Parte I - El Borde Exterior.
Había lugares en la galaxia donde la humanidad había construido ciudades capaces de albergar a millones de personas.
Mundos cubiertos de luces.
Planetas atravesados por redes de transporte orbital, ciudades que se extendían durante cientos de kilómetros y estaciones espaciales donde miles de naves entraban y salían cada día.
Y después estaba El Borde Exterior.
El límite.
La última frontera del universo conocido.
Un espacio tan vasto que incluso los mapas oficiales de la Federación Terrestre mostraban enormes regiones en blanco.
Se extendía desde la Oreja de Jenkins, aquella gigantesca formación interestelar que durante generaciones había servido como referencia para los navegantes, hasta las regiones más alejadas cartografiadas por las sondas de exploración.

Más de sesenta y tres colonias humanas reconocidas por la Federación Terrestre se encontraban desperdigadas por aquel inmenso territorio.
Sesenta y tres.
Y eso eran las reconocidas, había muchas más independientes.
Y cada año aparecían nuevas.
Algunas apenas eran poco más que un puñado de módulos habitacionales, una granja hidropónica y una antena de comunicaciones.
Otras habían crecido hasta convertirse en auténticas ciudades.
Iridon, por ejemplo, un planeta principalmente minero, asociado a la Federación era un ejemplo de una colonia pujante de actividad y población. Se había convertido en uno de los principales centros comerciales de la frontera.

Pero entre una colonia y otra podían existir semanas de viaje.
Semanas.
A veces meses.
Distancias que, desde la Tierra, resultaban difíciles incluso de imaginar.
—¿Sabes cuál es el problema del Borde? —había preguntado una vez la sargento de Marines Espaciales Montero.
Thais Montero, «La Loba», era una veterana que ya había sobrepasado la treintena.
Dura, eficiente y educada, ejercía sobre su «Manada» una autoridad firme, pero también maternal y protectora.
De origen caribeño, tenía la tez morena, ojos grises, nariz respingona y labios carnosos.

Su cuerpo estilizado, proporcionado y fibroso delataba años de entrenamiento.
Era una bella guerrera, capaz de pasar de una sonrisa encantadora a una mirada depredadora en cuestión de un segundo.
El capitán de corbeta Miller la había mirado desde el puesto de comandante, sosteniendo su taza con café reciclado.
—¿Cuál?
—Que cuando alguien pide ayuda...
Había señalado el mapa holográfico.
—... Normalmente ya está muerto cuando llegamos.
Miller no había respondido.
El capitán de Elliot Miller era británico de pura cepa: alto, rubio, de ojos azules, tez blanca, nariz recta y finos labios.
Caballeroso, musculoso y atractivo, poseía una valentía que rozaba la temeridad.
Procedía de una de las familias políticas más influyentes de la Federación Terrestre, pero jamás había permitido que su apellido hablara por él.
Con apenas veintitantos años y siendo el primero de su promoción, había sorprendido a propios y extraños al solicitar uno de los destinos más difíciles de la Federación.
Allí, lejos de los despachos y de las comodidades que su apellido podía proporcionarle, se había ganado algo mucho más valioso: el respeto, la confianza y la lealtad de todos sus hombres, tanto tripulantes como Marines Espaciales.
Miller sabía que Montero tenía razón.
La 2.ª Flota Estelar era responsable de aquella inmensa región.