La Academia Seiran no era simplemente un centro de estudios: era una de las instituciones más prestigiosas de la región, reconocida por sus excelentes resultados, su larga historia y sus instalaciones impecables, situadas en una zona tranquila, alejada del bullicio del centro de la ciudad. Sus edificios, de estilo clásico con fachadas de tonos neutros y tejados oscuros, se alzaban ordenados entre jardines cuidados con esmero. En el interior, los suelos de madera pulida brillaban bajo la luz de las lámparas; las aulas, amplias y bien iluminadas, olían a cera, papel nuevo y libros viejos; en los pasillos de techos altos resonaban cientos de pasos, y en cada rincón se respiraba disciplina, orden y la certeza de que allí se formaba a quienes tendrían un futuro prometedor.
La mayoría de los estudiantes procedían de familias con buena posición, pero también había quienes, como Haruki, habían ingresado por sus propias calificaciones, con la esperanza de abrirse camino. Para todos, el uniforme —blazer azul marino, camisa blanca, corbata negra y pantalón o falda a juego— era un símbolo de pertenencia. O al menos, para la mayoría.
Antes de que sonara la campana del final de las clases, los pasillos se llenaban de un murmullo constante: conversaciones sobre exámenes, festivales, planes para el fin de semana. Pero había un tema que también se repetía, en voz baja, en grupos apartados.
—¿Viste lo que pasó en el comedor hoy? —preguntó una chica mientras guardaba sus cuadernos—. Nadie se sentó en toda la mesa donde él estaba. Estuvo completamente vacía.
—Lo vi —respondió su compañera, bajando la voz—. Yo no sabría qué hacer si estuviera en su lugar. No podría seguir viniendo.
—Dicen que sus padres ya no lo quieren ver. Que lo dejaron solo en el departamento.
—Qué vergüenza para ellos… Tener un hijo del que todos hablan así.
—Calla, que puede oírte…
—Que oiga. Si no hizo nada, ¿por qué lo acusan tres chicas distintas? Algo habrá hecho.
Las palabras viajaban de un grupo a otro, suaves pero cortantes. Nadie gritaba. Nadie necesitaba hacerlo. Bastaba con que una conversación se interrumpiera al verlo llegar, con que alguien desviara la mirada, con que el asiento contiguo quedara libre una vez más. No era un estallido: era un peso constante, que se acumulaba día tras día.
Y entonces apareció él.
Haruki Takamori caminaba por el pasillo con la mochila colgada de un hombro, la postura encogida, intentando ocupar el menor espacio posible. Era un muchacho de segundo año, de estatura media y complexión delgada, con el cabello castaño oscuro revuelto, como si no hubiera tenido ganas de peinarlo aquella mañana. Sus ojos, grandes y de un gris suave, solían esconderse tras unas gafas de montura fina que a veces se le resbalaban por el puente de la nariz; cuando alguien lo miraba directamente, él bajaba la mirada casi de inmediato, hacia sus zapatos o hacia el suelo. Vestía la camisa blanca algo arrugada, la corbata negra floja y la chaqueta del uniforme abierta, como si buscará protegerse tras ella. No caminaba rápido ni despacio: caminaba sin llamar la atención, tratando de volverse invisible.
—Ahí viene… —se oyó susurrar.
Dos chicas que hablaban cerca de la escalera se callaron y se apartaron, dejándolo pasar, pero mirando hacia otro lado. Un grupo de chicos al fondo intercambiaron miradas y sonrieron con desprecio. Haruki lo notó todo. Cada gesto, cada silencio. Y siguió caminando, sin levantar la vista. Había aprendido que detenerse era darles pie a hablar más. Que cualquier cosa que dijera sería usada en su contra.
En el aula no había sido distinto. El asiento a su lado había permanecido vacío toda la jornada. Cuando el profesor le pidió que leyera en voz alta, varios compañeros se apartaron ligeramente. Cuando respondió correctamente, nadie asintió. Cuando guardó silencio, todos pensaron que era culpabilidad.
Cuando la campana sonó y el resto salió riendo, él se quedó unos minutos más, esperando que los pasillos se vaciaran un poco. Sabía que no serviría de mucho, pero al menos podría caminar sin que cada paso viniera acompañado de un comentario.
Salió al exterior cuando el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y grises suaves. El aire fresco de la tarde le acarició el rostro, y respiró hondo. Buscó el camino que casi nadie tomaba: entre el edificio principal y el gimnasio, había un sendero estrecho bordeado de arbustos y unos cuantos árboles, con un par de bancos de madera apartados. Allí solía sentarse a esperar a que anocheciera, cuando ya no quedaba nadie en los alrededores. Era un lugar sencillo, sin nada especial, pero tranquilo. Y la tranquilidad se había convertido en su mayor refugio.
Se sentó, dejó la mochila a su lado y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Por fin… —susurró, muy bajito.
Llevaba un mes y medio así. Todo había empezado cuando tres estudiantes denunciaron haber sido abordadas en los pasillos durante la noche, en días distintos. Ninguna pudo dar una descripción detallada, pero las tres coincidieron en que, antes de perder el conocimiento, creían haber visto su rostro. No hubo pruebas, ni acusación formal ante la dirección, ni nada que lo vinculara directamente con los hechos. Pero para los compañeros, eso había sido suficiente. Un rostro. Tres testimonios. Y un chico al que era muy fácil señalar.
Al principio intentó explicarse. Dijo que no era él, que no sabía nada, que ni siquiera entendía por qué lo relacionaban. Pero cada palabra empeoraba las cosas. Si hablaba, estaba mintiendo. Si callaba, era porque no tenía defensa. Si se enfadaba, demostraba que era peligroso. Si se iba, huía. No había forma de ganar.
Y su familia… Haruki apretó los labios. Sus padres no le llamaron ni le escribieron para preguntarle qué había pasado. Solo le hicieron saber que seguirían pagando el departamento donde vivía solo, pero que no contara con nada más. Que su presencia en la familia era una vergüenza. Que no volviera a casa hasta que pudiera demostrar que no era culpable. Como si eso fuera algo que él pudiera hacer.
Editado: 28.10.2026