Sarah se despidió un momento y caminó a paso ligero hacia su bloque para recoger su mochila, mientras Acalia y yo descendíamos de nuevo al pabellón subterráneo para hacer lo propio. Nos esperaban un par de horas libres por delante y la perspectiva de un rato de diversión en Castel San Pietro Terme. Tomamos nuestras pertenencias, subimos las escaleras y salimos al exterior.
Acalia y Sarah se quedaron esperando en la acera junto a la rotonda peatonal mientras yo me dirigía a la zona de aparcamiento de estudiantes. Abrí la puerta del Fiat Panda 4x4, encendí el motor y salí despacio, orillándome con suavidad junto a la calzada para que ambas pudieran subir. Como ya se estaba volviendo costumbre, Acalia ocupó el asiento del copiloto ajustándose el cinturón, mientras Sarah se acomodaba atrás con una sonrisa tranquila. Puse primera y aceleré rumbo a nuestra improvisada aventura hacia los juegos mecánicos.
Desde la sede de extensión de la universidad hasta el casco urbano de Castel San Pietro Terme apenas hay unos tres kilómetros, lo que al volante se traduce en unos tres o cuatro minutos de trayecto. Antes de cruzar la entrada formal al municipio hay que atravesar Magione, una pequeña frazione —una apacible pedanía rural— flanqueada por campos agrícolas y caseríos tradicionales. Aunque la carretera comarcal se extendía en una recta despejada y sin mayor tráfico a esa hora de la mañana, mantuve una velocidad prudente; jamás he sido un conductor impulsivo ni de pisar el acelerador por capricho. Manejar con paciencia es algo que aprendí desde mis primeras lecciones con mi padre y dudo mucho que esa costumbre vaya a cambiar algún día.
Desde el asiento trasero, Sarah levantó la vista de la pantalla de su teléfono y rompió el silencio del habitáculo:
—Estuve revisando en internet y logré dar con la ubicación exacta donde se montan las atracciones: están sobre Via Evangelista Torricelli.
Acalia soltó una risita burlona y ladeó la cabeza:
—Vaya... Evangelista, casi se llama igual que mi apellido.
Sarah continuó leyendo las notas del buscador local:
—Además, dice que durante estas semanas se celebra el festival anual Settembre Castellano.
—¿Settembre Castellano? —repitió Acalia frunciendo el ceño—. ¿Y eso exactamente qué es? Bueno, tampoco es que deba sorprenderme por no tener idea; si apenas me estoy ubicando en las calles de Faenza habiéndome mudado hace escasas semanas, prácticamente no sé nada de este pueblo ni de sus alrededores.
Sarah asintió con un gesto comprensivo desde atrás:
—Te entiendo a la perfección. Nosotras somos completamente forasteras por estos rumbos.
«Es verdad... Ambas tuvieron que mudarse a Faenza expresamente para iniciar la carrera universitaria en la UATC. Yo conozco Faenza de memoria, calle por calle y rincón por rincón, pero la verdad es que sobre Castel San Pietro Terme tampoco manejo una enciclopedia completa».
—Bueno, para ser sinceros, yo tampoco me conozco este pueblo al dedillo —admití mirando el retrovisor—. Ayer fue prácticamente la primera vez que entré al centro, pero solo me detuve un rato en el McDonald's para comer algo rápido y luego seguí directo mi ruta hacia Faenza.
Acalia giró el cuello hacia mí, cruzándose de brazos con una ceja peligrosamente alzada:
—O sea que nos invitaste con toda la seguridad del mundo a un parque de atracciones y ni siquiera sabes si está funcionando ahora mismo, ¿eh, don guía turístico?
Sentí un chispazo de calor en la nuca y traté de defender mi dignidad al volante:
—No sé todos los detalles al milímetro, pero vi publicaciones oficiales en redes sociales que confirmaban que el Luna Park se instalaba aquí para las fiestas. La fecha marcaba del 1 de septiembre hasta el 1 de octubre, así que encaja perfectamente con este calendario. De eso no cabe ninguna duda.
«Rayos... Debí haber investigado los horarios antes de lanzar la propuesta. Solo ruego que estén abiertos; si están clausurados voy a quedar en ridículo total frente a las dos».
Acalia suspiró y se inclinó hacia el asiento trasero:
—Sarah, por favor revisa si las atracciones operan hoy por la mañana y a qué hora abren las taquillas.
Sarah intentó refrescar la página web, pero la pantalla se quedó en blanco con el icono de carga girando indefinidamente. Miró el teléfono apenada y soltó con voz culpable:
—Lo siento muchísimo, chicos... Me quedé sin cobertura y me acaba de llegar el mensaje de que agoté los datos móviles del mes.
Acalia rodó los ojos con una ironía impecable:
—Vaya... qué conveniente para el desarrollo de la trama.
Para ese momento el Panda ya cruzaba los primeros semáforos del casco urbano de Castel San Pietro Terme. Era el momento de la verdad, sin pantallas ni filtros digitales. Seguí las indicaciones viales y doblé con cuidado hacia Via Evangelista Torricelli.
Sin embargo, al girar la esquina y abrir el panorama hacia el predio de las atracciones, la realidad nos cayó encima como un balde de agua helada.
El paisaje era desolador: las estructuras metálicas de los autos chocones, la rueda de la fortuna y las casetas de tiro al blanco estaban completamente desiertas, cubiertas por lonas impermeables y rodeadas de vallas con candados. No había música, no había luces de neón ni el menor rastro de personal en las taquillas.
El Luna Park estaba absoluta y categóricamente cerrado a esa hora de la mañana.
Acalia no tardó ni un segundo en girarse hacia mí, cruzándose de brazos con una sonrisa que destilaba pura ironía:
—Vaya, vaya, mi estimado y prestigioso guía turístico... veo que te falló el cálculo del reloj por apenas unas cuantas horas. Qué pena... ¿y ahora qué hacemos con tus planes maestros?
Tragué saliva y apreté el volante, tratando de fingir calma frente al panorama desértico:
—Conque están clausurados a esta hora... Rayos, admito que no calculé ese pequeño detalle logístico.