La Sombra Del Hada

capitulo 28

Continuaba reuniéndome con la reina al menos una vez por semana, pero aquellos encuentros habían perdido la serenidad de antaño. Un amargo sentimiento de culpa me oprimía la garganta, impidiéndome tragar el té que tan amablemente me ofrecía.

La reina parecía advertir mi incomodidad; en más de una ocasión me inquisicionó sobre si la infusión no resultaba de mi agrado.

Incluso mis hermanas notaron mi retraimiento, aunque ninguna sospechaba la naciente fijación que albergaba por el soberano de nuestra reina. Para ellas, Dylan no era más que un hombre gélido y sombrío; jamás comprendieron qué impulsó a una reina tan magnífica a unirse a un ser de semejante talante.

Aquello sin mencionar la siniestra aura de muerte que lo escoltaba a dondequiera que fuese. Para un hada de la naturaleza, una energía mortal tan densa y poco natural funcionaba como el repelente perfecto.

Sin embargo, para mí era simplemente Dylan: el joven que me traía tomos humanos, me mostraba mapas de tierras lejanas y me conducía a escuchar melodías festivas en la aldea bajo su atuendo de campesino. El hombre que aprendía cualquier partitura para interpretarla en el violín que custodiaba en mi estancia, o que tocaba piezas improvisadas en el piano de la biblioteca para mostrarme una composición secreta en la que hubiese estado trabajando. Aunque jamás lo admitiera, mis años de atenta observación me habían enseñado cuánto amaba crear música.

Los días transcurrieron con presteza. Jeremy y yo lo aguardábamos sentados bajo la apacible sombra del imponente roble que custodiaba nuestro jardín secreto.

Jeremy vestía un adorable conjunto de pantaloncitos azules con una camisa blanca de hilo y un pequeño sombrero del mismo tono. Lograba sostenerse sobre sus inestables piecitos y cada día caminaba con mayor firmeza; me resultaba imposible no contemplarlo con un orgullo henchido en el pecho.

Mis hermanas, como de costumbre, se ocultaban ante la llegada de Dylan al no tolerar su presencia. Aunque mi hermana mayor manifestaba su desacuerdo, yo prefería esa distancia, pues nos otorgaba un espacio de intimidad.

Dylan emergió cruzando el sendero de piedras que conducía al jardín.

—Hola —saludé, poniéndome de pie a toda prisa.

—¡Papá! —exclamó Jeremy, alzando sus pequeñas manos antes de ecorrer hacia él con torpeza.

Dylan lo elevó en el aire y le depositó el habitual beso sobre la coronilla.

—Hola —dijo, dirigiendo su mirada hacia mí.

Lucía atrayente con sus pantalones negros de montar y una camisa blanca que se le adhería al torso a causa del sudor.

—Estaba entrenando —aclaró mientras sostenía a Jeremy entre sus brazos—. Despido un poco de olor a sudor.

— me lo imaginaba —contesté, sintiendo que un ligero rubor me teñía las mejillas.

—¿Tienes ingredientes en la residencia? —inquirió, tomándome por sorpresa.

—¿Ingredientes para qué exactamente?

—Para preparar galletas —anunció, depositando a Jeremy sobre el césped.

—Así que el soberano de este imperio desea hornear galletas en la morada de su consorte... —comenté con tono sarcástico.

Dylan me lanzó una mirada de leve fastidio.

—¿Los tienes o no? Puedo solicitar a alguien que los traiga, pero...

No concluyó la frase ni resultaba necesario: comprendía perfectamente su punto. No deseaba que nadie en el palacio conociera su estancia allí ni las actividades que compartíamos. Por mi parte, tampoco anhelaba la presencia de siervos humanos en mi recinto, ni siquiera para aprovisionar la alacena.

—Echemos un vistazo.

La reina se aseguraba constantemente de que no me faltara nada para vivir con holgura. De cuando en cuando enviaba carruajes cargados de víveres que mis hermanas recibían y almacenaban en la despensa de las cocinas. Una de ellas se encargaba de preparar alimentos humanos para Jeremy diariamente. Yo rara vez frecuentaba ese sector, puesto que mis hermanas asumían la gestión del hogar.

Guiándolo hacia la cocina, le mostré la puerta de la bodega.

—¿Servirá esto? —pregunté, abriendo el acceso mientras encendía una pequeña esfera de luz mágica sobre mi palma.

Dylan contempló mi mano con su habitual frialdad analítica, como si evaluase cada uno de mis movimientos para archivarlos en su memoria.

Finalmente, apartó la mirada de mis dedos y la posó en los anaqueles.

—Bastará —afirmó, adentrándose en la estancia.

Hice que la luminiscencia se desplazara hacia el techo para iluminar el recinto en su totalidad.

Dylan comenzó a inspeccionar los estantes, seleccionando diversos recipientes para colocarlos sobre la mesa de madera. Mientras sacaba el resto de los insumos, me acomodé en uno de los bancos oscuros con Jeremy sobre el regazo, observando con detenimiento los movimientos de su padre.

—¿Tienes cuencos? —consultó.

Le señalé con un gesto los gabinetes inferiores, de donde extrajo tazones y diversos utensilios.

A medida que preparaba la masa, comenzó a relatarme su jornada: los asuntos discutidos en el consejo, las fricciones con los aldeanos y los protocolos diplomáticos que debía mantener con otros reinos. Escuché en silencio, asintiendo de tanto en tanto. Jeremy también intervenía en la conversación pronunciando palabras al azar; Dylan le sonreía con profunda ternura y continuaba su relato.

Transcurrimos el resto de la tarde entre charlas distendidas sobre toda clase de temas. Al cabo de un tiempo, las galletas estuvieron listas y las disfrutamos con auténtico deleite.

—Jamás había probado galletas hechas por mortales.

—Pero sabías de su existencia, ¿no? —inquirió con un matiz divertido.

—Por supuesto. Observaba cómo las servían durante las meriendas de té y cómo los humanos las disfrutaban.

Al instante me arrepentí de mis palabras; me desagradaba mencionar las incontables ocasiones en que lo había acechado en el pasado, y mucho menos evocar las reuniones que mantenía con la reina.




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