La teoría de las coincidencias

Prólogo

No planeaba enamorarme de nuevo.

Mucho menos de alguien como él.

Rodrigo Ortega era exactamente el tipo de persona que siempre había intentado mantener lejos de mí: desordenado, impulsivo y demasiado despreocupado para mi gusto. Era de esas personas que parecían vivir sin pensar demasiado en las consecuencias, como si el mundo siempre fuera a encontrar la forma de acomodarse a su favor.

Y yo era todo lo contrario.

Me gustaban los planes, las respuestas y las certezas. Necesitaba entender las cosas antes de sentirlas, porque confiar en algo que no podía controlar siempre me había parecido una mala idea.

Por eso todavía no entiendo qué hago aquí.

No entiendo por qué mis ojos lo buscan entre un salón lleno de personas.

Por qué una sonrisa suya puede cambiar por completo mi día.

O por qué un simple...

«Holaa, Greta».

...terminó convirtiéndose en uno de mis momentos favoritos del día.

No sé en qué momento dejé de verlo como el caos que siempre creí que era y empecé a verlo como alguien capaz de hacerme sonreír sin siquiera proponérselo.

No sé cuándo sus bromas dejaron de ser solo bromas.

Cuándo sus miradas empezaron a significar algo.

O cuándo comencé a memorizar cada pequeño detalle de él.

La forma en que habla.

La manera en que sonríe.

El color de sus ojos cuando la luz entra por la ventana del salón, su costumbre de chiflar mientras está concentrado.

Esos pequeños momentos que, para él, quizá nunca significaron nada...

...pero que para mí terminaron significándolo todo.

Tal vez el problema fue que nunca llegó como yo esperaba, sino que llegó sin avisar, sin pedir permiso y sin parecerse a nada de lo que alguna vez imaginé.

Porque algunas personas no llegan a nuestra vida para cumplir con lo que buscamos.

Llegan para cambiar aquello que creíamos imposible.

Y esa fue mi primera teoría sobre las coincidencias

.

La última...

...esa todavía no la conocía.




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