La Yaya

El misterio de la alfombra, la retirada discreta y el remordimiento

Hasta el día de hoy, al repasar los hilos de aquella noche en la computadora, no sé con total certeza qué fue lo que ocurrió en el apartamento, pero tengo la firme sospecha de que a la Yaya la envenenaron.

En medio del shock por la llamada de la niñera, me comuniqué de inmediato con Mario a Rocha y fue recién en esa conversación cuando él me desmenuzó todo el lío legal y mediático de los terrenos costeros en La Paloma.

Mi mente, sin embargo, volaba hacia un escenario mucho más inmediato y terrorífico: me invadió el pánico de pensar que habían matado a la perra a propósito para entrar a robar a nuestra propia casa. Mario insistía con vehemencia al teléfono en que lo suyo en el Este era sumamente importante y que estaba logrando avances imponentes, pero yo planté bandera. No estaba dispuesta bajo ningún concepto a regresar con tres hijos de corta edad a estar completamente sola y desprotegida en un apartamento bajo sospecha de asalto. Por una vez en la vida, Mario me hizo caso, entendió la gravedad del asunto y terminó por volverse a Montevideo.

Por otra parte, me enfrentaba a un problema logístico y emocional urgente. La niñera, Nilza, había limpiado meticulosamente las manchas de sangre y vómito del piso antes de marcharse, pero yo no podía volver a mi casa con los nenes pequeños y permitir que se encontraran de frente con el cuerpo muerto de su adorada perra guardiana.

Desesperada, terminé llamando a mi cuñado; él, con la ayuda de un amigo, acudió al apartamento y retiró a la Yaya de forma muy discreta para que nadie viera nada. La verdad es que nunca supe bien qué hicieron finalmente con el cuerpo. En aquellos tiempos en Montevideo no existían los servicios crematorios ni los cementerios de mascotas de la actualidad; la única opción real y descarnada que había era tirarlo a la basura.

Me sentía horriblemente mal por ese destino totalmente inmerecido, pero, como bien dice el refrán, la necesidad tiene cara de hereje y la prioridad absoluta eran mis hijos.

Cuando Mario finalmente llegó al apartamento y evaluó la situación con el living ya despejado, me miró y me soltó una frase lapidaria que me llenó de remordimientos durante años...

—¡Cuánta hambre tendría!




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