La Yaya era el verdadero motor de seguridad y afecto en nuestra rutina de Montevideo. Su instinto protector no tenía límites: cuidaba con una devoción conmovedora a mis tres hijos pequeños y, de forma sorprendente, extendía ese mismo celo guardián hasta a mi Cuy, la otra mascota de la casa. Ella adoptaba a cada ser viviente del hogar bajo su ala protectora.
Para mí, la Yaya se convirtió en un escudo indispensable a raíz de un suceso ajeno que me erizó la piel por el impacto psicológico que dejó en mi maternidad. Ocurrió en la feria vecinal de nuestro barrio. En medio del gentío, un hombre desconocido se abalanzó de golpe, agarró firmemente a un niño pequeño y pretendió salir corriendo con él entre la multitud. Nunca supe con certeza el trasfondo de aquel horror, pero el milagro comunitario salvó al nene: dados los gritos de la madre, la propia gente de la feria, los puesteros y los vecinos hicieron de inmediato un escudo humano en la calle para cerrarle el paso al sujeto, impidiendo que se lo llevara.
Aunque el episodio no tocó directamente a mi familia, a mí me quedó un susto insoportable grabado en el cuerpo. Me puse en los zapatos de esa situación y me invadió una lógica desesperante: yo andaba casi siempre sola por la calle con tres hijos sumamente chicos —Ale de 5, Rodrigo de 4 y Leticia siendo una bebé en el cochecito—. Si alguien venía, me manoteaba a uno de los gurises y salía corriendo, yo era incapaz de perseguirlo. No podía correr cargando a los otros dos, y bajo ningún concepto podía dejarlos solos en la vereda para salir atrás del delincuente.
Esa angustia real se transformó en una pesadilla recurrente que me atormentó durante años: soñaba con frecuencia que mis hijos corrían un peligro mortal y yo me veía obligada a elegir a cuál salvar, sabiendo que al rescatar a uno ponía en riesgo la vida de los demás. Lamentablemente, de alguna manera y con el correr de los almanaques, ese sueño se terminó cumpliendo en mi realidad, pero esa es otra historia completamente diferente que hoy prefiero dejar bajo llave.
Para blindar mi mente de semejante desvelo en aquel entonces, alteré mis rutinas por completo: no pisé más la feria vecinal del pago. Y las pocas veces en que me vi estrictamente obligada a ir, implementé un protocolo de seguridad absoluto. Llevaba a los nenes firmemente sujetos en el carrito de paseo y marchaba escoltada, de forma obligatoria, por la Yaya. Ella se convirtió en nuestro guardián y en una barrera infranqueable; tenía la total certeza de que el extraño que osara acercarse de más al carrito de mis hijos iba a tener serios problemas con ella.