La Viuda Del General

Capítulo 4

Capítulo 4

—¿Mandarme a sacar? —La voz me sale más alta de lo que quiero, y un par de familiares que se estaban despidiendo se quedan quietos en el camino—. Usted no puede hacer eso, señora. Voy a llamar a un abogado.

—Llama a quien te dé la gana. —Doña Petra ni se inmuta—. Puedes hacer lo que quieras, pero legalmente esa casa es mía. Cuando Ramón la compró, la puso a mi nombre.

—Eso es imposible. Ramón me dijo que estaba a nombre de los dos.

La vieja se ríe, bajito, con esa risa que usa cuando alguien en la mesa dice una tontería y ella se siente más lista que todos.

—¿Y viste los papeles?

Abro la boca para contestarle, y no me sale nada.

Porque no, nunca los vi. Nos casamos, Ramón me llevó a esa casa, me dijo que era nuestra y yo le creí, y desde entonces nunca hubo ningún problema, nunca llegó una carta rara, nunca nadie tocó la puerta preguntando por el dueño. Yo nada más pinté las paredes, colgué cortinas y me sentí la mujer más afortunada del mundo por tener un techo que era mío.

Qué idiota. Qué ilusa fui.

Me quedo parada en la entrada con las manos frías, y siento cómo se me va cayendo todo por dentro, pedazo por pedazo. Una amante con seis meses de embarazo, un año de mentiras, una casa que nunca fue mía, y yo, que me creía casada con el hombre más bueno del mundo, en realidad viví cinco años con un extraño que me ocultaba muchísimas cosas.

Si ahorita me dicen que Ramón tenía otra familia en otro estado, ya ni me sorprendo, nada más pido silla.

Doña Petra me da la espalda sin decir nada más y entra a la casa. Los demás la siguen poco a poco, algunos mirándome de reojo con lástima y otros con esa curiosidad de quien ya tiene tema para la próxima reunión familiar, y doña Juana deja mis maletas junto a la reja antes de meterse también. La puerta se cierra.

Me quedo sola en la entrada, con dos maletas, una ecografía y un marido enterrado que me mintió hasta en eso.

Respiro hondo varias veces, porque si me pongo a llorar aquí afuera le voy a dar a esa mujer el gusto de verme desde la ventana. Agarro las asas de las maletas y saco el celular para pedir un taxi, pensando en buscar un hotel barato para esta noche mientras encuentro un abogado que me ayude a pelear por lo que me corresponde, aunque todavía no sé qué es lo que me corresponde.

Todavía estoy buscando la aplicación cuando un auto se detiene frente a mí.

Es otra vez Adrián Montenegro. Se baja, rodea el carro y se para frente a mí, mirando las maletas antes de mirarme a mí.

—¿Tiene adónde ir?

—Sí —miento, sin pensarlo—. Claro que sí.

—La llevo.

—No hace falta, ya estaba pidiendo un taxi.

—Déjeme hacerlo. —No lo dice como pregunta—. Está embarazada y trae dos maletas. Déjese ayudar.

Me le quedo viendo un momento, y como no se me ocurre ningún argumento que no sea puro orgullo, asiento no muy convencida. Él toma las maletas, las mete en la cajuela y me abre la puerta del copiloto, y yo me subo sintiendo que acabo de perder una discusión que ni siquiera empezó.

Arranca y, cuando llegamos a la esquina, me pregunta sin voltear:

—¿Cuál es la dirección?

Me quedo mirando al frente, a la nada. No tengo dirección. No tengo una amiga a la que pueda caerle con dos maletas a esta hora, no tengo familia, y los únicos que yo creía que eran mi familia me acaban de cerrar la puerta en la cara.

Él no insiste. Sigue manejando unos segundos en silencio y luego habla con el mismo tono con el que me dijo en el cuarto que descansara.

—Esta noche puede quedarse en mi casa, mientras consigue su propio lugar. Y le puedo buscar un abogado de confianza. —Hace una pausa—. Conozco a mi cuñada, y la pelea que le viene no va a ser sencilla.

Me volteo a mirarlo. Tiene las manos firmes en el volante y la cara igual de seria que siempre.

—¿Por qué me ayuda? Nunca habíamos hablado, y de pronto usted parece mi salvador.

—No soporto las injusticias. —Ni siquiera parpadea—. Soy un hombre de ley, un militar. Estoy para proteger a los necesitados.

Levanto una ceja.

Los necesitados. No sé si reírme o ponerme a llorar, porque no sé si acaba de ser amable conmigo o si me acaba de meter en la misma categoría que a los damnificados de un huracán. Aunque, para ser justa, ahorita mismo no estoy muy lejos.

Suspiro. Ya no me queda energía para discutir con nadie, y menos con un hombre que habla como si estuviera leyendo un reglamento.

—Está bien, acepto. Pero solo en lo que encuentro dónde vivir y resuelvo mi situación. No quiero ser una carga para nadie.

Él asiente, y eso es todo.

El resto del camino es en silencio. Yo miro por la ventana cómo se van quedando atrás las calles y pienso que Ramón, esté donde esté, seguro se fue derechito al infierno por miserable, y que ojalá allá también lo pongan a vivir en una casa a nombre de otro.

Es un pensamiento horrible para una viuda que acaba de enterrar a su marido, y aun así es lo primero que me hace sentir mejor en todo el día.

Llegamos a las afueras de la ciudad, y el auto cruza un portón que se abre solo y avanza por un camino largo hasta detenerse frente a una mansión. Me quedo con la boca abierta. Sabía que el tío de Ramón tenía un rango alto, pero nunca pensé que mi tío político fuera rico, y mucho menos así de rico, con una casa tan grande que la mía, bueno, la de mi suegra, cabría tres veces en la entrada.

—¿Aquí vive?

—Así es.

Se baja, me abre la puerta para que yo salga y luego saca las maletas de la cajuela. Todavía estoy tratando de cerrar la boca cuando entramos, y apenas cruzamos la puerta, una niña sale de la nada corriendo por el pasillo. No debe tener más de cinco años.

—¡Papá, llegaste!

Se le lanza encima con los brazos abiertos, y el hombre frío y sin emociones, el que no ha movido un músculo de la cara en dos días, suelta las maletas, abre los brazos y la recibe con una sonrisa enorme, tan grande que no parece la misma persona.




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