Eran las siete y quince de la mañana cuando Michael Kaiser, de catorce años, llegó a su escuela. Caminaba tranquilamente por los pasillos mientras revisaba su teléfono, ignorando el ruido de los estudiantes.
—¡Kaiser, espera, maldito! —gritó alguien detrás de él.
Michael reconoció inmediatamente aquella voz.
—Joder, Daniel, ¿no puedes pasar un día sin gritar?
Daniel Weber, su mejor amigo, lo alcanzó y le pasó un brazo por los hombros.
—Necesito que me prestes la tarea de matemáticas.
—¿Y si mejor estudias?
—¿Y si mejor me ayudas?
—¿Y si mejor te jodes?
Daniel se quedó mirándolo unos segundos antes de soltar una carcajada.
—Algún día me vas a extrañar, idiota.
—Ese día me preocuparé.
Ambos entraron al salón entre bromas. Allí los esperaba Lucas Hoffmann, otro de sus amigos, que levantó la mano a modo de saludo.
Pero Michael apenas tuvo tiempo de responder cuando vio a Emma Schneider sentada cerca de la ventana.
—Buenos días, Michael —saludó ella con una sonrisa.
—Buenos días.
Fue una respuesta sencilla, pero Daniel, que lo conocía demasiado bien, notó cómo había cambiado su expresión.
—Míralo, Lucas. Al príncipe de hielo se le derritió el corazón.
—Cállate, Daniel —respondió Michael.
Emma soltó una risita.
—¿Por qué? ¿Qué pasa con Michael?
—Nada —contestó él rápidamente—. Este idiota necesita atención médica.
Las risas de sus amigos llenaron el salón justo cuando sonó el timbre.
Las clases comenzaron y la mañana transcurrió entre explicaciones, tareas y alguna que otra reprimenda del profesor. Para Michael, era un día como cualquier otro.
Al terminar las clases, los cuatro salieron juntos de la escuela.
—¿Nos vemos el sábado? —preguntó Emma.
—Claro —respondió Michael.
—No llegues tarde —advirtió ella.
—No prometo nada.
Emma negó con la cabeza, sonriendo, antes de despedirse.
Michael la observó alejarse durante unos segundos.
—Estás perdido, hermano —comentó Daniel a su lado.
—Cierra la boca.
—Te gusta demasiado.
Michael no respondió. Simplemente comenzó a caminar con sus amigos, escuchando sus bromas mientras el sol iluminaba las calles de la ciudad.
A sus catorce años, tenía amigos, una chica que le hacía sonreír y una vida que parecía transcurrir con normalidad.
Todavía no sabía cuánto podía cambiar el mundo en apenas dos años.
Editado: 25.10.2026