Por aquellos días trágicos, Mario se encontraba lejos de Montevideo, instalado en Rocha y ocupándose de un complejo tema legal sobre unos terrenos familiares en La Paloma. Se trataba de un par de franjas costeras cuyo valor inmobiliario en el mercado era altísimo, pero que por normativas de la ley ambiental no se podían edificar.
A Mario, con esa audacia tan suya, se le ocurrió la polémica idea de cercar una parte de los terrenos donde había una bajada que la gente del pueblo usaba históricamente para acceder a la playa. El revuelo vecinal fue tal que el asunto terminó saliendo en el informativo de la televisión.
Yo, metida en mi rutina y caída de la higuera, no sabía absolutamente nada del lío mediático hasta que hablé con él bastante después de los terribles hechos que voy a relatar en las siguientes páginas.
Yo me había quedado sola en Montevideo al frente de la casa y cuidando a mis hijos, que en esa época eran todos sumamente chicos: Ale tendría unos 4 o 5 años, Rodrigo apenas un año menos, y Leticia era una bebé muy chiquita.
Una tarde fui a visitar a mi madre Isabel y, debido al cansancio acumulado por el trajín diario, decidí quedarme a pasar la noche en su apartamento. A la mañana siguiente, agarré el teléfono para llamar a mi casa con el fin de avisarle a la niñera que ya estábamos armando las valijas para volver. En cuanto me atendió, la mujer me soltó una frase con una voz temblorosa que me heló la sangre:
—Ay, Anabel... ¡no sabés el susto bárbaro que me acabo de pegar! Hay manchas de sangre y vómito por todos lados del piso... y la perra está muerta.
Hay que decir que tiempo atrás, esa misma niñera ya me había llamado compungida para decirme una alarma muy parecida con respecto al Cuy, la otra mascota de la casa, por lo que al principio me causó gracia y me reí entre dientes, pensando en lo que todos se imaginan sobre sus exageraciones.
Pero, lamentablemente, esta vez la realidad era cruda y ella tenía toda la razón del mundo. El misterio estaba servido en el living.