La Sombra Del Hada

capitulo 25

Todo marchaba con apacible tranquilidad. Jeremy y yo descansábamos bajo la fresca sombra del robusto roble. El invierno había quedado atrás hacía tiempo y una brisa cálida nos acariciaba el rostro. El perfume de los capullos impregnaba la atmósfera mientras el gorjeo de las aves nos rodeaba, colmando el ambiente de una profunda paz.

Jeremy jugaba entusiasmado con unos caballos de madera que una de mis hermanas le había tallado hacía algunos meses; se habían convertido en sus juguetes preferidos.

Permanecía con los ojos cerrados, absorbiendo el maná de la tierra bajo mi apariencia humana. Aunque resultaba más complejo canalizar la energía en este estado, siempre la adoptaba cuando me hallaba en el jardín junto al niño: nunca sabíamos a ciencia cierta cuándo nos observaban y prefería ahorrarme explicaciones innecesarias.

De pronto, escuché el crujido de unos pasos y una sombra se proyectó sobre mi rostro, bloqueando los rayos del sol.

Abrí los ojos para encontrarme con una mirada azul y gélida; tan fría como el bosque durante el invierno, tan helada como las profundidades del océano.

—¿Qué haces aquí? —inquirí, haciendo visera con la mano para contemplarlo mejor.

—He venido a disculparme, por supuesto.

La respuesta me tomó por sorpresa.

—¿Acaso sabes cómo disculparte? ¿O siquiera comprendes en qué te equivocaste?

Lo más probable era que la reina lo hubiese enviado tras negarme a asistir a sus meriendas. Sin embargo, ya había aceptado sus joyas; consideraba que aquello debería haber bastado para dar por cerrado el asunto.

—Sé perfectamente lo que hice mal, Ámbar —respondió, dejando entrever un leve matiz de condescendencia en la voz.

Sinceramente, no lo creía capaz de albergar emoción alguna más allá de la devota fijación que profesaba por la reina; dudaba que fuera capaz de fijar su atención en alguien más. No obstante, escuchar mi nombre pronunciado por sus labios me provocó un vuelco en el pecho, más de lo que hubiese deseado admitir. Debía mantenerme firme.

Muchos hablan del glamour de las hadas, de nuestra facultad para urdir engaños que van más allá de las palabras mediante ilusiones cautivadoras. Sin embargo, me preguntaba qué engaño poseía mayor poder: si las visiones que nosotras podíamos proyectar o las dulces promesas que brotaban de los labios de un mortal.

—Di tus palabras y márchate. De todos modos estás perdonado —expresé con frialdad.

Dylan se acuclilló para situarse a la altura de mis ojos.

—Sé que no me has perdonado.

—Las hadas no podemos mentir. No realmente.

El rey arqueó una ceja.

Pero mis palabras eran sinceras: sabía que él solo buscaba proteger a la reina, y como su leal servidora, también constituía mi deber velar por ella. Mi único error había sido no comprender en su totalidad las complejas intenciones de los humanos.

—Te lastimé, y lo lamento profundamente —murmuró Dylan. Tomó suavemente mi mano, sujetando el mismo brazo que había oprimido con rudeza aquella noche—. Pero no voy a demostrártelo solo con palabras.

Se erguió y caminó hacia la mesa blanca del jardín, sobre la cual había colocado un estuche de cuero negro. De su interior extrajo un instrumento de madera barnizada. Apoyó la barbilla sobre la montura y, deslizando el arco con parsimonia, comenzó a ejecutar la melodía más hermosa que un mortal hubiese concebido jamás.

Sabía que interpretaba el piano; en el pasado solía contemplar las piezas que ejecutaba a dúo con la reina, quien después de todo le había enseñado a tocar. Sin embargo, esta música poseía un carácter distinto. Su sonido albergaba una cualidad sublime, capaz de estremecer el alma con cada nota.

Sin percatarme de ello, lágrimas verdaderas —o tan reales como un hada del bosque podía concebirlas— comenzaron a surcar mis mejillas.

Mis hermanas emergieron de entre la fronda, ignorando por completo el aura oscura del monarca, y se aproximaron en silencio. Muchas de ellas lloraban abiertamente; otras se abrazaban entre sí sobrecogidas.

Dylan continuó tocando durante minutos que parecieron horas; el tiempo pareció detenerse. Las aves y las pequeñas criaturas del recinto guardaron un silencio absoluto para escuchar aquel lamento melódico. En cada compás se percibía la densidad de sus remordimientos y las tribulaciones que atormentaban su mente: la afrenta de ver su privacidad expuesta ante una mesa de nobles, la furia de sentir cuestionada la posición de la mujer que amaba y cómo, en medio de su ira, había culpado y maltratado a quien consideraba su amiga, a sabiendas de que ella carecía de culpa.

Cuando la última nota se extinguió en el aire, la piel se me había erizado por completo. Comprendía la naturaleza de sus angustias, aunque una fracción de mi ser me advertía que no debía entregar mi confianza a un hombre tan peligroso como él.

—¿Ahora me perdonas? —inquirió en un murmullo.

—Sí —respondí a mi pesar, pasando por alto la cautela que debía guardar.

—¿Puedo volver a ver a Jeremy?

Guardé silencio un instante, aturdida e incierta sobre qué determinación tomar. Él jamás había arremetido contra Jeremy ni le había privado de sus prerrogativas. Sabía que, al descubrir que la servidumbre divulgaba rumores sobre sus visitas nocturnas a mi estancia, había ordenado reforzar la guardia alrededor del recinto. Aunque la escolta no permanecía lo bastante cerca como para perturbarnos con la presencia de su hierro, podíamos percibir su vigilancia distante.

—Sí —concedí finalmente.

Dylan esbozó entonces una sonrisa: la expresión más genuina que le había visto lucir en toda su existencia. Ni en los días en que lo observaba en secreto junto a su madre, ni al lado de la reina, ni a lo largo de los meses que habíamos compartido, lo había visto sonreír de semejante manera.

Las comisuras de sus ojos se arrugaron en pequeñas líneas y sus pupilas se empequeñecieron por completo para dar paso a una dentadura blanca y perfecta como el mármol.




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