La Yaya

El otoño de la hepatitis y una tregua parcial con Mario

Recuerdo pocos buenos momentos de mi relación con Mario, pero el otoño de 1991 es, sin lugar a dudas, uno de ellos.

A pesar de haber padecido hepatitis cuando tenía diecinueve años, en 1991 empecé a sentir exactamente la misma astenia: un cansancio extremo que me aplastaba y un marcado oscurecimiento en la orina. Yo ya sabía perfectamente lo que eso significaba. Pedí que me realizaran un funcional hepático y, en efecto, mis sospechas fueron confirmadas. Tenía hepatitis otra vez.

La gran diferencia era que ahora, en vez de ser aquella muchacha a la que otros cuidarían en una cama, era una madre sola con una niña casi de dos años y un bebé de once meses que pesaba un montón. ¿Qué quietud podía hacer?

Para empeorar el panorama, Mario se había ido a trabajar y La Yaya, nuestra perra, se había vuelto una experta en abrir la puerta de la casa. El camino desde nuestra entrada conducía directamente a la vereda de un bulevar sumamente transitado y peligroso, y en ese entonces aún no contábamos con un portón que impidiera que mis hijos se escaparan del jardín del complejo. Aquello era la receta perfecta para un desastre.

Estaba yo precisamente al teléfono, llamando a la casa de mi madre porque sentía que ya no podía sostener mi propio cuerpo, suplicando que alguien viniera urgentemente a darme una mano, cuando sentí el ruido de la puerta de calle. Me imaginé de inmediato lo que seguía.

Salí al jardín y la escena me heló la sangre: vi a Rodrigo gateando a toda velocidad rumbo al bulevar; Alejandra, que sola jamás se hubiera ido, lo acompañaba en la andanza. Ambos se iban directo a la calle escoltados por La Yaya. Me imaginé el peor de los desenlaces y no sé de dónde diablos saqué las fuerzas físicas para correr, levantar a Rodrigo —que no quería volver y pataleaba furioso en mis brazos— y arrastrarlo junto a su hermana de vuelta al interior de la casa.

Mario, por su parte, andaba de un humor de perros. A los pocos días de mi diagnóstico, me espetó con total fastidio:

—¡Yo soy el que realmente está enfermo acá y de todas formas tengo que ir a trabajar, mientras vos te quedás panza arriba en la cama!

Aparentemente, para sus ojos, yo no estaba enferma sino que nomás haraganeaba. Aquella acusación injusta no era nueva; ya me había pasado en el pasado, en el embarazo de Ale, en el que me tocó hacer quietud absoluta por prescripción médica y él, con la misma falta de empatía, pensaba exactamente lo mismo. "Te vas a achanchar mucho", me había dicho despectivamente en aquel entonces.

Mario era un hombre sumamente bravo en el trato diario; por algo, a la larga, terminé tomando la determinación de divorciándome de él. No fue una decisión que tomé porque sí, sino el límite a años de este tipo de desplantes.

Manteniendo la calma, le pregunté si su orina también se había oscurecido. Cuando contestó que sí, le clavé la mirada y le dije:

—Bueno, acostate entonces, porque vos también tenés hepatitis.

El análisis de laboratorio confirmó mis sospechas de inmediato. Fue así como la enfermedad nos regaló un par de meses en los que pudimos estar juntos y en paz varias horas, cosa que usualmente no lográbamos hacer por una razón o por otra.

A partir de ese diagnóstico doble, la casa se convirtió en una procesión de afectos: venía mi madre Isabel con Emilia —que había sido la niñera de nosotros y era nuestra abuela postiza—, la madre de Mario, Tola, y Nilza, la niñera. Todos se turnaban para ayudarnos con los niños durante el día.

Pero las noches eran la verdadera prueba de fuego. Muchas veces los dos niños lloraban en simultáneo y teníamos que cargarlos y pasearlos por los cuartos, a pesar de que supuestamente teníamos prohibido realizar cualquier tipo de esfuerzo físico. Y ninguno de los dos pesaba poco.

De aquellos meses complicados quedaron un par de fotografías del día en que Rodrigo cumplió su primer año de vida. En una de ellas está el gordo y se nota que Mario lo sostiene, aunque solo llegó a salir su bata en el encuadre. En la otra foto estamos los cuatro juntos. Eli, mi vecina de entonces, tuvo la enorme amabilidad de cocinarnos una torta para la ocasión.

Por esos días yo acababa de empezar mis clases de alemán. Faltar un par de meses seguidos debido al reposo absoluto no me ayudó para nada con el idioma, pero por suerte el bache no llegó a afectar mi rendimiento general como para tener que repetir el semestre. El otoño terminó pasando, y nos dejó el recuerdo de la tarde en que La Yaya y la hepatitis nos dieron una tregua.




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