Alexander llevaba tres horas revisando cada detalle disponible sobre Valeria Montes.
Treinta años. Psicóloga. Trabajaba en una reconocida clínica privada. Conocía a la víctima desde hacía casi dos años y, según todos los testimonios recopilados en el expediente... no era más que una buena amiga. Nada más.
Alexander volvió a fijar la vista en la fotografía ampliada. El lunar bajo el ojo izquierdo. El cabello oscuro. La mirada fría. Todo coincidía punto por punto con la descripción que le había dado Cassi.
Sin embargo, había algo en el rompecabezas que no encajaba. Valeria había declarado que la noche del crimen estuvo encerrada en su departamento. Una vecina había confirmado haberla visto entrar y, según los registros de la compañía telefónica, había permanecido hablando con su hermana durante gran parte de la madrugada.
Una cuartada demasiado limpia. Demasiado perfecta.
Alexander se recostó contra el respaldo de su silla ejecutiva y resopló.
—Demasiado perfecta...
Sofía asomó la cabeza por la puerta de la oficina.
—¿Encontraste algo nuevo?
Alexander giró el monitor hacia ella.
—A ella.
Sofía examinó la fotografía en la pantalla con atención.
—¿Valeria Montes?
—Cassi la describió casi a la perfección.
—¿Se conocían de antes?
—No, Cassi asegura que jamás la había visto en su vida.
—Entonces tenemos oficialmente a una nueva sospechosa.
Alexander negó con la cabeza, mostrándose cauto.
—Todavía no.
Sofía lo miró, desconcertada.
—¿Cómo que no?
—Tenemos a una mujer que coincide con la descripción de Cassi.
—Una descripción alarmantemente específica.
—Sí.
—Y que además conocía de cerca a la víctima.
—Sí.
—¿Y no la vas a considerar sospechosa?
Alexander la sostuvo con la mirada.
—Todavía no. No sin pruebas físicas.
Sofía curvó los labios en una sonrisa perspicaz.
—Te está gustando esto, ¿verdad?
—¿Qué cosa?
—Tener a alguien más a quien interrogar para no admitir que la primera sospechosa no encaja en el molde.
Alexander volvió a centrar la atención en la carpeta.
—A mí solo me interesa resolver el caso.
—Claro, lo que tú digas.
Sofía alzó las manos en señal de rendición y salió de la oficina riendo entre dientes.
Alexander volvió a mirar la fotografía de Valeria. Entonces recordó un detalle fundamental: Cassi sostuvo que había presenciado el momento en que esa mujer estaba en el bosque. Si Cassi no mentía, significaba que la cuartada de Valeria era una completa farsa.
Esa misma madrugada, Cassi volvió a caer en las garras de una visión.
Esta vez no estaba rodeada por los árboles del bosque. Se encontraba dentro de una habitación en penumbras. Sobre la mesa había dos copas servidas, una fotografía rota y una discusión acalorada entre dos voces que retumbaban en sus oídos.
—¡No debiste hacerlo! —reclamó una voz femenina, ahogada en llanto.
—No tienes idea de lo que estás diciendo —respondió la voz tensa de Adrián.
Cassi sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. La silueta de la mujer tomó forma frente a ella: Valeria. Pero no tenía la mirada calculadora del boceto; estaba llorando desconsoladamente.
—Yo te amaba... —susurró Valeria.
De pronto, la imagen cambió bruscamente. Adrián aparecía de pie, retrocediendo con las manos en alto, mientras Valeria avanzaba hacia él con la hoja destellante de un cuchillo empuñado con fuerza.
Cassi intentó abalanzarse para detenerla.
—¡No!
La ilusión se rompió en mil pedazos.
Cassi abrió los ojos de golpe y descubrió que estaba tendida sobre el suelo de su habitación. Al reaccionar de la visión, se había golpeado fuertemente la cabeza contra el borde de la cama.
Se llevó una mano a la frente, que le pulsaba de dolor.
—Esto se está poniendo cada vez peor... —murmuró.
Miró el reloj de pared: 2:13 de la mañana.
Recordó de inmediato a Alexander y la urgencia de advertirle. Tomó una hoja en blanco y la pluma para escribir a toda prisa: No confíes en Valeria Montes.
Se detuvo antes de continuar. No podía enviar semejante acusación directa; si Alexander empezaba a indagar sobre cómo obtenía esa información tan precisa, terminaría descubriendo lo de sus visiones y la encerraría.
Tachó con rabia la frase. Pensó unos segundos y redactó en su lugar:
"A veces las personas que lloran por una víctima son las mismas que conocían la verdadera razón de su muerte."
Firmó al pie de la página con los nombres habituales: Huginn y Muninn.
Estaba a punto de doblar el papel para meterlo en el sobre cuando un chasquido seco afuera de su ventana la hizo congelarse.
Se levantó con cautela y se aproximó al cristal.
En la acera de enfrente, iluminada apenas por la tenue luz de una farola, había una figura de pie. Una mujer de cabello oscuro y abrigo largo.
A Cassi se le heló la sangre en las venas.
La mujer elevó la cabeza despacio, clavando los ojos en el ventananal del segundo piso. En ese instante, Cassi vio en su rostro algo que no había aparecido en su visión: una sonrisa fría, retorcida e implacable.
La mujer sonrió fijamente hacia su ventana antes de dar media vuelta y esfumarse en la penumbra de la calle.
Cassi retrocedió varios pasos, sobrecogida por el pánico. En ese mismo segundo, su teléfono móvil comenzó a sonar, haciéndola dar un brinco.
Era Alexander. Contesto con la voz temblorosa.
—¿Hola?
—Cassi, ¿estás sola? —indagó Alexander al otro lado de la línea, con un tono extrañamente agitado.
Ella volvió a mirar de reojo hacia la calle desierta.
—Sí.
—Escúchame bien: no salgas de tu casa bajo ninguna circunstancia.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
Alexander hizo una breve pausa antes de soltar la noticia:
—Porque acabo de descubrir algo determinante en los registros confidenciales de Adrián.
Editado: 06.10.2026