La Yaya

Una denuncia contra el olvido y la ley del menosprecio

He pensado y masticado mucho la decisión de plasmar estas páginas en la computadora. Escribir sobre este episodio es brutal y revuelve heridas muy oscuras, pero decidí firmemente que la Yaya se merecía que, al menos a través de mi literatura, se hiciera una denuncia pública de la cobardía y la brutalidad que cometieron aquellos desalmados que la mataron. No podía llamarme a silencio ante semejante atrocidad.

Además, este relato sirve para ilustrar una flagrante injusticia de la época, algo de lo que yo no tenía conocimiento. En ese entonces en el Uruguay —y es un asunto complejo que, a nivel penal profundo, siento que aún hoy no se ha resuelto del todo— las mascotas no eran consideradas bajo ningún concepto *sujetos de derecho ante el Código Civil*.

Eso significa que, legalmente, los animales eran tratados como meras propiedades. Matar a la perra guardiana de un vecino era juzgado con la misma ligereza que si te cometieran un acto de vandalismo contra la fachada de tu casa o te rompieran un farol del auto; un delito menor contra la propiedad privada que dejaba a los asesinos prácticamente impunes.

A indignación por la muerte de la Yaya me llevó a la acción. Durante meses, y tal vez años, volqué mis energías integrando de forma activa un grupo de personas comprometidas que luchábamos con uñas y dientes por impulsar la creación de una ley nacional sobre bienestar animal en el país. Fuimos pioneros en levantar la voz cuando nadie hablaba del tema.

Con el tiempo, los avatares de la vida, el desarraigo y mis propios problemas personales me terminaron absorbiendo por completo, obligándome a dar un paso al costado sin saber a ciencia cierta en qué casillero exacto había quedado trancado el asunto en el Parlamento.

Pero hoy, al cerrar este libro en mi Mac desde la distancia, me reconforta saber que aquella batalla no fue en vano. La Yaya se fue de este mundo de forma cruel, pero su memoria quedó grabada como el motor que me empujó a pelear por la dignidad de los que no tienen voz. Su mostrador se cierra en santa paz y con la justicia de la verdad sobre la mesa.

Hay historias que duelen al teclearlas y al leerlas, pero hacerles frente y sacarlas a la luz es la única forma de hacer justicia y de sanar las heridas del pasado. Espero haberle diado a la Yaya el homenaje y la denuncia pública que se merecía.




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