La habitación no tenía ventanas. Era del tipo de lugar que no existe en ningún plano del palacio, que no aparece en ningún registro, que solo conocen quienes entran y quienes no salen. Rosedal la había diseñado así, o la había encontrado así y había decidido que le servía. Caminó por el corredor de piedra húmeda hasta la puerta y la abrió sin apresurarse, porque Rosedal nunca se apresuraba. La prisa era para quien teme llegar tarde, y ella nunca temía nada de eso.
La mujer encadenada colgaba de la pared con los labios cosidos. No con hilo: con algo más fino y más permanente, del tipo que no cede aunque el cuerpo lo intente. Sus ojos, lo único que podía mover, encontraron a Rosedal en el momento en que entró, y en ellos había algo que había superado el miedo hace tiempo y había llegado a otro lugar más quieto y más terrible.
Rosedal ni la miró. Miró a Kim.
Kim era joven, mucho más joven que su posición sugería. Caminaba levemente inclinada, como si cargara algo que nadie más podía ver. No tenía cabello, y en su lugar la piel de su cráneo estaba recorrida por cicatrices que no eran accidentales: demasiado regulares, demasiado precisas, el mapa de algo que alguien había decidido grabar ahí. Un gran tatuaje le cruzaba la cara siguiendo las mismas líneas, como si hubieran trazado el diseño primero y después lo hubieran profundizado con otra herramienta. Sus ojos no mostraban nada. Hacía tiempo que no mostraban nada.
—Kim —dijo Rosedal, con la voz de quien hace un encargo doméstico—. Quiero saber si está embarazada. Ábrela. Sácale todo.
Dijo esto y se sentó en la silla que había frente a la mujer encadenada, con la postura de quien se acomoda para ver algo. Le sonrió a la mujer, y la sonrisa era genuina, que era lo más perturbador de Rosedal: que sus sonrisas siempre lo eran.
Kim metió la mano en su propia boca y extrajo la daga que guardaba ahí, larga y oscura, con el gesto mecánico de quien ha hecho esto tantas veces que el cuerpo ya no necesita instrucciones. Un solo corte, limpio y vertical. La mujer se retorció en las cadenas, buscando el grito que sus labios cosidos no podían emitir. Kim trabajó con rapidez y sin expresión. Cuando terminó, sus manos estaban hasta los codos en algo que no vale describir, y la mujer había dejado de moverse.
—Listo —dijo Rosedal—. Ya puedes marcharte, Kim.
Kim se limpió lo que pudo, se inclinó en un gesto que podría haber sido reverencia, y salió.
Rosedal se levantó de la silla. Caminó hasta el cuerpo y se inclinó. Le apartó el cabello de la cara con una delicadeza que no combinaba con nada de lo que acababa de ocurrir, y le dijo al oído, en voz muy baja, con la intimidad de una confesión:
—Te lo dije. Ninguna mujer se acuesta con mi rey. Jamás.
Se incorporó. Sacó del pliegue de su vestido un dispositivo pequeño y oscuro, lo activó, y llevó a la boca un extremo. Escuchó.
La voz de Zolen llegó distorsionada pero reconocible, entrecortada por la distancia entre mundos. Palabras sobre los chicos. Sobre el entrenamiento. Sobre el antiguo rey. Rosedal escuchó durante un buen rato, con la cabeza ladeada y una expresión que fue cambiando muy despacio de la atención a algo que se parecía a la satisfacción.
Sonrió.
—Ya veo —murmuró para sí misma—. Con que así vas a traicionarme, zorro asqueroso. —Una pausa—. Veremos quién manda al final.
Guardó el dispositivo. Salió de la habitación sin prisa, cerrando la puerta detrás de ella con el mismo cuidado con que la había abierto.
La azotea
El edificio abandonado estaba en las afueras, donde la ciudad dejaba de intentarlo y el terreno ganaba: paredes con pintura descascarada, ventanas sin vidrio que enmarcaban el cielo, escaleras que resonaban diferente en cada piso según cuánto tiempo llevaban solas. La azotea era amplia y despejada, con el viento suficiente para que el cabello se moviera y los sonidos de la ciudad llegaran desde lejos, reducidos a un murmullo continuo que podría confundirse con silencio si uno no sabía escuchar.
Zolen los colocó separados, con espacio suficiente entre cada uno. Los cuatro se miraban con esa incomodidad específica de las personas que comparten algo enorme pero todavía no se conocen bien. Elsa estaba a un lado, con los brazos cruzados y la expresión de quien ha decidido confiar aunque no entiende del todo en qué.
Zolen fue directo a Key.
—Primero hay que liberar lo que está adentro. No hay que fabricar nada, no hay que inventar nada. Solo abrirle la puerta. —Se colocó frente a él. Vas a repetir estas palabras en tu mente: kingua guan siun gom. Mientras las dices, piensa en el agua. No en el concepto del agua. En el agua que conoces: en nadar, en la lluvia, en lo que sentías cuando algo raro te pasaba cerca de ella.
Key asintió. Cerró los ojos.
Kingua guan siun gom.
Nada al principio. Luego algo. Una vibración baja y profunda que no era sonido sino sensación, como una nota musical que el oído no puede registrar pero el pecho sí. Abrió los ojos y vio el agua: gotas suspendidas que habían aparecido de la nada, girando lentamente a su alrededor como satélites pequeños encontrando su órbita.
—Ahora —dijo Zolen—. Con todas tus fuerzas. En voz alta.