Sin embargo, el destino nos tenía reservada una hermosa revancha para que esta historia no terminara sumergida en la sombra de la crueldad.
En el año 1992, coincidiendo con el nacimiento de mi hija Leticia, un arquitecto que era vecino nuestro vino a verme al hospital trayendo bajo el brazo los planos terminados de la casa que planeábamos edificar en nuestros valiosos terrenos de La Paloma. Nos entregó la obra un año después, en abril de 1993. Todo el proceso constructivo esconde su propia bitácora que no pertenece a estas páginas, pero lo que sí resulta un acto de justicia poética inolvidable es lo que vino a continuación.
Pasamos meses enteros viajando de forma incansable cada fin de semana hacia Rocha con el único objetivo de alhajar la casa de la playa. En cada travesía cargábamos en el vehículo todo lo que se pudiera, incluyendo camas desarmadas y bultos de toda clase.
Las travesías las hacíamos con nuestros tres hijos pequeños a bordo de una Citroneta; un autito modesto de dos asientos que venía con una caja trasera donde la Yaya —que en esa época dorada todavía estaba con nosotros, colmándonos de alegría— se acomodaba feliz de la vida en un hueco abajo de unas maderas que habíamos colocado para protegerla. Arriba de los bultos, los niños viajaban acomodados sobre unas colchonetas, viajando casi contra el techo del coche.
El noble motor de la Citroneta apenas lograba alcanzar unos modestos 60 km/h en el llano, pero cuando agarrábamos una bajada en la ruta, hacíamos fuerza y lográbamos que el velocímetro trepara milagrosamente a los 110 km/h.
A Mario le encantaba contarle a la gente del pago que el autito llegaba a esa velocidad; esperaba a que todos se asombraran de par en par y, recién ahí, aclaraba con una sonrisa pícara: «¡En bajada!»... Tenía esa picardía de contador de cuentos
Fueron tiempos hermosos de siembra y esfuerzo. Finalmente, a finales del año 2003, la casa quedó en perfectas condiciones edilicias para ser alquilada al turismo. Fue en esos días cuando decidimos sellar su identidad para siempre.
Mario agarró una piedra rústica y pintó con mucho cuidado sobre la superficie el nombre que habíamos elegido de común acuerdo para bautizar aquella propiedad. Colocamos la piedra con orgullo justo en el frente de la fachada. Desde entonces, todo aquel que camina por las costas de La Paloma puede leer con total claridad el nombre que corona nuestro refugio: La Yaya.
Una hermosa y eterna declaración de amor para demostrarle al universo que los desalmados pudieron apagar su ladrido en el apartamento de Montevideo, pero jamás lograron derribar el escudo de su memoria, que hoy sigue de pie custodiando un rincón cerca del mar.