el aura del rey las ponía nerviosas; y tercero, porque desde la primera recepción a la que asistieron, el entorno les pareció insufrible. Me habría gustado contar con la presencia de al menos una de ellas, pero me había engañado a mí misma pensando que Dylan me dirigiría la palabra.
A mitad de la velada, la comitiva se trasladó al comedor.
Un cerdo entero yacía en una bandeja de plata con una manzana encajada en la boca; a su lado, un ciervo conservaba la cornamenta intacta sobre otra fuente enorme. Incapaz de acostumbrarme a las costumbres gastronómicas de los humanos, la visión me pareció sencillamente atroz. ¿Qué necesidad había de exhibir los cadáveres de los animales en la mesa de esa manera?
El espectáculo terminó por revolver mi estomago. Rechacé casi todos los platillos; lo único que logré probar fueron un par de cucharadas de una extraña sopa de tono grisáceo. Tenía buen sabor, pero fui incapaz de continuar consumiéndola.
—¿Pasa algo, noble consorte? ¿Acaso teme que las cocinas del palacio la envenenen? —inquirió un apuesto noble de cabello rubio.
Un murmullo de risas sofocadas recorrió la mesa.
—Es que apenas ha probado dos bocados —insistió el hombre con ironía.
Las murmuraciones no tardaron en extenderse. Pude sentir el peso de las miradas fijas en mí, pero la más gélida de todas provenía de Dylan.
—Si los platillos no resultan de su agrado, puedo ordenar que le preparen algo distinto, consorte —intervino la reina con tono conciliador.
—No se preocupe, mi reina. El único inconveniente es que me encuentro indispuesta del estómago —respondí presurosa.
Recé internamente para que no indagaran más; me era imposible mentir, y mucho menos ante la reina de las hadas, por lo que procuré dar por concluido el tema. Sin embargo, mi respuesta no hizo más que avivar los murmullos. Confundida, eché un vistazo a mi alrededor. «¿Acaso dije algo indebido?», me pregunté presa del pánico.
—¿Qué pretende insinuar con eso, noble consorte? ¿Acaso debemos asumir que se encuentra nuevamente encinta? —inquirió una dama de deslumbrante melena pelirroja.
—¡No, por supuesto que no! —contesté de inmediato.
—¿Y cómo puede estar tan segura? Según los rumores que recorren el palacio, el rey la visita todas las noches —añadió otra mujer luciendo un tocado desmesurado sobre la cabeza.
—Estoy absolutamente segura —afirmé, clavando los ojos en la reina. Esperaba que a través de mi mirada pudiera percibir mi absoluta sinceridad. Deseaba con todas mis fuerzas que leyera en mis ojos que jamás cometería la afrenta de yacer con su esposo sin su expreso consentimiento.
Pero la reina ni siquiera me miraba; mantenía la vista fija hacia el frente. El único que me contemplaba como si deseara borrarme de la existencia era Dylan. No me habría sorprendido en absoluto que desenvainara una de las espadas decorativas colgadas a sus espaldas y ordenara mi decapitación inmediata. No me observaba con semejante hostilidad desde los días en que aparecí por primera vez en el palacio.
—¡Basta! —ordenó el rey con voz atronadora.
El murmullo se extinguió en el acto. La atmósfera festiva se disipó por completo; un silencio denso se apoderó de la estancia. Tal era el pánico que inspiraba Dylan que ni siquiera el roce de los cubiertos se atrevía a romper la quietud.
Desconocía la faceta de Dylan como monarca de primera mano, pero los rumores que circulaban lo tachaban de ser un tirano despiadado: un soberano que había masacrado a todo aquel que se atrevió a oponérsele o a mencionar al antiguo régimen. Su reputación era tan temible que una sola palabra suya bastaba para enmudecer a los aristócratas más influyentes. Nadie osaba faltarles al respeto a él o a la reina, ni mucho menos cuestionar sus decisiones. Decían que los primeros días de su reinado habían sido tan sangrientos que tomó meses limpiar las manchas de la sala del trono.
Incapaz de contener un escalofrío, sentí cómo el aire de la estancia se volvía gélido.
Al llegar el postre, una gelatina de un verde cobrizo temblaba sobre el plato de porcelana. Detestaba la gelatina, pero me obligué a tragarla para no alimentarle más leña a los chismes. Tenía un sabor espantoso; pretendía saber a limón, pero ningún fruto natural poseía una intensidad tan artificial. Forzándome a cada bocado, logré terminar el plato.
Experimenté un alivio inmenso cuando la cena llegó a su fin y la comitiva regresó al salón de baile.
Por tradición —según me había instruido la dama de compañía de la reina—, los monarcas debían abrir el baile oficial. Como había arribado tarde, no presencié la apertura inicial, aunque jamás fue mi intención retrasarme; la invitación marcaba claramente esa hora. Me preguntaba si cada vez que la música se reanudaba debían bailar ellos primero.
Se suponía que, a continuación, el rey debía bailar conmigo para escenificar ante la corte su complacencia con la consorte. La reina misma me lo había confirmado y estuve practicando los pasos en secreto con una de mis hermanas. En el fondo, anhelaba experimentar aquella danza humana al menos una vez.
El rey comenzó a avanzar hacia mí con paso firme y zancadas largas. Me hallaba de pie frente a las graderías del trono con las palmas ligeramente sudorosas. Cuando Dylan estuvo a solo dos pasos de distancia, me erguí y le extendí la mano tal como lo había ensayado.