El eco de los pasos de Edward resonaba en los pasillos fríos de la comisaría. Las gotas de lluvia aún manchaban su abrigo mientras sostenía la bolsa con el fragmento de cerámica negra, examinándola una vez más bajo la tenue luz de su escritorio. La máscara… ¿por qué dejarla esta vez?
—¿No te vas a casa, Hayes? —preguntó Donovan, acercándose con una taza de café.
—No hasta que esto tenga sentido —respondió Edward, girando el fragmento entre sus dedos—. Eric nunca ha cometido un error… Esto no es accidental.
Donovan suspiró, su experiencia reflejada en las arrugas de su frente.
—Tal vez es lo que quiere que pienses. No te metas tanto en su juego, o acabará devorándote.
Pero Edward ya no lo escuchaba. Su mente se aceleraba, conectando los detalles. El fragmento era demasiado evidente. Eric siempre operaba con precisión milimétrica, sin dejar rastro. Si la máscara estaba rota… significaba algo.
Un desafío.
De repente, un sobre blanco fue deslizado bajo la puerta principal de la comisaría. Un oficial lo recogió, pero al ver el nombre escrito en tinta roja, su expresión cambió.
"Para Edward Hayes."
—Hayes… Esto es para ti.
Edward tomó el sobre con cautela. La caligrafía elegante y precisa lo decía todo. Rompió el sello y extrajo una carta escrita con la misma tinta roja:
"Un rostro agrietado, un reflejo roto. Pero las grietas cuentan historias, ¿no es así, Edward? Si quieres respuestas, busca en el lugar donde la lluvia nunca cesa. Te estaré esperando. —E."
—¿Qué demonios significa esto? —murmuró Donovan al leer por encima del hombro de Edward.
—Whitechapel —respondió Edward, su voz tensa—. Donde encontraron al primer cuerpo.
Esa noche…
El aire denso y húmedo de Whitechapel le calaba hasta los huesos. Edward avanzaba con una linterna en mano, cada paso resonando contra los muros de ladrillo. Su arma descansaba en su funda, pero su dedo rozaba el seguro, alerta.
Un charco reflejaba la tenue luz cuando lo vio: la máscara completa, ahora rota por la mitad, colgando de un clavo oxidado en la pared.
—Bien jugado, Eric… —susurró Edward, acercándose lentamente.
Pero al levantar la máscara, un susurro surgió de las sombras.
—Demasiado lento, Edward.
Antes de poder reaccionar, una silueta emergió a su espalda. La figura alta y esbelta de Eric, con su abrigo negro empapado y una sonrisa apenas visible bajo la parte intacta de la máscara.
—¿Por qué yo? —logró preguntar Edward, apuntándole con su arma.
Eric ladeó la cabeza, como analizando cada reacción.
—Porque tú aún crees que puedes ganar.
Y en un parpadeo, desapareció entre las sombras, dejando atrás solo la mitad de su máscara y una nota más en el suelo:
"La próxima jugada es tuya, Edward. No la desperdicies."
Continuará...
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thriller psicológico: oscuridad, traumas y tensión en cada capítulo.
Editado: 07.01.2025