El padre de Ariel, el respetado biólogo marino Don Tritón, mantenía un estricto control sobre sus hijas, temiendo los peligros y la contaminación de las grandes ciudades continentales. Ariel creció fascinada por los barcos que cruzaban el horizonte y por los objetos que las olas arrastraban a la playa.
Junto a su fiel amigo Flounder, un joven marinero local, y bajo la supervisión constante de Sebastián, el veterano director del coro comunal, Ariel pasaba sus horas explorando los viejos naufragios y acantilados de la isla.