Desenvainó la espada. El aire matinal era cálido y la pradera frente a sus ojos se extendía con tanta belleza que incluso le hizo olvidar por un momento al ejército de capas rojas que salía a su encuentro.
Sentía paz, por un breve instante, y se aferró a esa sensación que se escurría desgarrándole las entrañas.
Esa era su tierra: Dethos. Valles, montañas y praderas que le pertenecían y de los que no cedería un maldito centímetro ese día. Después de todo, él era el emperador, Eyras Notus.
Saboreó el peso de la espada en su mano y respiró profundamente. Este era el inicio formal de la guerra que llevaba seis años deseando, y para la que había construido ese imperio piedra por piedra...
Escuchó marchar a sus hombres tras de sí y lo pensó por un momento.
«Aún estás a tiempo, aún puedes detener esto y negociar la paz», dijo una voz en su mente.
—¡No! —susurró para sí mismo—. Ni muerto.
—Entonces debes ser consciente —contestó su conciencia— de que levantarás una pila de cadáveres capaz de tapar el mismo sol y la gracia de cualquier dios, si es que aún la merecemos.
—Nunca la tuvimos —respondió —. Ya se decidió hace años.
Apretó la empuñadura y se detuvo a observar a la comandante enemiga unos instantes: Aigerim. Las hachas en su cintura destellaban y su mirada estaba fija en él como se fija la mirada de los cazadores en las presas.
—Se me ha enviado a pacificar estas tierras —gritó desde el otro extremo del campo—. Tú y tu gente no tienen que morir hoy. Devuelve lo que robaste al imperio, arrodíllate ante el verdadero y único emperador y cede tus tierras; entonces nuestro piadoso señor te permitirá conservar tu vida y quizá hasta te haga administrador de esta provincia.
Él no habló de inmediato. Solo alzó la espada y el aire se alteró, fluyendo con violencia...
—Si sales viva de esto, dile a tu emperador que me espere, que iré yo mismo a verlo...
Aigerim hizo una señal y sus hombres corrieron hacia ellos haciendo crujir la tierra.
El choque fue frenético, ambos ejércitos se engulleron mutuamente y el metal chirrió como si estuviera siendo masticado.
Eyras corrió buscando a Aigerim. Cinco hombres se interpusieron en su camino; extendió la mano y el aire se comprimió, cortándolos en pedazos.
Miró alrededor.
—Diez por ciento de las tropas al flanco izquierdo —susurró, y la orden se ejecutó casi en automático.
Un soldado lo atacó con su espada lanzando un corte a su cabeza. Eyras levantó su arma deteniendo el ataque y, con dos movimientos, ya estaba enterrando la hoja en su pecho, atravesando incluso el acero de la armadura.
Sacó el arma lentamente del cuerpo e hizo arder el aire alrededor de la hoja, evaporando la sangre.
Se giró y el viento viciado de la guerra comenzó a mecer su túnica negra. Ni una mancha ensuciaba su piel blanca, pese a haber matado ya a más de treinta hombres.
—No sabes lo que has hecho —replicó Aigerim acercándose a él tras haber destrozado de un solo golpe de sus hachas a varios de sus hombres.
—Sí lo sé, lo sé muy bien —repuso con sus ojos grises fijos en la mujer.
Ella se lanzó sobre él. Su hacha derecha cortó en un instante el espacio entre ellos; se escuchó un chasquido en medio de los gritos y la izquierda se hundió sobre la piel, partiendo huesos, carne y tendones en un parpadeo.
Para cuando Aigerim reaccionó, ya había cortado en dos a uno de sus hombres; Eyras había intercambiado lugares con él y se movía ahora desde su costado con una estocada.
El estómago se le revolvió al comprender lo que había ocurrido.
Llena de ira, usó una de sus hachas para detener desde arriba la espada y dibujó un arco lateral hacia su cráneo.
Él se agachó mientras avanzaba, soltando su espada y metiéndole un puñetazo tan pesado que perforó como cristal la placa de metal en su pecho, mandándola a volar varios metros... mientras la espada del emperador aparecía de regreso en su mano.
Caminó hacia ella... Aigerim se puso de pie y arrancó la placa de metal abollada de su pecho.
—Entiendo por qué esta gente confía en ti —señaló, limpiando la sangre de su boca—. Pero no eres nada frente al Santo Imperio.
—Tus palabras me han lastimado más que tus armas.
—Podemos cambiar eso.
En ese instante la mujer lanzó el hacha derecha girando a alta velocidad. Eyras también giró para esquivarla; el arma rasgó su ropa dejando un corte superficial.
El aire comenzó a hacerse frío... y, al volver la vista para alcanzarla, se encontró de pie sobre suelo negro pulido.
Buscó con avidez orientarse, pero...
—Buenos días —dijo una voz que le era irracionalmente familiar—. Bienvenido.
Y entonces lo vio: de entre las sombras emergió un individuo. Su aspecto era tan real como antinatural, como una herida en el espacio. Eyras posó su vista sobre esos ojos quirúrgicamente idénticos a los suyos y, de un vistazo, memorizó cada detalle en él.
Quería encontrar alguna diferencia, algo que los distinguiera, alguna cicatriz fuera de lugar, costuras distintas en la ropa o al menos la forma de caminar; al no encontrarlo, sintió un escalofrío...
—¿Dónde estoy? —preguntó, apenas alterado.
—Aquí —contestaron cuatro voces al unísono—. Con nosotros.
Y, tras esto, surgieron tres copias más, caminando con la suficiencia de alguien que ha conquistado un continente y la arrogancia de quien cree saberlo todo.
La ironía lo golpeó de inmediato. Cuatro versiones de sí mismo. No soportaba verlos por más tiempo.
Extendió la mano buscando ordenar al aire hacerlos pedazos, pero nada pasó.
—El Ur no funciona aquí —contestó el primero, desenvainando su espada.
—A no ser que ella lo permita —continuó otro.
Su mente se movió rápido; observó alrededor buscando algún atisbo de lo que pudiese parecer una salida.
La habitación era hermética, de paredes altas y amplias, plagada de columnas y llena de luces que parecían no venir de ningún lado.