Domingo, 14 de Junio de 2026
19:30
«A veces, basta un instante
para que una vida entera
deje de ser la misma.»
El Fiat Marea avanzaba por la rúa de Galicia con un traqueteo familiar, como si cada bache formara parte de una coreografía ya ensayada. A la izquierda quedaba el puerto, oscuro y muy tranquilo a esas horas, con las luces del paseo reflejándose sobre el agua turbia. El atardecer era gris y bajo; una de esas tardes en las que la luz parecía cansada incluso antes de desaparecer. El viento del mar se colaba por las rendijas del coche y traía consigo el olor a sal y a humedad.
El coche, viejo y de un azul apagado, había pertenecido a un tal Gabriel. Julián aún no sabía si aquello le resultaba tranquilizador o incómodo. Por dentro olía a gasolina y a mar, una mezcla persistente que se había incrustado en la tapicería. Los asientos estaban gastados y hundidos en algunos puntos, como si hubieran soportado viajes largos, idas y vueltas sin demasiadas explicaciones. Aun así, pensó que, por unos pocos cientos de euros, no podía quejarse demasiado. Arrancaba a la primera y, de momento, lo llevaba de un sitio a otro.
Bruno iba en el asiento trasero, en la parte derecha, para que Julián pudiera verlo a través del espejo del parasol. Estaba entretenido con la ventanilla: la bajaba y la subía con insistencia, sacando la mano durante un segundo para sentir el aire frío antes de volver a recogerla. Después dejaba de pulsar el botón y cogía el juguete del McDonald's, haciéndolo chocar contra el cristal mientras inventaba sonidos que se mezclaban con el rumor lejano del mar y los gritos de las gaviotas.
Julián conducía con la mirada fija en la carretera, aunque la cabeza parecía estar en otro lugar. La radio sonaba baja; tarareaba sin ganas una canción que no habría sabido reconocer. De vez en cuando asentía a alguna pregunta de Bruno, sin llegar a contestarla del todo. Era un trayecto corto, rutinario, uno más de tantos, y, sin embargo, había en el aire una sensación de calma frágil, como si el pueblo entero contuviera la respiración bajo aquel cielo nublado, ajeno todavía a cualquier ruptura.
De un momento a otro, Bruno irrumpió con una pregunta para romper el silencio.
—Papá, ¿por qué hace tanto ruido el coche?
—Porque es viejo, como yo.
—Entonces, pronto habrá que cambiarte a ti también —bromeó el joven.
Julián sonrió, pero no respondió. Julián realizaba aquel trayecto desde su casa hasta la de su exmujer casi de memoria. Lo hacía de manera automática, sin apenas pensar en el camino. Podía decirse que era capaz de hacerlo incluso con los ojos cerrados.
No tardaba más de diez minutos en ir de una puerta a otra. Y así fue también aquella vez, cuando se detuvo frente a la puerta del edificio de Clara, su exmujer. Era un bloque normal y corriente, sin lujos, con algún grafiti en la entrada.
Julián observó la hora. Eran las siete y treinta y dos. Una buena hora para llevárselo. Era la hora que habían acordado durante su separación amistosa. Ninguno de los dos quería que nadie decidiera por ellos. Preferían llegar a sus propios acuerdos.
Julián observó el exterior a través de la ventanilla y vio cómo el viento hacía ondear una bolsa de plástico que había quedado atrapada junto a la acera. Bajó la ventana durante unos segundos y algunas gotas comenzaron a colarse en el interior del vehículo. Pero ya estaba acostumbrado a que aquello ocurriera en aquel lugar.
Ya no hacía falta decirle nada a Bruno. Se quitó el cinturón y cogió la mochila que llevaba en el asiento de al lado.
—¿Llevas todo? —le preguntó Julián mientras extendía los brazos para darle un abrazo.
Bruno le respondió con un gesto afirmativo y miró enseguida hacia el edificio, como si no quisiera marcharse.
—El ascensor sigue roto.
Julián asintió sin mostrar sorpresa. Ya lo sabía. Aunque hacía meses que no vivía allí, estaba al tanto del problema. El ascensor se había averiado hacía unas semanas y la administradora del edificio llevaba desde entonces poniendo mil y una excusas para no arreglarlo.
Julián dejó que Bruno cruzara la calle solo. Se dio cuenta de lo rápido que había crecido el pequeño. Bruno llegó con cierta dificultad hasta el telefonillo de la entrada y pulsó el botón correspondiente a su casa.
A los pocos segundos, una voz respondió al otro lado. No había duda de que era la de su madre.
—¿Sí?
—Soy yo, mamá.
Después de aquella escueta conversación, se escuchó el clic que indicaba que la puerta se había abierto. Bruno entró sin darse la vuelta y desapareció tras ella.
Julián miró a su alrededor y enseguida cruzó la calle. Aunque quería que Bruno fuera autónomo y aprendiera a desenvolverse por sí mismo, no quería marcharse sin asegurarse de que había llegado bien. Así que se quedó junto a la puerta, esperando a que Clara le avisara de que ya estaba dentro.
Mientras tanto, aprovechó para hacer aquello que, delante de su hijo, se había prometido hacía años que no volvería a hacer: encenderse un cigarrillo.
Sabía de sobra que no era bueno para su salud. El médico ya se lo había advertido en su última revisión. Pero, aun así, no le hizo caso.
Total de algo hay que morir
Pensó Julian muy egoístamente.
Se dio la vuelta y observó una pequeña sombra oscura tras el cristal de la puerta de la calle. Durante unos segundos creyó que había alguien allí. Sin embargo, cuando comenzó a observarla detenidamente, se dio cuenta de que no había nada.
Quizá llevaba demasiadas horas despierto y necesitaba dormir urgentemente. Eso mismo era lo que iba a hacer en cuanto pusiera un pie en casa.
Tras varias caladas, comenzó a rascarse la cabeza. Le resultaba extraño que todavía no le hubieran dicho nada.
Así que decidió llamar él mismo al telefonillo, esperando que su exmujer le dijera que Bruno ya estaba allí y que no tenía de qué preocuparse.