Caía la noche.
No descendía:
abría sus inmensas alas de ceniza
sobre los campanarios del mundo.
El horizonte,
vestido de púrpura moribunda,
bebía los últimos incendios del ocaso,
mientras un viento antiguo,
cargado de salmos extinguidos,
deshojaba los nombres de los vivos.
Entonces rió la perversión.
No con voz humana,
sino con el rumor subterráneo
de los sepulcros que despiertan
cuando la sangre aprende a pronunciar su propio nombre.
Las huestes del abismo
cruzaban las ciudades sin dejar huellas.
No necesitaban espadas:
llevaban la codicia
como una corona invisible,
y bastaba una mirada
para marchitar la inocencia.
La oscuridad crecía.
No era ausencia de luz,
sino una sustancia lenta,
un océano de terciopelo negro
que ascendía por las columnas,
por las puertas,
por los altares,
hasta apagar la respiración de las lámparas.
Nosotros,
ciegos sacerdotes del exceso,
alimentábamos los hornos del vicio.
Cada deseo
era un carbón encendido.
Cada palabra,
una chispa.
Cada beso,
un sacrilegio celebrado
bajo la bóveda inmóvil de la noche.
Y la sangre...
No corría:
florecía.
Abría sobre las piedras
rosas de escarlata,
lirios imposibles,
jardines cuyo perfume
embriagaba hasta a los ángeles caídos.
Bebimos de aquella copa.
Creímos beber victoria.
Pero cada sorbo
añadía un nuevo eslabón
a la cadena invisible
que el destino forjaba
alrededor de nuestras almas.
Caía la noche.
Y con ella descendían
campanas sin sonido,
procesiones sin rostro,
estandartes tejidos
con la sombra de los remordimientos.
El placer,
vestido de púrpura y oro,
ocupó el trono.
La agonía,
silenciosa como una viuda,
encendió las lámparas del banquete.
Y nosotros reíamos.
Reíamos
porque ignorábamos
que toda carcajada pronunciada contra el cielo
termina aprendiendo
el idioma de los cementerios.
Entonces la noche,
hambrienta de eternidad,
posó sus labios
sobre nuestros párpados.
Desde aquel instante,
llamamos libertad
a nuestras cadenas;
llamamos gloria
a nuestra ruina;
llamamos amor
a la fiebre;
llamamos vida
al lento aprendizaje de la muerte.
Y cuando el alba,
blanca como el mármol de una tumba,
abrió sus ojos sobre la tierra,
no encontró vencedores.
Sólo encontró un reino de ceniza,
copas vacías,
espadas oxidadas,
altares sin dioses,
y un silencio tan profundo
que hasta los cuervos
parecían rezar.
Allí comprendimos,
cuando ya era inútil comprender,
que la miseria
no había llegado con la noche.
Había nacido,
silenciosa,
en el primer deseo
que confundimos
con la felicidad.