El motor del coche se apagó y, de golpe, el silencio de la noche extremeña lo inundó todo. Frente a ellos, recortado contra un cielo cuajado de estrellas puras, se alzaba el imponente perfil del Convento de San Benito. El hoy convertido en parador de turismo parecía un transatlántico de piedra varado en el tiempo.
—Hemos llegado, mi amor —dijo Fran, estirando los brazos sobre el volante—. Bienvenidos a Alcántara.
Laura no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija en las altísimas ventanas enrejadas del piso superior. Sentía una opresión extraña en el pecho, un hormigueo helado que le recorría la espina dorsal desde que habían cruzado el imponente puente romano sobre el río Tajo, apenas diez minutos antes. No era el cansancio del viaje desde Madrid; era algo físico, una vibración imperceptible en el aire que parecía llamarla por su nombre.
—¿Laura? ¿Estás bien? —Fran se giró hacia ella, con los ojos llenos de esa preocupación protectora que tanto la enamoraba —. Tienes las manos congeladas.
—Sí, es solo... que este lugar impresiona —mintió ella, forzando una sonrisa mientras se ajustaba la chaqueta —. Es precioso. Demasiada historia de golpe, supongo.
Fran sonrió, aliviado, y le dio un tierno beso en la mejilla antes de salir del coche para sacar las maletas del maletero.
Laura bajó del vehículo y respiró hondo. El olor a piedra vieja, a jara y a humedad nocturna la envolvió. Caminaron juntos hacia la entrada del parador. Al cruzar el umbral del antiguo recinto conventual, el peso de los siglos pareció caer sobre sus hombros. Los arcos góticos, las luces tenues que dibujaban sombras alargadas en el suelo de piedra pulida y el eco de sus propios pasos creaban una atmósfera casi mística. El recepcionista, un hombre maduro de modales exquisitos, los saludó con una inclinación de cabeza.
—Bienvenidos al Parador de Alcántara. Pasarán su luna de miel en una de nuestras estancias más especiales, la antigua zona de clausura. Esperamos que su estancia sea inolvidable.
Mientras Fran rellenaba los documentos de registro y charlaba animadamente con el empleado sobre la gastronomía local, Laura se alejó unos pasos hacia el centro del claustro. El suelo de granito estaba frío bajo sus botas. De repente, las luces del parador parecieron parpadear. El tintineo de las llaves en la recepción y la voz de su marido se desvanecieron, apagados por un zumbido ensordecedor que empezó a pitar en sus oídos. El aire a su alrededor se volvió denso, irrespirable, impregnado de un súbito y penetrante olor a cera quemada y a flores secas.
«Benedicta...»
Un susurro, nítido y desgarrador, resonó directamente en el interior de su cabeza. No venía de fuera; venía de su propia sangre.
Laura se tambaleó, apoyando una mano temblorosa contra una columna de piedra. Una oleada de frío glacial la invadió desde la punta de los dedos. Al mirar hacia el suelo, la iluminación moderna de los faroles del parador desapareció por completo. En su lugar, el parpadeo trémulo e inestable de decenas de velas comenzó a proyectarse sobre los muros. El silencio del hotel fue sustituido por el murmullo lejano de un rezo en latín y el eco de unos sollozos que suplicaban clemencia en la oscuridad.
—¿Laura? ¡Laura!
La mano de Fran se posó con firmeza en su hombro, rompiendo el hechizo al instante. El parador recuperó su luz cálida habitual y el murmullo de los rezos se extinguió. Laura parpadeó repetidamente, con el corazón golpeándole con violencia contra las costillas y la respiración entrecortada. Tenía la frente empapada en un sudor gélido.
—Estás pálida, te vas a desmayar —dijo Fran, visiblemente alarmado, sosteniéndola por la cintura —. Olvida las maletas. Vamos a la habitación ahora mismo. Tienes una fiebre altísima.
Laura asintió mecánicamente, incapaz de articular palabra. Mientras subían las escaleras de piedra hacia la planta superior, se llevó una mano al cabello de forma inconsciente. Justo en el lateral izquierdo, por encima de la oreja, sus dedos tropezaron con un mechón de pelo que se sentía extrañamente áspero y rígido.
La suite 104 los recibió con el eco sordo del pasado. Fran cerró la puerta y ayudó a Laura a tenderse en la cama. Le puso un paño húmedo en la frente y le dio un antitérmico que llevaba en el botiquín de viaje.
—Tienes casi treinta y nueve y medio —dijo él, mirando el termómetro con el ceño fruncido—. Si la fiebre no baja en una hora, llamamos a un médico de guardia, ¿de acuerdo?
Laura asintió con debilidad. Tenía los ojos entornados, fijos en las sombras que la lámpara de la mesilla proyectaba en el techo. No era una fiebre normal; no sentía dolor de cuerpo, sino una expansión mental violenta, como si su conciencia estuviera ensanchándose hasta romper los límites de su propio cráneo.
—Quédate conmigo —alcanzó a susurrar.
—No me voy a mover de aquí, mi amor. Duerme.
Fran se sentó en la butaca junto a la cama, cogiéndole la mano derecha. Los dedos de Laura se relajaron poco a poco a medida que el medicamento hacía efecto, o al menos eso pensó él al ver que la respiración de su esposa se volvía acompasada. Fran cerró los ojos un instante, rendido por el cansancio del viaje. Para Laura, sin embargo, el sueño no trajo el descanso, sino una caída libre al vacío. El sonido de la respiración de Fran desapareció. El colchón bajo su cuerpo dejó de sentirse mullido y se transformó en un jergón de paja áspero y punzante. El calor de la calefacción del parador se evaporó, sustituido por un frío húmedo y cortante que se le colaba por los huesos. Laura abrió los ojos. Ya no estaba en la suite del hotel. Se encontraba tumbada en el suelo de una celda de aislamiento diminuta y austera. Las paredes eran de piedra viva, idénticas a las del parador, pero cubiertas de una fina capa de hollín. La única iluminación provenía de un cabo de vela colocado sobre una repisa de madera junto a un crucifijo de hierro.
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Editado: 23.09.2026