—Tengo mucha hambre —dijo Sabrina—. Me duelen las manos. Me siento muy sucia.
Lo dijo al aire, no exactamente a Ho, que estaba sentado al frente y llevaba un rato mirando el suelo con esa expresión de quien está en otro lugar aunque el cuerpo no se haya movido.
—Extraño a mis padres —dijo Ho. No como respuesta. Como si lo dijera por primera vez, aunque ya lo había dicho antes.
Sabrina lo miró.
—¿Tus padres saben que estás aquí?
—Probablemente no —dijo Ho—. O probablemente sí y están ocupados.
Sabrina no supo qué responder a eso, así que no respondió. Se acomodó contra la pared lo mejor que las esposas le permitían y miró el techo.
—Si Antonieta Berman me viera ahora —murmuró—, seguro que se reiría de mí.
—¿Quién es Antonieta Berman?
—Mi rival de baile. La odio.
Ho consideró esto.
—¿Por qué?
—Porque siempre está ahí —dijo Sabrina, como si fuera la razón más obvia del mundo—. Siempre. En cada competencia. Sonriendo.
Ho volvió a mirar el suelo.
—Entiendo eso —dijo.
La extracción
Lo primero que notaron fue el silencio. No el silencio del centro de investigación cuando baja el nivel de actividad —ese tenía sus propias texturas, sus propios ruidos de fondo—, sino un silencio diferente: el silencio de cuando algo que estaba encendido deja de estarlo. Las luces parpadearon una vez y se apagaron. Las pantallas también. Las alarmas emitieron un tono corto y agudo y luego nada.
En los pasillos, alguien empezó a correr. Luego más gente.
Sabrina y Ho se miraron en la oscuridad.
—¿Qué fue eso? —dijo ella.
—No sé —dijo él—, pero no creo que sea malo para nosotros.
Tenía razón. Dos minutos después, la puerta de la celda se abrió.
Zolen entró sin prisa, con el dispositivo guardado y las manos libres. Miró a los dos chicos con la atención rápida de quien verifica un dato.
—Vengan —dijo—. Estarán a salvo.
Rompió las cadenas con una descarga controlada —el metal cedió sin que el calor llegara a sus muñecas— y los tomó de la mano como si fuera la cosa más natural del mundo, que para Zolen probablemente lo era. Los sacó al pasillo.
Afuera, los guardias que intentaron interponerse cayeron uno por uno: no heridos, sino inconscientes, con la expresión tranquila de quien simplemente se durmió de pie. Las descargas de Zolen tenían esa precisión de quien ha aprendido a no dañarlos. Sabrina y Ho lo seguían sin soltar sus manos, que era la decisión más sensata que habían tomado en días.
En el pasillo principal, la doctora Villán los esperaba. No interponiéndose. Solo ahí, de pie, observando. Su cara tenía la expresión de alguien que está presenciando exactamente lo que esperaba presenciar y está tomando notas mentales más rápido de lo que puede procesar.
Zolen la miró. Ella lo miró. Ninguno de los dos dijo nada. Zolen siguió caminando.
La doctora los dejó pasar.
Cuando Olson llegó al pasillo, todo había terminado ya. Sus guardias estaban en el suelo dormidos, las celdas abiertas, y la doctora Villán seguía en el mismo punto donde la había encontrado el caos.
—Lo vi —dijo ella antes de que él pudiera hablar—. Estoy emocionada. Tenía razón sobre ellos.
—Todos lo vimos —dijo Olson, con ese tono plano que usaba cuando algo lo perturbaba más de lo que estaba dispuesto a mostrar—. ¿Viste el poder que tiene? Tenemos que hacer algo.
—Todavía no. —La doctora sonrió levemente—. Déjalos. A ver qué hacen. Solo vigilemos.
Olson la miró durante un segundo largo.
—Eso no es un protocolo —dijo.
—No —concordó ella—. Pero es lo correcto.
La tercera
El restaurante era del tipo que tiene las mesas demasiado juntas y la música demasiado alta, pero la comida llegaba rápido y en cantidad suficiente, que era todo lo que Carolina necesitaba de un lugar en ese momento. El hombre sentado frente a ella llevaba veinte minutos hablando de su trabajo, sus logros, su coche. Ella asentía en los momentos correctos con una sonrisa que había aprendido a fabricar con la misma facilidad con que otros fabrican excusas.
—Eres muy hermosa —dijo el hombre.
—Gracias —dijo Carolina—. Tú también eres muy lindo.
Le daba repulsión de solo verlo. Pero la comida era buena y gratis, y Carolina había aprendido hace tiempo que el estómago lleno vale más que el estómago vacío.
Fue entonces cuando notó al hombre de la entrada.
No era del tipo de persona que pasa desapercibida cuando uno sabe mirar, y Carolina siempre sabía mirar. Entró al restaurante y no buscó mesa ni menú: la buscó a ella directamente, con la seguridad de quien ya sabe lo que va a encontrar. Caminó hasta su mesa y se quedó de pie frente a ella con las manos a los costados.