La Yaya

La yaya

Un buen día, Mario apareció en casa con una cachorrita. Para tener apenas tres meses de vida, era un animal enorme. Al entregármela, Mario me lanzó una frase que me quedó grabada: "Es cruza con perro policía. Si no sabemos cuidar de ella, no vamos a ser capaces de cuidar de un hijo". Coincidí plenamente con su lógica.

La perrita ya venía con nombre: la Yaya. Al principio no nos gustaba nada y pensamos en cambiárselo más adelante, pero, como suele suceder con estas cosas, el tiempo pasó y nunca lo hicimos.

Nuestra situación habitacional sumaba un desafío extra: vivíamos en el anexo de la casa de mis padres y el jardín era un espacio en común. A mis papás no les hacía ninguna gracia la presencia del animal, así que Mario ideó una rutina: se la llevaba a diario a su taller de trabajo y, al menos al principio, cuando regresaba de tardecita, la manteníamos adentro con nosotros. Con el paso de los meses, afortunadamente, todos se terminaron adaptando a ella y su presencia dejó de ser un problema.

La primera noche decidimos dejarla abajo, en el garaje, y la pobre quedó aullando con desconsuelo. Como era tan chiquita, calculamos que todavía no sabría subir las escaleras. Abajo solo estaban la cocina y el baño; arriba se ubicaban nuestro dormitorio y un living que teníamos pensado usar para el cuarto de un nene, si es que venía alguno en el futuro.

Nos fuimos a acostar convencidos de que la perrita no podría subir. Sin embargo, cuando quisimos acordar, ¡la cachorrita ya estaba arriba! De alguna manera se las había ingeniado para trepar los escalones. Llegó hasta la puerta de nuestro cuarto y se puso a llorar del otro lado, así que nos compadecimos y le terminamos abriendo. Inmediatamente intentó subirse a la cama. Yo me resistí al principio, pero no había forma de pegar un ojo con sus llantos, así que terminó durmiendo con nosotros. La dejamos quedarse por un tiempo, pero a los pocos meses se puso tan enorme que ya no entrábamos los tres en el colchón.

En invierno se acostaba en el piso del cuarto con el hocico tan cerca de la estufa que yo no lograba entender cómo no se quemaba.




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