La Yaya

El doloroso regreso a casa

Mi retorno a casa

Cuando por fin recibí el alta y regresé del hospital con nuestra hija en brazos, la realidad me impuso una distancia dolorosa con el animal. En su inmensa alegría por verme volver, La Yaya quería abalanzarse sobre mí para festejar, pero yo no se lo podía permitir. Apenas si podía caminar, estaba sumamente dolorida por la reciente operación y por todas las complicaciones de salud que vinieron después. Tenía pánico de que la perra, en su tosquedad y entusiasmo, terminara lastimándome accidentalmente la herida o golpeara a la bebé recién nacida que llevaba aferrada a mi pecho.

A ese dolor físico se le sumó el miedo primerizo de la higiene: Ale era una recién nacida y a mí me aterraba la idea de que cualquier microbio de la calle o del pelaje del animal pudiera enfermarla. Así que tomé una postura rígida y evitaba a toda costa tocar a la perra. Creo recordar que fue Mona quien se encargó esos primeros días de mantener a raya a La Yaya y frenar sus impulsos de acercarse.

La pobre perra se entristeció muchísimo con la situación. A mí me partía el alma y me daba una pena inmensa, porque era perfectamente consciente de que ella estaba viviendo todo aquello como un rechazo directo e injustificado de mi parte; lamentablemente, no había manera humana de explicarle mis razones médicas a un animal.

El retorno de Mario

El regreso de Mario de Dinamarca, por suerte, le devolvió el alma al cuerpo y la alegría al hogar. Sin embargo, en lo que a mí respecta, yo ya no podía volver a ser la misma de antes. La presencia de la bebé lo condicionaba todo, y ese distanciamiento físico preventivo que mantuve con La Yaya durante sus primeros meses nos entristeció profundamente a ambas.




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