Parte I – Una Travesía Accidentada.
La travesía de la corbeta de clase Hermes, generación Olimpo, Absolución hasta Épsilon Prime, desde el Borde Exterior, había terminado convirtiéndose en toda una auténtica odisea.

De los tres saltos previstos por hiperespacio, acabaron realizando cinco, permaneciendo casi doscientas sesenta y siete horas en hipertránsito.
Y aquello había tenido un precio.
Los motores de la Absolución apenas eran capaces de proporcionar la potencia necesaria para cada salto.
La maltrecha nave tuvo que ser reparada en varias ocasiones por su propia tripulación y, en más de una ocasión, por los ingenieros myrmitones de la astronave del Conde T.B., que los escoltaba.
Antes de cada salto, la corbeta temblaba de tal manera que daba la impresión de que iba a desencuadernarse.
En una de aquellas ocasiones, el Conde T.B. decidió intervenir.
—Capitán Miller, esto no es seguro.
Miller observó a través del ventanal de la cubierta cómo varios técnicos myrmitones trabajaban alrededor de uno de los motores.

—Nunca dije que lo fuera.
—Mis ingenieros pueden continuar con las reparaciones. Pero considero prudente tomar otra medida.
El Conde hizo una pausa.
—Los tripulantes no esenciales y la escuadra Delta podrían trasladarse a mi nave. Al menos hasta que lleguemos a Épsilon Prime.
Miller lo miró en silencio.
Después miró a los hombres que tenía alrededor.
Nadie parecía dispuesto a moverse.
—¿Y qué opina mi tripulación? —preguntó finalmente.
No hizo falta preguntar más.
La respuesta llegó de inmediato.
—Nos quedamos —dijo el cabo artillero Mendelssohn.

—Llegaremos con nuestra nave —aseguró la sargento técnico en sistemas Williams con una confiada sonrisa.
—Llegaremos con ella sin dudarlo — afirmó la Teniente Hwan.
El Conde T.B. observó a aquellos humanos durante unos segundos.

—¿Incluso sabiendo que podría no soportar otro salto?
Miller sonrió ligeramente.
—Mi señor conde, esta nave ha soportado cosas mucho peores.

La sargento Montero de los Marines Espaciales, añadió desde el fondo:
—Y todavía no nos ha dejado tirados. Y toda la escuadra Delta ha dicho que se queda.
El gigantesco Marine Espacial de asalto pesado Rassel avanzó por el puente de mando hasta ponerse a la altura de su buen amigo.
Le palmeó el hombro con confianza.

—Gracias por el ofrecimiento, amigo mío, pero nos quedamos.
El Conde miró nuevamente a la tripulación de la Absolución.
No parecía especialmente convencido.
Pero comprendió que aquella decisión estaba tomada.
—Entonces llegarán ustedes con su nave.
—Eso pretendemos.
Los myrmitones volvieron a quedar asombrados por aquella extraña especie de guerreros humanos.
Para ellos resultaba difícil comprender semejante apego a una nave que, objetivamente, apenas podía mantenerse operativa.
Pero precisamente aquella determinación hizo que su opinión sobre la tripulación de la Absolución aumentara todavía más.