La teoría de lo inevitable ( La teoría del invierno 2)

Una cagada monumental.

Anna.

Vale, técnicamente la había cagado y a Justin, no le parecía mal recordármelo a cada segundo con su indiferencia. El clima era menos frío que su silencio.

—En unas horas, estaremos en el camino que se unifica, tal vez vuestros amigos hayan conseguido llegar —dijo Aether.

—Genial —exclamé sin apenas entusiasmo.

Me alegraba mucho encontrarme con Emma, pero la situación con Justin era bastante incómoda, y el camino se me estaba haciendo demasiado largo.

—Espero que Emma y el rarito estén allí, no puedo imaginarme pasar más tiempo a solas con Annita, sin que me dé un ataque de nervios —soltó Justin, como si nada.

—Ja, ja. Muy gracioso.

Justin, quien iba encabezando la marcha, se giró para mirarme, y me dedicó una sonrisa maliciosa.

Imbécil.

Caminamos varias horas hasta que un hotel enorme de tres plantas se hizo apenas visible, en la lejanía. El edificio era de un color blanco, con varias ventanas ovaladas y decoración navideña por todas partes. Un Santa Claus enorme, colgaba de la pared y varias luces de colores iluminaban de manera intermitente, la fachada.

Aether se paró en seco y nos observó.

— Será mejor que regrese a mi forma original, ya que sería extraño que otro ser humano aparezca de repente, en la competición.

—Les diré que te cambié por Justin —reí.

—Desde luego eso te gustaría —respondió el aludido. —Lástima que el cambia formas pelirrojo, no pueda salir del Valle.

—En eso tiene razón —dijo Aether.

El pelirrojo se apartó varios metros de nosotros, mientras una luz blanca iluminaba el lugar, cegándonos, de manera momentánea. El zorro nos contemplaba con una sonrisa astuta, de nuevo.

—Me agradaba que fueras un ser humano —exclamé.

—Puedo volver a serlo cuando lo desees —respondió.

Justin puso los ojos en blanco, y comenzó a caminar hacia el hotel, molesto.

—No le hagas caso, se le pasará —me dijo Aether, mientras le seguíamos.

El zorro, decidió esperar fuera, ya que, según él, quería explorar la zona.

Entramos en el espacio, lleno de luces y ambientación navideña y sonreí. Amaba la Navidad, era siempre una buena excusa para salir a cualquier parte, y la gente, tenía tendencia a ser más amable en esta época del año.

De pronto, vi a Emma a unos metros de nosotros.

—¡Emma! —grité.

Ella y el rarito se giraron en mi dirección. Justin se paró en seco y sonrió al ver a nuestra amiga.

—¡Anna, Justin! —gritó Emma, emocionada.

—Te he echado de menos —dije.

—Yo también a ti —respondió Emma, abrazándome.

— Ratita —exclamó Justin, sumándose al abrazo.

—Tengo tantas cosas que contarte —comenté, arrastrando a Emma hacia una enorme cafetería al fondo del pasillo —Espera un momento, ¿eso es un gato?

—Es una gata —exclamó el rarito.

—La he adoptado, se llama Rika.

—¡Es muy mona!, ¡vamos!

Ambas nos dirigimos hacia la cafetería que estaba repleta de gente. Emma divisó a lo lejos una mesa libre y prácticamente corrimos hasta el lugar, ya que estábamos agotadas, y no deseábamos que nadie ocupara esa mesa.

—¿Dónde está Justin? —preguntó Emma.

—Debe de haberse quedado con el rarito.

—Adam, se llama Adam.

—Vale, Adam —sonreí. —Y dime, ¿qué tal van las cosas con Adam?

Emma iba a decir algo, justo cuando Justin y él, llegaron. Adam tomó asiento a su lado, observé a mi mejor amiga moverse ligeramente, lo que me hizo sonreír.

Justin se sentó a mi lado, intentando no rozarme. Le miré de soslayo, él parecía estar atento al exterior, observando con atención la ventana. Le conocía lo suficientemente bien, para saber que lo estaba haciendo a propósito. Ninguno había mencionado nada de nuestro beso, cosa que agradecí, necesitaba tiempo para gestionarlo.

El camarero llegó y tomó nota de nuestro pedido, me moría del hambre.

—¿Has pedido tortitas con caramelo? —preguntó Justin divertido.

—Sí, ¿por qué?

—No entiendo cómo pueden gustarte, las tortitas saben mejor si les echas nata encima.

—Aunque tu cerebro no logre procesarlo, a cada uno le puede gustar una cosa, Justin.

—Mi cerebro puede procesar muchas cosas Annita, entre ellas, tu mal gusto.

Sabía que Justin no me estaba hablando precisamente, de tortitas, con el comentario sarcástico.

—Qué puedo decir.

Justin levantó una ceja y negó con la cabeza. Sabía que mi comentario le había molestado.

Alguien mencionó un beso al otro lado de la mesa. Justin y yo observamos perplejos a Emma y Adam, quienes guardaron silencio, al saberse escuchados.

—Voy al baño —exclamó Emma.

—Te acompaño.

Emma y yo, cruzamos la cafetería a toda velocidad, hasta llegar al baño de chicas.

—Oye, ¿va todo bien con Adam?

— No demasiado, pasar tanto tiempo juntos nos está afectando.

— Dímelo a mí...

—¿Pasa algo entre tú y Justin?

—Nada que no pueda arreglarse. ¿Sabes que se marcha a Tailandia?

—¿Qué? —preguntó Emma, sorprendida.

Asentí.

—Me he enterado hace unos días.

—¿Por qué no nos lo había contado?

—Creo que es él, quien debe darte esa respuesta.

Emma y yo regresamos a la mesa, donde Justin hablaba sin descanso y Adam, fruncia levemente el ceño.

Pasamos cerca de una hora contando anécdotas y riéndonos de cosas absurdas del pasado. Observé a Justin, se comportaba como si nuestro beso no le hubiese afectado, tal vez en el fondo, para él había sido algo sin importancia. Intenté desechar esos pensamientos, en vano.

—Adam.

Una voz femenina me sacó de golpe, de mis pensamientos intrusivos. Una chica con el cabello largo y castaño observaba a Adam, como si el mismo Adonis, estuviese frente a ella.

La recordé del día de la inscripción, debía ser su novia o algo así.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó el chico.

Justin y yo, nos miramos.

—Le pedí a mi abuelo venir junto al personal del hotel, para ver si habías llegado a esta fase de la competición. Sabía que lo lograrías. ¿Quieres que vayamos a algún lugar más privado?




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