Pasé casi la totalidad de mi embarazo en una profunda e imperiosa soledad, teniendo únicamente a La Yaya como mi fiel sombra y compañera en la casa. Tuve que pasar por tres períodos de quietud absoluta en cama por amenaza seria de pérdida del embarazo, me pasaba los días encerrada en casa, mirando televisión junto a La Yaya y pegada a la estufa, ya que el nacimiento se produjo en pleno invierno. Aquello fue el preludio de una historia larguísima y dolorosa.
Una de las razones fundamentales de ese aislamiento era que Mario trabajaba de lunes a viernes y, al llegar el fin de semana, se iba directo a la Argentina para que los ciclistas juveniles participaran en las carreras de allá. De paso, aprovechaba el viaje para comprar repuestos de bicicletas que vendía al volver a Montevideo —asumo que estarían mucho más baratos en la otra orilla—; el equipo tenía que hacer rifas y todo tipo de actividades a pulmón para poder costear los gastos, ya que la Federación Uruguaya de Ciclismo no los apoyaba en absoluto o les otorgaba una ayuda sumamente alejada de los costos reales.
El nacimiento de mi hija mayor coincidió con una circunstancia muy particular que complicó bastante la logística familiar: Mario se tuvo que ir de viaje por más de un mes. Él era el director técnico de la selección juvenil de ciclismo de Uruguay y debían viajar a Dinamarca para disputar un campeonato mundial. Esa travesía tiene su propia historia independiente, pero es fundamental mencionar su larga ausencia aquí, porque no solo yo la sufrí en pleno puerperio. Al no estar él en la casa, y al faltar yo también debido a mi prolongada internación en el hospital, la pobre Yaya debe haber creído, en su lógica canina, que la habíamos abandonado por completo.
Durante esos días de soledad, ocurrió un episodio desopilante que me enteré tiempo después. Me contó Mireya —la esposa de Serafín, el tío y padrino de Mario— que una tarde iba caminando casualmente por la vereda, justo por delante de nuestra casa, cuando de pronto sintió un peso y una fuerte presión en ambos hombros. Su reacción inmediata fue de terror absoluto; pensó que alguien se había parado sigilosamente detrás de ella y que la estaban asaltando o algo por el estilo. ¡Lógicamente, se pegó un susto de muerte!
Sin embargo, el supuesto delincuente resultó ser nuestra perra. La Yaya había detectado la presencia de Mireya a través del oído o del olfato y, en su desesperación por ver a alguien conocido, saltó limpiamente por encima de la verja de la casa. Al pararse sobre sus patas traseras, era casi tan alta como una persona, así que apoyó las delanteras en la espalda de Mireya para hacerle una fiesta monumental, ignorando por completo el tremendo sobresalto que le estaba provocando.