La Yaya

La Inteligencia de La Yaya

Una inteligencia que desafiaba los días

La Yaya era sumamente inteligente y me sorprendía constantemente con sus ocurrencias. Tenía, por ejemplo, la costumbre de despertar a Mario todas las mañanas para que se fuera a trabajar. Pero los domingos, no. ¿Cómo corno sabía la perra cuándo era domingo? Hasta el día de hoy sigue siendo un misterio absoluto para mí.

Un día, Mario y yo nos acostamos al revés en la cama. El dormitorio era muy chico y la cama estaba pegada contra la pared. Como Mario quedó del lado de la pared, ella no lograba alcanzarlo con el hocico, y sabía perfectamente que a mí no me tenía que molestar. Entre sueños, llegué a sentir cómo la Yaya caminaba de un lado a otro del cuarto con desesperación, buscando la manera exacta de despertarlo a él sin interrumpir mi descanso. Se convirtió, además, en mi gran e inseparable compañera durante todo mi embarazo de Ale.

El misterio de los panqueques desaparecidos

Cierto día me dispuse a cocinar panqueques. A medida que salían de la sartén, los iba colocando en un plato sobre una mesita plegable que había armado justo al lado de la cocina.

Hice varios y, al mirar el plato para acomodar el siguiente, noté que solo había cuatro o cinco. «¡Qué raro!», pensé. Me parecía haber cocinado bastantes más, pero supuse que me habría equivocado en la cuenta y no le di mayor trascendencia al asunto. Continué con la tarea.

Un rato después, volví a mirar el plato y la cuenta seguía estancada en cuatro o cinco. Aquello ya no tenía sentido; algo definitivamente no andaba bien.

Decidí llevar mi mirada un poco más lejos. Miré a través de la puerta de la cocina, que estaba abierta de par en par porque el espacio no tenía ventanas, y fue entonces cuando descubrí el pastel. Allí estaba la Yaya, plácidamente echada en el césped del jardín, a pocos metros de distancia, y rodeada por un abanico de varios panqueques listos para ser devorados. La muy pícara había estado entrando en puntitas de pie cada tanto para servirse del plato de la mesita.

Aquella divertida postal resolvió el gran misterio de la tarde, y nos demostró que su inteligencia también se aplicaba al arte del contrabando culinario.




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