Más o menos por el año 1985 me regalaron un cuy. En medio del traqueteo político del Uruguay de la apertura democrática, a una de mis hermanas se le ocurrió la divertida idea de bautizarlo como "Chiarino", en honor a un ministro muy conocido de la época. Sin embargo, en el día a día de la casa siempre nos referíamos a él de una forma mucho más simple: lo llamábamos "el bicho", y ese terminó siendo, a todos los efectos, su verdadero nombre.
Al principio parecía ser un animal sumamente estúpido; se pasaba la jornada entera comiendo y durmiendo, y de a ratos le daba por saltar afuera de su caja para intentar escaparse por las habitaciones, pero eso era todo... aparentemente.
Con el correr del tiempo y la convivencia en la casa, llegué a darme cuenta de que el bicho era bastante más inteligente y perceptivo de lo que aparentaba a simple vista.
Una vez se le quebró uno de los dientes inferiores, lo que provocó que el diente de arriba empezara a crecer de forma desmesurada, al punto de que el pobre animal ya no podía abrir la boca para comer. Preocupada por su situación, lo apoyé un momento en un lugar alto, justo al lado del aparato de teléfono, mientras atendía una llamada.
Sorpresivamente, el bicho midió la distancia y se tiró directo al piso. No se mató en la caída, pero el impacto logró exactamente lo que él buscaba: el diente largo se le quebró con el golpe y de esa manera tan drástica controló por sí mismo el crecimiento que lo estaba matando de hambre. Cualquiera podría argumentar que la pura naturaleza o el instinto de supervivencia lo hicieron actuar de esa forma, y de hecho fue lo primero que pensé. Pero hubo otras conductas suyas que no pueden ser explicadas tan fácilmente por el libreto del instinto animal.
Cuando yo aún era soltera en el hogar materno, descubrí uno de sus comportamientos por pura casualidad. Solía ponerlo sobre la mesa del comedor y yo me dedicaba a caminar alrededor del mueble. Al darme la vuelta, noté que el bicho me seguía el paso de cerca. Volví a moverme, yendo en círculos y dando varias vueltas consecutivas; el bicho hacía exactamente el mismo recorrido, imitándome como un perrito faldero.
Luego de que Mario y yo nos casamos y me mudé a nuestra casa, empecé a implementar la rutina de dejarlo suelto en el jardín durante el día para que disfrutara del pasto. Al llegar la caída de la noche, el bicho caminaba solo hacia la puerta principal del hogar y empezaba a chillar con fuerza para que yo saliera a entrarlo a su caja protegida. Su sentido de la ubicación era tal que un día, al notar que yo no me encontraba en mi living, fue a chillar con insistencia directo a la puerta de la casa de la vecina, que era precisamente el lugar donde yo estaba de visita. Su radar no fallaba.
La custodia en las sierras
Nuestra complicidad llegó a su punto más alto cuando fuimos a pasar unos días de campamento a Villa Serrana. Decidí arriesgarme y probar dejar al bicho completamente libre por el pastizal, a pesar de tratarse de un ambiente serrano y salvaje, muy diferente al jardín domesticado que él conocía en la ciudad. El bicho demostró una lealtad imponente: nunca se alejaba demasiado y siempre permanecía más o menos en el mismo perímetro donde nos encontrábamos nosotros armando las carpas. Pero la verdadera maravilla del campamento era la dinámica que compartía con nuestra perra. La Yaya se paraba firmemente encima de él, cubriéndolo con su cuerpo y adoptando una actitud intimidatoria y vigilante ante cualquier perro ajeno o bicho que osara acercarse. La Yaya era su escudo peludo.
Un buen día, sin embargo, el bicho desapareció por completo del jardín. Lo busqué por todos lados y, al no encontrar rastros, me resigné a pensar que se habría muerto en el baldío vecino o que se lo habría comido algún gato del barrio. Varios días después de darlo por perdido, apareció una señora golpeando nuestra puerta con una sonrisa, diciendo que su hijo lo había encontrado vagando por la cuadra sano y salvo.
Lamentablemente, el bicho no duró mucho tiempo más en nuestro mostrador familiar luego de aquel rescate. Poco tiempo después, volvió a desaparecer y esa vez sí fue la definitiva. Ya tenía muchos años, supongo, y creo que esos bichos se van de la casa cuando sienten que la muerte está cerca. O tal vez lo comió un gato, o lo agarró alguien... Nunca lo sabré.
Su ausencia dejó un vacío enorme en el patio, presentándose como el primer aviso gris en la casa antes de que la bruma de la tragedia real se terminara por cerrar sobre la propia Yaya...