Las Cartas de Huginn y Muninn

La mujer de la visión

Cassi no podía quitarse aquel rostro de la cabeza.

Había aparecido apenas unos segundos durante su visión, pero se había grabado a fuego en su memoria: una mujer de cabello oscuro, piel tan pálida que parecía casi de porcelana y un pequeño lunar justo debajo del ojo izquierdo. Lo que más la inquietaba, sin embargo, no era su físico, sino la fría expresión que lucía. No transmitía miedo ni culpa. Transmitía una macabra satisfacción.

Cassi se despertó sobresaltada mucho antes del amanecer. Se incorporó en la cama y exhaló una bocanada de aire helado.

—La vi... —murmuró para sí misma.

Por primera vez, tenía algo concreto entre las manos: un rostro. No sabía quién era, pero estaba completamente segura de que existía. Y si existía, podía encontrarla. El único obstáculo era que no tenía la menor idea de por dónde empezar.

Su mirada se desvióa al teléfono móvil sobre la mesa de noche. Pensó de inmediato en Alexander.

—No —dijo en voz alta, descartando la idea de inmediato.

Pasaron cinco segundos. Volvió a mirar la pantalla.

—Definitivamente no.

Diez segundos después, tomó el aparato con frustración. Buscó su contacto, guardado tras la última llamada, y redactó en la pantalla:

Necesito hablar con usted.

Borró el mensaje antes de enviarlo. Suspiró y volvió a teclear, esta vez directo al grano:

Creo que sé quién es la mujer.

Presionó enviar.

—Perfecto —masculló.

No alcanzó a apoyar el teléfono sobre la mesa cuando este empezó a vibrar con una llamada entrante.

—¿Dónde estás? —exigió la voz de Alexander al responder.

—Buenos días para usted también —repuso Cassi con ironía.

—¿Dónde estás? —repitió, tajante.

—En mi casa.

—Voy para allá.

—No.

—¿Por qué?

—Porque son las seis de la mañana.

—Precisamente.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Para mí sí lo tiene.

Cassi resopló, pasándose una mano por el rostro.

—¿No puede venir más tarde?

—No.

—¿Y se puede saber por qué?

—Porque acabas de enviarme un mensaje diciendo que sabes quién es la mujer.

Cassi se quedó en silencio. Maldita sea. Había olvidado lo irritante que resultaba esa manía de los detectives de prestar atención a cada palabra.

Veinte minutos después, una llamada firme resonó en la puerta de su departamento.

Cassi abrió y se encontró con Alexander, implacable, con una expresión seria y el abrigo abotonado hasta arriba.

—Buenos días —dijo él.

—Son las seis y media —le recordó ella cruzándose de brazos.

—Sigue siendo de mañana.

—Pase.

Alexander entró e inspeccionó el lugar con mirada inquisitiva. El departamento era pequeño y algo caótico. Había libros desordenados sobre la mesa, una taza de café a medio terminar y varias hojas sueltas llenas de anotaciones apuradas.

El detective se acercó a examinar los papeles.

—¿Qué es esto?

Cassi se lanzó a recoger las hojas antes de que él pudiera sostenerlas.

—Nada.

—Parece una investigación paralela.

—Es una lista de compras.

Alexander enarcó una ceja, señalando uno de los trozos de papel que aún sobresalía.

—Aquí dice: "Cabello oscuro, lunar debajo del ojo, cuchillo".

Cassi cerró los ojos un instante, buscando una excusa mentalmente.

—Bueno...

—¿Una lista de compras? —insistió él.

—Una lista de compras muy específica.

Alexander la miró fijamente y Cassi tuvo que morderse el labio interior para evitar sonreír.

—No es gracioso —advirtió él.

—Un poco sí.

Alexander apoyó las manos en las caderas y suspiró.

—Cuéntame.

Cassi respiró hondo, midiendo con cuidado sus palabras. No podía confesarle cómo lo sabía, pero no podía guardarse los detalles.

—Vi a una mujer.

Alexander no pestañeó.

—¿Dónde?

—En el bosque.

—¿Antes o después del asesinato?

Cassi vaciló un segundo.

—Durante.

El detective sacó su libreta del bolsillo interno del abrigo.

—¿Cómo era?

—Cabello oscuro.

Él tomó nota.

—¿Edad aproximada?

—No lo sé.

—¿Estatura?

—Más baja que usted.

—Eso no aclara mucho.

—Tampoco conozco a muchas personas de su estatura —replicó ella.

Alexander levantó la mirada de la libreta.

—Cassi.

—Está bien —cedió ella, volviendo a cruzarse de brazos—. Tenía un lunar debajo del ojo izquierdo.

El trazo del lápiz de Alexander se detuvo en seco.

—¿Estás segura de eso?

—Sí.

—¿Y recuerdas bien su rostro?

—Lo recuerdo perfectamente.

Alexander guardó silencio durante unos instantes, observándola.

—¿Por qué no me dijiste esto desde el principio?

Cassi bajó la mirada a sus pies.

—Porque no sabía si podía confiar en usted.

—¿Y ahora sí confías en mí?

Ella volvió a sostenerle la mirada con una sonrisa desafiante.

—No.

Alexander curvó las comisuras de los labios apenas un milímetro.

—Perfecto.

Por primera vez, Cassi notó un matiz diferente en él. Ya no proyectaba la frialdad del detective inflexible ni la tensión del hombre que la interrogaba a altas horas de la madrugada; era simplemente Alexander. Por un breve segundo, se le olvidó que estaba frente al hombre que la consideraba la sospechosa principal.

Hasta que él volvió a hablar.

—Necesito que vengas conmigo.

—¿A dónde?

—A la comisaría.

Cassi dio un paso atrás de inmediato.

—No.

—Necesitamos que trabajes con el dibujante para hacer un retrato hablado.

—No pienso volver a poner un pie en ese lugar.

—No voy a arrestarte, Cassi.

—La última vez tampoco tuvieron la amabilidad de avisarme antes de ponerme las esposas.

—Cassi...

—No.

Alexander soltó un suspiro resignado.

—Entonces lo haremos aquí.

—¿Cómo?

—Tengo a alguien en el equipo que puede venir con su material y trabajar con tu descripción.




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