La Viuda Del General

Capítulo 5

Me quedo sentada en medio de esa cama enorme, con el billete en las dos manos y la televisión todavía encendida, hasta que el señor del sorteo se despide y empieza un comercial de detergente, y yo sigo ahí, sin poder soltar el papel.

Lo primero que se me ocurre es bajar corriendo y contárselo a alguien. Lo segundo es que no tengo a quién.

Doña Petra me echó a la calle con su hijo todavía caliente en la tumba, y si esa mujer se entera de que tengo dinero, algo se va a inventar para quitármelo, porque no se detiene ante nada. Ya me llamó puta delante del ataúd de Ramón, así que no creo que le tiemble la mano para decir que el billete se lo robé a su hijo.

Y luego está Cristal, con su barriga de seis meses y su año de amante, y yo quiero conservar aunque sea tantita dignidad frente a esa mujer. No quiero que nadie diga que la gorda se consoló rápido.

Miro hacia la puerta. Tampoco sé qué quiere Adrián Montenegro. Un hombre que no me dirigió la palabra en cinco años y de repente me defiende, me sube a su carro y me mete en su casa, o es un santo o quiere algo, y yo ya no estoy para apostarle a los santos.

Doblo el billete con cuidado y lo guardo en la bolsa, junto a la ecografía, que ahora mismo son las dos cosas más valiosas que tengo en el mundo.

Voy a cobrar este dinero en silencio, y luego me voy a largar de esta ciudad sin mirar atrás, a empezar de cero con mi hijo. Así como me dejaron en la calle, la vida me dio este golpe de suerte, y no pienso dejar que nadie me lo arrebate.

Esa noche casi no duermo, y a la mañana siguiente me baño, me visto y bajo temprano con la bolsa apretada contra el costado.

Desde la escalera escucho el llanto.

En el comedor, sentada frente a un plato que nadie ha tocado, está la niña que ayer se le lanzó a Adrián a los brazos, con la cara roja y los brazos cruzados, y a su lado una mujer joven, que debe ser la niñera, intenta meterle una cucharada de avena en la boca sin ningún éxito.

—Anita, por favor, nada más un poquito.

—¡No quiero!

La niñera suspira y levanta la vista, y al verme se pone de pie de golpe, avergonzada.

—Buenos días, señora. Perdone el escándalo.

—No se preocupe. ¿Y el señor?

—Se fue muy temprano a trabajar, como siempre. —Baja la voz, aunque la niña está a medio metro—. Desde que murió su mamá se volvió así, caprichosa, siempre quiere hacer lo que ella quiere, y yo ya no sé qué hacer con ella.

Anita me mira de reojo por encima de sus brazos cruzados, con los ojos llenos de lágrimas y la boca apretada, esperando a ver de qué lado me pongo.

Jalo la silla de enfrente y me siento sin decir nada. Agarro una cuchara limpia, la meto en su avena, me la llevo a la boca y pongo cara de que es lo más asqueroso que he probado en mi vida, con los ojos bizcos y la lengua de fuera.

Anita se tapa la boca para no reírse, y no lo logra.

—¿Verdad que sabe feo? —le pregunto.

—Sabe horrible —me contesta, muy seria.

—Entonces hagamos una cosa. Si tú te comes una cucharada, yo me como otra y pongo una cara todavía más fea.

Lo piensa un momento, con esa seriedad de los niños cuando negocian algo importante, y luego abre la boca.

Diez caras feas después, el plato está vacío. La niñera me mira como si acabara de ver un milagro, y Anita se baja de la silla, rodea la mesa y me abraza por la cintura con todas sus fuerzas.

—¿Quieres jugar conmigo a las muñecas?

Antes de que pueda contestarle ya me tiene agarrada de la mano y me va jalando por el pasillo hasta su cuarto, que es casi del tamaño de mi antigua sala y está lleno de juguetes por todos lados.

Me siento en el piso con ella y durante un rato se me borran Ramón, el ataúd, Cristal y la vieja, porque no hay espacio para nada más que peinar muñecas, cambiarles la ropa e inventar que una es doctora y la otra es su paciente, mientras Anita me corrige cada cosa que hago mal, que según ella es casi todo.

—Esta es mi mamá —me dice de pronto, levantando una muñeca rubia—. Mi mamá está en el cielo.

Se me queda la mano quieta con el peine a medio pelo.

—¿Sí, mi amor?

—Sí. Papá dice que desde allá me cuida. —Acomoda a la muñeca con mucho cuidado sobre un cojín—. Pero yo la extraño mucho.

Luego me mira, con esos ojos grandes que todavía tienen restos del llanto del desayuno.

—¿Te vas a quedar a jugar conmigo a las muñecas siempre? —Se muerde el labio—. ¿Quieres ser mi mamá?

La pregunta me descoloca tanto que no sé qué hacer con las manos. Se me hace un nudo en la garganta y me llevo una mano al vientre sin darme cuenta, porque mi hijo no va a tener papá y esta niña no tiene mamá, y la vida tiene un sentido del humor que a veces no le entiendo.

—Mi amor —le digo, acomodándole un mechón detrás de la oreja—, me voy a quedar unos días en tu casa, nada más unos poquitos. Pero mientras esté aquí, te prometo que voy a jugar contigo.

Ella asiente, conforme, y vuelve a sus muñecas.




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