Las Cronicas de Key

Las rosas negras

Las fuentes del palacio de Azul corrían a cualquier hora del día o de la noche sin distinción, porque en ese mundo el tiempo no se medía igual que en otros y las fuentes no entendían de horarios. Rosedal caminaba entre ellas con las manos a la espalda, dejando que el agua le rozara los pies descalzos sin mojarse, lo cual era algo que podía hacer y hacía a veces sin razón particular, simplemente porque podía.

La figura que apareció al fondo del corredor de piedra era pequeña y rápida. Cabello negro dividido en dos mitades exactas, piel blanca con esa opacidad particular de quien no recibe luz suficiente y ha dejado de buscarla. Una capucha oscura. Una túnica que arrastraba levemente por el suelo húmedo. Al ver a Rosedal, se detuvo y se inclinó sin levantar los ojos del suelo.

—Mary —dijo Rosedal, sin volverse del todo, como si hubiera sabido que estaba ahí antes de verla—. Necesito que me hagas algo.

—Mi señora —dijo Mary—. Indíqueme.

Rosedal giró entonces y la miró con esa manera suya de mirar que era simultáneamente atenta y completamente indiferente a lo que veía.

—Hace algún tiempo colocaste tus huevecillos en varias personas. —Una pausa—. Necesito que actives el que está en Zolen. Ahora mismo.

Mary levantó los ojos. No debería haberlo hecho, y probablemente lo sabía, pero lo hizo de todas formas: miró directamente a Rosedal con algo que no era exactamente sorpresa sino su prima más cauta.

—Como usted guste, mi señora —dijo—. Pero él se saldrá de control.

—Esa es la idea —dijo Rosedal. Y sonrió, que era lo más inquietante que podía hacer en ese momento—. Quiero que se vuelva lo más incontrolable posible. —Volvió a mirar las fuentes—. Necesito un buen espectáculo.

Mary inclinó la cabeza. Sus dedos se movieron brevemente, con la discreción de quien ejecuta algo sin querer que lo vean ejecutar.

Rosedal ya estaba caminando en la otra dirección.

El origen de todo

En la sala de la casa de Elsa, Zolen se había levantado del sofá y caminaba de un lado a otro con ese ritmo de quien ordena en voz alta algo que lleva mucho tiempo organizado en la cabeza. Los cuatro lo miraban. Elsa desde el umbral de la cocina, con las manos apoyadas en el marco de la puerta y los ojos muy quietos.

—Mi planeta —dijo Zolen— es casi en su totalidad de agua. Lo ha sido siempre, desde antes de que existiera algo que pudiera recordarlo. Pero hace miles de años, en una noche en que las cinco lunas coincidieron en el cielo al mismo tiempo —algo que ocurre tan pocas veces que los que lo ven lo recuerdan como el centro de su vida—, una criatura del mar decidió abandonar el agua.

Hizo una pausa. No dramática. Solo el tiempo que tarda un pensamiento en acomodarse.

—Se llamaba Kingua. El primero de todos. Al principio tenía la forma de un calamar: caminaba erguido, con tentáculos que le servían de brazos, con un cuerpo diseñado para el agua que tuvo que aprender a existir fuera de ella. Tardó siglos en cambiar. Perdió los tentáculos, su cuerpo se hizo más pequeño, su piel tomó ese tono azulado que todavía llevamos. Pero lo que nunca perdió fue la capacidad de guiar a los demás: fue hacia los animales del planeta y los condujo, y ellos lo siguieron, y los siglos que pasaron después fueron siglos de evolución.

Key lo escuchaba sin moverse. Sabrina tenía las rodillas recogidas al pecho. Ho miraba el suelo con la concentración de quien está construyendo algo internamente mientras escucha. Carolina miraba a Zolen directamente, sin parpadear más de lo necesario.

—Cada especie del planeta —continuó Zolen— encontró su elemento. Somos un mundo de veinte elementos, y cada criatura es fiel a uno de ellos. Así como yo soy un zorro eléctrico, hay serpientes de hielo, y búhos del viento, y salamandras de fuego, y seres del agua. —Miró a Key—. Como tu madre. Como tú.

Key asintió sin decir nada.

—Kingua vivió dos mil años y murió como el primer rey. Después de él, su hijo. Después de su hijo, otro. Los milenios pasaron. El planeta evolucionó en tecnología, aprendimos a viajar al espacio, y empezaron las guerras y las conquistas. Más de veinte planetas cayeron bajo nuestro dominio. Cada especie aprendió a usar su elemento como arma, y la sangre de todas ellas se derramó en cada batalla.

Se detuvo un momento. Bebió agua del vaso que Elsa había dejado sobre la mesa antes de moverse.

—Y entonces llegó la guerra que lo cambió todo.

La guerra de las rosas

—Hace dos mil quinientos años —dijo Zolen—, en el reinado de Kunnhu, uno de los veinte elementos se rebeló.

Caminó hasta el centro de la sala y se quedó ahí, como si necesitara el espacio para que la historia cupiera.

—Las rosas. Eran todas mujeres, sin excepción: así había sido siempre en esa especie. Grandes habilidades, una lealtad a la tierra que ninguna otra criatura tenía de la misma manera. Durante siglos sirvieron a los reyes del agua. Y durante siglos acumularon algo que las criaturas del agua no vieron acumularse porque no estaban mirando: hartazgo. No querían seguir bajo un rey que no era de su elemento, que nunca lo sería, que tomaba sus bosques y sus recursos y a cambio ofrecía protección que ellas no habían pedido.




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