La sustituta

Capítulo 4

—Micha, estoy muy inquieta con tu comportamiento— dijo la joven Milagro. Ella camina en unos de los semáforos, lo hace de un lado a otro vendiendo sus deliciosos dulces—. Ahora me sales que estás de nuevo preñada. ¿Qué voy a hacer con tantos gatitos?

La joven se hacía cargo de los gatitos hasta ponerlos en diferentes hogares, pero la pobre estaba cansada de tanto luchar con aquella vagabunda vida. Huyendo todo el tiempo y escondiéndose en cada rincón.

—Siempre andas de problemas en problemas. Si no te andas comiendo los ratones ajenos, buscas gatos para que te monte, y eso no está bien. Debes aprender a ser toda una dama— le dijo molesta con el animal que se remueve dentro de la mochila donde siempre la carga.

— ¡Chicles, chicles, chicles! — le dice a uno de los autos que se detienen ante el cambio de luces del semáforo——. Dulces bien ricos y baratos...

De pronto un auto negro y lujoso se detuvo a un lado de la vía y el señor que conducía le hizo señas para que ella se acercara. La joven, pensando que le iban a comprar chicles, de inmediato corrió hacia él y con una sonrisa coqueta habló con el dueño del auto.

—¿Dígame, señor? — le dijo al conductor—. ¿Cuántos quiere?

Él solo le sonrió y ladeó la cabeza de un lado a otro.

—Mi jefe, quiere hablar contigo— le dijo con respeto.

Ella de inmediato inclinó la cabeza y miró al hombre que pudo ver cuando él bajó la ventanilla del auto. Lo miró llena de curiosidad y tragó con fuerza. Delante de ella había un ángel, hermoso, que la mira y su mirada le provoca a ella cierta inquietud.

— ¿Usted quiere hablar conmigo? — preguntó muy nerviosa. Teme que la hayan encontrado. Sus ojos verdes miran a todos lados buscando la pronta salida

Matías la miró con sospechas. La joven tenía la cara sucia y su ropa era un total desastre. Además, parece que estuviera escondiéndose de alguien. Tal vez de algún vendedor de... apartó con rapidez de su cabeza esa turbadora idea, porque de ser así, entonces ella no le serviría para su propósito.

—¿Cómo te llamas? — le preguntó con su voz cortante.

La joven suspiró y mojo sus labios secos y tal vez deshidratados.

—Me llamó Melissa Rodríguez— mintió. Desde que se escapó, hace ya seis meses de San Miguel, era la identidad que utilizaba para mantenerse a escondida de Estela, su madrastra y el esposo de esa perversa mujer. Ellos la buscaban de manera afanosa—. ¿Cuántos dulces quiere?

Ambos se miraron por unos instantes, pero para la joven fue el tiempo suficiente para quedar atrapada en aquella mirada helada y desdeñosa. La joven sintió como fuera una mosca y caía en las redes de una araña, lista para morir. Su corazón comenzó a latir desbocado dentro de su pecho. El aire comenzó a escasear en sus pulmones, haciendo difícil la tarea de respirar.

— ¿Te gustaría tener un empleo que te dé para vivir de manera cómoda? — preguntó él mirándola fijamente.

La joven, desde el momento en que vio aquí el rostro, quedó encantada; tenía unos ojos cafés que brillaban de una manera intensa. Su barba era totalmente cerrada, desde de oreja a oreja, bien pulida, parecía más una sombra de vellos faciales.

Sus ojos verdes brillaron cuando los miraron con atención y meditando en las palabras de aquel desconocido.

Él, al verla tan callada, insistió en su propuesta.

— ¿Te interesaría tener un empleo donde generes un buen ingreso? Y no te tengas que estar en las calles de esta manera— dijo sin quitar su cruel mirada de la joven.

Milagro lo observó. Esa propuesta le llamaba la atención y entrecerró los ojos. No podía controlar la loca carrera que tenía su corazón. Debía pensar con la cabeza fría y no con el corazón.

— ¿Podría escuchar la propuesta antes de dar una respuesta? — preguntó esquiva—. Ahora no le digo ni sí, ni no. Primero tengo que escuchar lo que usted tiene que decir— dijo ella con cierta inquietud.

El hombre analizó a la joven. No es una muchacha muy grande, tiene el cabello rizado, alborotado y sobre todo enmarañado. No le parece nada sexy y menos al ver ese inmutable montón de pecas que le decoran la nariz y las mejillas.

— ¿Sabes dónde queda el hotel Rever? La cafetería que queda en ese hotel, ¿Sabes dónde es? — preguntó.

La joven meditó un poco y al recordar dónde está ubicado el costoso restaurante, sonrió con cierta malicia.

—Sí, señor. Sí, sé dónde queda ese elegante restaurante. ¿En qué esquina nos encontramos? — preguntó algo dudosa. En esas calles había ciertos callejones que a ella no le gustaban, eran solos y muy peligrosos.

Matías sonrío ante la ingenuidad de la joven.

—Nos vamos a encontrar en el River, en la cafetería— dijo cortante y miró su reloj—. Hoy a las dos de la tarde. Así que te espero allá. Yo haré que la cafetería sea solamente para nosotros dos.

Milagros frunció el ceño. Por lo menos la estaba llevando a un lugar público y sobre todo muy fino. Porque en estos tiempos tenía que cuidarse de cualquier loco ya había tenido que darle unos cuantos porrazos a uno que se propasó enamorándola.

—Sí, señor. Estaré ahí a las dos de la tarde — dijo ella con una sonrisa coqueta—. Eso sí, tenga algo en cuenta que con estos trapos no me van a dejar entrar en el River. De eso estoy muy segura, de que allá no me van a recibir.

Él solo frunció el ceño. Era notorio que la joven no era tonta.

—No te preocupes— le dijo y le hizo señas al conductor—. De que puedas entrar, me encargo.

Dos horas después, Milagro mira por una de las enormes y lujosas ventanas. En más de una ocasión una de las meseras le había echado del lugar y hasta le lanzó agua como si ella fuera un animal. Y para ella lo único que quería eran las deliciosas sobras que dejaban los comensales.

Suspiró con sus manos apoyadas mirando por el cristal.

—Esta es una mala idea— dijo en voz bajita. Sus ojos buscan con atención a la mujer que siempre la humilla y a la persona que la invitó a ir —. ¿Qué dices tú, Micha? ¿Le metemos el diente al negocio?




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