Las cinco lunas coincidieron esa noche sobre el planeta Azul, la misma alineación que había cambiado el mundo la primera vez, miles de años atrás. No había nadie en el palacio que no lo notara. La luz que entraba por las ventanas era de otro tipo: más densa, más azul, como si el cielo hubiera decidido recordarles algo que preferían olvidar.
Rosedal lo notó también. Se preparaba frente a un espejo de agua —el único tipo que usaba— con esa lentitud de quien no tiene prisa porque está segura de que el tiempo le pertenece. Mary esperaba detrás de ella, inclinada, con las manos juntas y los ojos en el suelo.
—¿Ya está activado? —dijo Rosedal, sin mirarse en el espejo sino mirando a través de él.
—Sí, mi señora. —Mary no levantó la vista—. Dígame cuándo quiere que proceda.
Rosedal se volvió. Le rozó la mejilla a Mary con el dorso de los dedos, suave, con esa ternura suya que siempre llegaba en los momentos más equivocados.
—Que comience el juego —dijo—. Quiero ver de qué son capaces.
Sonrió para el espejo. Las cinco lunas siguieron su camino en el cielo sin pedirle permiso a nadie.
El entrenamiento que no lo era
La mañana en la azotea era fría y clara, con ese tipo de luz que hace que todo parezca más definido de lo que es. Zolen los había llevado temprano, antes de que el sol terminara de decidirse, y ahora los miraba desde el centro del espacio con una expresión que ninguno supo leer correctamente hasta que ya era demasiado tarde.
—Hoy es diferente —dijo—. Hoy me atacáis. Con todo lo que tenéis, como sea.
Los cuatro se miraron.
—¿A ti? —dijo Sabrina.
—A mí.
Elsa estaba a un costado con los brazos cruzados y algo en la cara que era precaución pero no miedo, porque Elsa había decidido hace dieciséis años que el miedo podía vivir con ella pero no podía gobernarla.
Carolina fue la primera en moverse. Sin aviso, sin calentamiento, sin el segundo de duda que los demás todavía necesitaban. Se plantó frente a Zolen y abrió las manos.
—Siempre he querido quemar —dijo, y en su voz había algo que no era exactamente rabia sino algo más antiguo y más propio—. Quemar a todos y al mundo entero.
Las bolas de fuego salieron de sus manos en oleadas y Zolen las esquivó con una agilidad que no era la de siempre, que era otra cosa, más rápida, más animal. Ho corrió en la dirección opuesta, levantó piedras del suelo y las lanzó. Sabrina buscó el ángulo correcto, dejando que el viento le dijera dónde, atacando con ráfagas que no venían en línea recta sino en curva, impredecibles.
Key no se movía.
Miraba sus manos. Pensaba en el agua que sentía en el ambiente, en la sangre que corría por sus venas, en el peso de lo que era capaz de hacer. Y algo en él se resistía todavía: atacar a Zolen, a quien había llegado pensando que era el único aliado que tenían, era una cosa que su cuerpo no terminaba de aceptar.
Fue entonces cuando Zolen lo tomó por el cuello.
No con la fuerza medida de un entrenador que simula. Con otra fuerza. Lo levantó del suelo, y Key vio desde arriba los ojos de Zolen, y lo que vio no era Zolen: el cabello se levantaba por estática, de sus ojos brotaban chispas eléctricas de un color que no era el de siempre, y en esa cara que conocía había algo que lo había desplazado desde adentro.
—Pequeño príncipe —dijo una voz que usaba la boca de Zolen pero no era suya—. Me presento. Soy la mano derecha del rey. Su consejera y su verdugo.
Lo lanzó al suelo.
—Rosedal.
Lo que siguió ocurrió demasiado rápido para que ninguno pudiera hacer algo útil.
Zolen cruzó la azotea en dos pasos y tomó a Sabrina por el cabello. La golpeó en el estómago antes de que ella pudiera invocar el viento, y la lanzó al suelo con una violencia que no tenía nada de calculada. Ho intentó interponerse y recibió un golpe en la cara que lo dejó sangrando en el cemento, mirando el cielo con los ojos que parpadeaban.
Carolina atacó.
Lanzó todo lo que tenía —bolas de fuego, corrientes de calor, llamas en abanico— y Zolen absorbió parte de ello sin detenerse, avanzó entre las llamas y la tomó del rostro con una mano, levantándola del suelo. La descarga eléctrica que le atravesó el cuerpo fue breve y total. Carolina gritó, y el sonido rebotó contra las paredes del edificio abandonado, y luego quedó inmóvil en el suelo con los ojos cerrados.
Key corrió hacia su madre.
Zolen lo alcanzó antes de llegar.
—Nunca te liberarás de tu destino —dijo la voz que no era su voz—. Todos ustedes morirán hoy.
—¿Qué te está pasando? —dijo Elsa, intentando llegar a Key, interponiendo su cuerpo sin calcularlo porque era lo que hacía, siempre—. Suelta a mi hijo.
Key temblaba en el suelo. El miedo no era físico: era de otro tipo, el miedo de ver que algo en lo que confiabas era también lo que podía destruirte. Intentó pensar en el agua, en la voz que Zolen le había enseñado, en las palabras. No encontraba ninguna. Solo encontraba el suelo frío bajo las palmas y los ojos de Zolen mirándolo desde arriba con algo que no era Zolen.