EL VIAJE AL MUNDO
EN REVERSA
El viaje de ensueño que la vida les debe
FERNANDO ORTIZ MALDONADO
PRÓLOGO
El viaje comenzó mucho antes del puerto: primero existió sobre una mesa, entre mapas, cálculos y entusiasmo juvenil.
Hay viajes que comienzan cuando uno compra un pasaje, prepara una maleta y abandona una ciudad. Hay otros que comienzan mucho antes: en una conversación, en un mapa extendido sobre una mesa, en el entusiasmo de unos muchachos que todavía no saben que el mundo es mucho más grande que sus bolsillos y mucho más extraño que sus planes.
Este libro pertenece a esa segunda clase. No comienza con una certeza, sino con una posibilidad. Un grupo de estudiantes de Guayaquil se propone hacer algo que, para la época, parecía desmesurado: dar la vuelta al mundo. Japón, Vladivostok, el Transiberiano, Moscú, Europa, Nápoles y el regreso a casa formaban una línea improbable que, sin embargo, podía dibujarse con suficiente claridad para que la imaginación empezara a tratarla como un itinerario.
Para mí existía además otra ruta, menos visible. Desde muy joven me acompañaba una inquietud difícil de reducir a una profesión: desentrañar los misterios más recónditos de la existencia. La Física aparecía como el horizonte de esa búsqueda y la Biología como una puerta que parecía necesario atravesar primero. La Medicina todavía no ocupaba el lugar que después tendría en mi vida. Este no es, por tanto, el relato de un joven que parte a buscar una profesión, sino de alguien que sale al mundo llevando preguntas demasiado grandes para su edad y demasiado persistentes para desaparecer.
El viaje irá mostrando ciudades, océanos, estaciones y fronteras, pero también algo más difícil de cartografiar: la manera en que una experiencia puede cambiar de significado cuando se la contempla décadas después. A veces un nombre permanece en la memoria sin explicación. A veces una ciudad aparece antes de que sepamos por qué será importante. A veces un acontecimiento parece casual y solo mucho después descubrimos que estaba cerca de una bifurcación decisiva.
Por eso conviene entrar en estas páginas sin exigirles desde el comienzo que declaren de qué lado exacto de la frontera entre memoria y posibilidad se encuentran. El lector acucioso podrá seguir las huellas y hacerse sus propias preguntas. El romántico, si lo prefiere, puede simplemente subir al barco con nosotros.
Solo hace falta aceptar una condición: durante el viaje, el mundo estará abierto. Y mientras permanezca abierto, todo puede ocurrir.
ÍNDICE DE RESCATE
Capítulo I. El muchacho que quiso regalarles el mundo
Capítulo II. Los adultos que creyeron
Capítulo III. La geografía secreta
Capítulo IV. Cuando la puerta se abrió
Capítulo V. El océano empieza a escoger
Capítulo VI. Japón: la primera despedida
Capítulo VII. Vladivostok: donde comenzaba el continente
Capítulo VIII. Siberia: el tren no espera
Capítulo IX. La noche en que el viaje dejó de ser un juego
Capítulo X. Siberia después de la urgencia: las agujas invisibles del camino
Capítulo XI. Hacia Moscú: cuando Siberia comenzó a quedar atrás
Capítulo XII. De Asia a Europa: Moscú antes del destino
Capítulo XIII. Kiev: una ciudad que no estaba en el viaje
Capítulo XIV. Kiev quedó atrás, pero no del todo
Capítulo XV. Europa: el viaje comienza a mirar hacia casa
Capítulo XVI. Hacia el Mediterráneo: Europa cambia de rostro
Capítulo XVII. Nápoles: el Mediterráneo y la puerta del regreso
Capítulo XVIII. El Atlántico: el océano del regreso
Capítulo XIX. El Canal de Panamá: la puerta entre dos océanos
Capítulo XX. La costa del regreso: Buenaventura y Esmeraldas
Capítulo XXI. Guayaquil: volver al mismo lugar sin ser el mismo
CAPÍTULO I
El muchacho que quiso regalarles el mundo
En aquellos años, graduarse del colegio tenía algo de frontera. No era todavía la entrada plena a la vida adulta, pero tampoco permitía seguir refugiándose cómodamente en la adolescencia. Uno empezaba a sospechar que el mundo verdadero estaba esperando detrás de las puertas del aula, aunque casi nadie supiera con exactitud qué iba a hacer cuando esas puertas finalmente se abrieran. En el Colegio Nacional Vicente Rocafuerte, como en otros grandes colegios de Guayaquil, existía la costumbre de que los alumnos próximos a graduarse imaginaran alguna gira conjunta, una despedida que condensara en pocos días los años compartidos. Se hablaba de viajes, se hacían cálculos, se discutían destinos y, en la mayoría de los casos, los proyectos terminaban deshaciéndose entre dificultades económicas, permisos familiares y aquel enemigo invisible que suele acabar con tantas empresas juveniles: la falta de perseverancia.