Ariel guardaba un secreto: una cueva escondida entre los acantilados donde conservaba libros descartados, instrumentos musicales rotos y fotografías de la vida urbana que rescataba de los barcos de turismo. Para ella, cada objeto representaba una promesa de libertad.
A pesar de las advertencias de su padre sobre la frialdad del mundo moderno, Ariel componía canciones sobre caminar libremente por calles iluminadas, deseando estudiar música contemporánea en el conservatorio de la bahía continental.