Sabrina fue la primera en encontrarle el ritmo a su poder, lo cual no sorprendió a nadie que la hubiera visto bailar. Para ella, el viento no era algo que se aprendía: era algo que se recordaba. En tres días ya podía elevarse sin esfuerzo, lanzar ráfagas de aire con la precisión de quien señala, sostenerse en el espacio con la calma de quien ha encontrado un equilibrio nuevo. Los demás la miraban practicar con esa mezcla específica de admiración y frustración que produce ver a alguien hacer fácil lo que a uno le cuesta.
—Si Antonieta Berman me viera ahora —dijo Sabrina desde dos metros de altura, con los brazos abiertos y los pies muy por encima del suelo de la azotea—, se moriría de la envidia.
—¿Quién es ella? —preguntó Key.
Ho, que estaba intentando levantar una piedra con la concentración de quien mueve un objeto por primera vez y sabe que no debería ser tan difícil, respondió sin levantar la vista:
—No le preguntes nada o se va a encadenar hablando de eso.
Sabrina aterrizó. No de golpe, sino despacio, con una elegancia que probablemente no era completamente involuntaria.
—Eres un idiota —le dijo a Ho—. Antonieta Berman es una antigua amiga. O lo fue. Ahora me odia y yo la odio. Si yo caminaba, ella corría. Si yo hablaba, ella cantaba. Siempre quiere superarme en todo. —Hizo una pausa mirando el cielo—. Me gustaría verla intentar esto.
—¿La odias porque te supera o porque no puede? —preguntó Key.
Sabrina lo miró.
—Las dos cosas —dijo, con una honestidad que claramente no había planeado—. Depende del día.
Zolen los interrumpió antes de que la conversación siguiera por ese camino, que era algo que hacía con frecuencia suficiente para que sospecharan que lo hacía a propósito.
—Escuchenme —dijo—. Sus habilidades son poderosas pero también son peligrosas, especialmente cuando aparecen sin control. Hoy quiero que practiquen algo distinto: no manifestarlas, sino contenerlas. Que estén presentes en sus mentes sin salir. Como tener una llama dentro de un vaso: está ahí, la sientes, pero no se derrama.
—¿Para qué sirve eso? —preguntó Ho.
—Para que no los destruya por dentro cuando menos lo esperen —dijo Zolen—. Y para que puedan usarlos cuando elijan, no cuando su cuerpo decida solo.
Se dispersaron.
Dentro del agua
Key fue al rincón más apartado de la azotea y cerró los ojos.
Lo intentó como Zolen había dicho: buscar el agua sin dejarla salir. Y estaba ahí, lo supo en seguida, más cerca de lo que esperaba. Podía escucharla: no el sonido del agua corriendo en algún lugar físico, sino algo más interior que eso, el flujo de la propia sangre en sus venas, la humedad del aire que respiraba, el peso invisible del agua en el ambiente. Todo el agua que siempre había estado ahí, que él siempre había sentido vagamente sin saber qué era lo que sentía.
La mantuvo. La sintió circular a su alrededor sin dejarla salir.
Y entonces pensó en Sebastián.
No lo eligió. Los pensamientos de ese tipo no se eligen: aparecen en el momento en que uno baja la guardia, que es exactamente cuando uno baja la guardia. La imagen llegó completa y sin aviso: Sebastián en el suelo del evento, los ojos abiertos mirando un techo que ya no podía ver. El crujido. La mano de Key que llegó demasiado tarde.
La concentración se fue.
Se sentó en el suelo con la espalda contra la pared y se quedó así, mirando sus manos.
—¿Por qué siempre estás triste?
Sabrina se había sentado a su lado sin que él la oyera llegar, que era algo que tenía: se movía sin hacer ruido cuando no competía.
—No siempre —dijo Key.
—Bastante siempre —dijo ella, sin malicia—. Sé que lo que está pasando es difícil. Yo llevo días sin hablar con mi padre y no sé cómo estará. Pero intento seguir adelante. —Una pausa—. Aunque no sé si eso es fortaleza o solo que no me queda otra.
Key la miró de reojo.
—Me pasó algo en el evento —dijo—. Algo que todavía no he podido dejar de cargar. Pero lo intentaré. Lo superaré.
Sabrina asintió. Luego, sin transición visible:
—¿Has tenido novia?
Key parpadeó.
—¿Qué?
—Te lo pregunto porque eres un chico lindo. Es una pregunta normal.
Ho apareció por el lado opuesto, sin invitación.
—¿Para qué le preguntas eso? Está sufriendo y tú le metes ese tema en la cabeza.
—Y tú cállate —dijo Sabrina—. Te lo pregunto lo que me dé la gana.
—Le preguntáis cosas al azar cuando está—
—Ho.
—¿Qué?
—Cállate.
Key los miró a los dos alternativamente y luego soltó algo que era casi una risa, la primera en varios días, pequeña y un poco sorprendida de sí misma.
—Nunca he tenido novia —dijo—. Soy muy tímido en esa parte. —Los miró—. ¿Y ustedes?