La Yaya

Remordimientos y la implacable lógica infantil

Aquellas palabras me calaron hasta los huesos y activaron en mi mente una deducción sumamente dolorosa. La Yaya tenía la rutina estricta de comer una sola vez al día. Como esa noche yo no había ido a dormir al apartamento por quedarme en lo de mi madre, su horario se había descompaginado.

Mi firme sospecha es que alguien intentó entrar a robar y, para deshacerse de nuestra guardiana, le tiraron un pedazo de carne contaminado con vidrio molido, un método infame y despiadado muy común en aquella época. Al estar sola y con el estómago vacío, el pobre animal se habrá abalanzado con confianza sobre el alimento sin sospechar la trampa mortal que se escondía en el bocado.

El remordimiento por mi ausencia me acompañó durante mucho tiempo, pero la memoria de su lealtad permanece intacta: hasta su último suspiro en Montevideo, la Yaya cumplió con su destino de ser nuestro escudo y nuestro ángel guardián. Y aunque a Mario lo culpo por muchas otras cosas en mi vida, soy lo suficientemente justa como para no culparlo por decir eso.

La implacable lógica infantil

Para cerrar esta crónica con la luz y la sonrisa que la Yaya siempre nos regaló, me queda el recuerdo de las insistentes preguntas de Ale cuando notó la ausencia en la casa. Yo, hamacándome en el dolor del momento, trataba de contestar con eufemismos piadosos para no revelarle la crudeza de lo que realmente había ocurrido:

«Mirá, Ale... le vino mucha caca y mucho vómito…» Ella seguía preguntando qué le iba a pasar a la perra: «Y nada. Ya le pasó todo lo que le podía pasar», le dije, suavizando la voz. Pensé que eso la iba a dejar tranquila y que se iba a olvidar en poco tiempo. Ella tendría unos 5 años, creo

Ante mi total y absoluta sorpresa, Ale giró la cabeza con una rapidez asombrosa, miró a su hermano y le soltó: «¡Rodrigo, se murió la Yaya!».

Ale siempre fue una niña sumamente viva y perceptiva; me demostró con un cachetazo de realidad que la verdad no se puede camuflar ante los ojos de un alma despierta. La Yaya se había ido, pero en el living de la casa quedaba la chispa de sus gurises para continuar la historia.

Lamentablemente, la vida no se puede cambiar, el pasado es como es, no como nos gustaría que fuera




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