Mientras descendemos por las escaleras de caracol de la torre, la luz de las antorchas proyecta sombras danzantes en las paredes de piedra. Cada paso que damos resuena con un eco ligero, pero no rompo el silencio.
Rowan camina al frente, su porte seguro y su presencia imponente como siempre, y aunque sé que está alerta, no puedo evitar sentir que, por primera vez, he ganado algo en este juego.
Rowan deja escapar un suspiro pesado y avanza unos pasos más por el pasillo. Su capa, ahora sobre su brazo, parece absorber la tensión que sigue flotando en el aire entre nosotros. Mantengo mi ritmo, con los brazos cruzados y la cabeza en alto, aunque cada mirada que recibo me hace sentir como si las paredes del castillo se cerraran sobre mí.
El pasillo principal está lleno de actividad: nobles con gestos refinados y conversaciones susurradas, soldados en posturas rígidas, y sirvientes que se apresuran con bandejas y pergaminos. Pero al pasar nosotros, el bullicio se detiene. O mejor dicho, se detiene por mí.
Sus miradas no son discretas. Los ojos viajan desde mi rostro hasta mi atuendo, recalando en mi camisón de seda, elegante pero indiscutiblemente inapropiado para estas circunstancias. Aunque no estoy descalza, mis pies, apenas cubiertos por suaves zapatillas, no ayudan a disimular la incomodidad del momento.
Siento que mi piel se calienta bajo esas miradas, pero mantengo la barbilla alzada y el paso firme, negándome a mostrar vulnerabilidad. Rowan, sin embargo, parece notarlo. Sin detenerse ni mirar hacia atrás, hace un movimiento decidido con el brazo, quitándose la capa de un tirón.
La lanza hacia mí con precisión, y la atrapo sin esfuerzo, más por reflejo que por voluntad. Sostengo la prenda con ambas manos, mirándola como si fuera un desafío en lugar de un simple gesto.
—No la necesito, —digo con firmeza, mis palabras afiladas mientras le devuelvo la capa con un movimiento igual de decidido.
Rowan se detiene en seco y casi me choco contra su espalda, quedando a pocos centimetros, lo cual me permite percibir el olor de su masculina colonia."Joder, me encanta". Gira lentamente la cabeza, lo justo para que vea su ceja arqueada, mientras una chispa de algo entre exasperación e incredulidad cruza sus ojos.
—¿Te han dicho alguna vez lo cabezota que eres? —pregunta con un tono seco, cargado de una ironía tan deliberada que no puedo evitar apretar los dientes.
—Mi hermano me lo decía a menudo, gracias por el recordatorio, —respondo con calma aparente, aunque mis palabras están cargadas de intención.
La tensión en su mandíbula es casi imperceptible, pero ahí está. Una fracción de segundo en la que algo cruza su rostro antes de que recupere su máscara habitual. No me lo he imaginado: le ha dolido.
Rowan exhala lentamente, un suspiro largo que parece arrastrar consigo cualquier respuesta que hubiera considerado. Toma la capa, la dobla sobre su brazo con un movimiento preciso y reanuda su marcha, su postura tan rígida como su control emocional.
Yo lo sigo, mi mente aún dando vueltas a lo que acabo de decir y la reacción que conseguí arrancarle.
Al llegar a las puertas de su oficina, los guardias las abren con sincronización perfecta. Rowan entra sin vacilar, y yo lo sigo de cerca, dejando que las puertas se cierren detrás de nosotros con un clic firme.
La oficina es un lugar amplio y luminoso. Grandes ventanales que alcanzan hasta el techo dejan entrar la luz natural, bañando el espacio en un cálido resplandor. El mobiliario está dispuesto con una elegancia sobria: un amplio escritorio de madera oscura con papeles perfectamente organizados, una biblioteca que recubre una de las paredes, y un conjunto de sofá y sillones frente a una mesa baja de cristal.
Rowan avanza hacia el sofá y tira su capa sobre el respaldo con un movimiento descuidado, como si deshacerse de ella fuera también un intento de sacudirse la tensión. Se deja caer en el asiento con una postura que aparenta relajación, aunque la forma en que cruza una pierna sobre la otra y apoya el brazo en el respaldo me dice que sigue tan alerta como siempre.
Lo observo mientras se pasa una mano por el cabello, un gesto que parece automático, casi mecánico. Su rostro, aunque tan serio como siempre, muestra un leve desgaste. Un cansancio que no logra ocultar del todo.
—No has dormido, ¿verdad? —pregunto, cruzándome de brazos mientras lo miro fijamente desde donde estoy de pie.
Rowan alza la mirada hacia mí, su expresión apenas cambia, pero hay un destello de sorpresa en sus ojos, como si no esperara esa observación.
—Eso no es asunto tuyo, —responde, su voz baja, pero no dura.
Mantengo mi posición, negándome a retroceder.
—No es asunto mío, pero puedo verlo, —insisto, mi tono firme pero sin rastro de burla—. Estás agotado, Rowan.
Él deja escapar un suspiro, recostándose ligeramente contra el respaldo del sofá.
—No tengo tiempo para dormir, Layla, —dice con resignación, aunque su voz se suaviza al añadir—. Especialmente cuando tengo que lidiar con incendios provocados y amenazas desde lo alto de una torre.
Ruedo los ojos, reprimiendo la réplica que sube a mi garganta. En su lugar, avanzo hacia uno de los sillones frente a él y me dejo caer con un movimiento deliberadamente calmado, mi mirada fija en la suya.
—Si no te cuidas, no serás capaz de manejar todo lo que está ocurriendo a tu alrededor, —digo, mis palabras saliendo con una seriedad que no me molesto en suavizar.
Por un momento, Rowan guarda silencio. Me observa, y puedo sentir el peso de su mirada, evaluando cada una de mis palabras. Luego, una sonrisa ligera, casi imperceptible, curva la comisura de sus labios.
—Es curioso que tú me digas eso, —murmura finalmente, con un destello de ironía en su tono—. Justo tú, que eres la fuente de todos mis problemas.
No puedo evitar que una pequeña sonrisa asome en mis labios. No por sus palabras, sino por la extraña normalidad que parece instalarse entre nosotros, aunque sea por un momento. Y mientras lo observo, siento una punzada de algo que no esperaba: compasión.