Las Cronicas de Key

El amor y el odio

Cinco años pasan de maneras distintas según lo que uno está haciendo con ellos. Hay cinco años que se sienten como una vida y cinco años que se sienten como una semana larga. Los de Key fueron de otro tipo: cada día idéntico al anterior en estructura —entrenar, misión, informe, dormir— pero distintos en lo que dejaban: más músculo, más cicatriz, menos de esa cosa suave que uno tiene antes de perder lo suficiente.

Tenía veintiún años ahora. Era más alto, con el cuerpo de alguien que lleva media década entrenando porque no tiene otra manera de procesar lo que carga. En el dorso de cada mano llevaba un tatuaje: en la derecha el nombre de Elsa, en la izquierda el de Sebastián. En el cuello, un pentagrama de cinco puntas que nadie le había preguntado qué significaba y él no había explicado. No todo necesita explicación.

Sabrina había dejado de parecerse a la chica del restaurante de Canberra que bailaba música electrónica con esa precisión de quien lleva la música dentro. Seguía siendo ella, pero cinco años de entrenamiento y misiones te cambian la postura, te dan otra manera de entrar a una habitación. El cabello lo llevaba más largo y siempre recogido, por practicidad, aunque en los días libres a veces lo soltaba y entonces sí se parecía un poco más a quien había sido.

Ho tenía el cabello más corto que nunca y permanentemente despeinado, como si hubiera llegado a un acuerdo con él de que ninguno de los dos iba a esforzarse demasiado. En el brazo izquierdo llevaba un dragón tatuado que le subía desde la muñeca hasta el hombro, hecho en una sola sesión que según él no había dolido nada y según Sabrina había durado cuatro horas con él apretando los dientes.

La misión de la mañana

La doctora Villán los llamó temprano. Les asignó la misión con la brevedad de quien ya sabe que no necesita convencerlos: una pequeña banda de ladrones, una bodega en el distrito sur, captura limpia y rápida.

Los tres no dijeron nada. Salieron.

La bodega era de metal corrugado y olía a aceite de motor y a algo más difícil de identificar. Sabrina fue la primera en moverse: se elevó sin impulso, como quien da un paso normal pero hacia arriba, y atacó desde el aire abriendo puertas de un empuje de viento que las arrancó de las bisagras. Key entró por el frente y fue metódico: tomaba, lanzaba hacia afuera, seguía. No había conversación en su manera de pelear, no había gesto para la galería. Era eficiencia pura, del tipo que da miedo precisamente porque no parece costarle nada.

Ho los esperaba afuera. Cada cuerpo que salía volando aterrizaba en esposas de piedra que ya estaban formadas cuando llegaban, como si Ho supiera exactamente cuándo y desde dónde vendrían. No tardaron diez minutos.

En el auto de vuelta, el silencio entre los tres era del tipo cómodo, el que existe entre personas que ya no necesitan llenar el espacio con palabras para estar bien juntas.

—Si quieren pueden ir a ver a sus familias —dijo Key—. Tenemos hasta la noche.

—¿Y tú? —dijo Sabrina.

—Yo tengo un lugar al que ir.

Sabrina lo miró de reojo. Le tomó la mano un momento, sin decir nada, que era algo que hacía a veces y que Ho toleraba con la dignidad sufrida de quien sabe que no puede hacer nada al respecto.

—Vamos contigo —dijo ella.

—Los amoríos en el auto no —dijo Ho desde el asiento de atrás—. Pero si voy contigo. Aunque nada de besos ni cosas estúpidas. Establézcanlo desde ahora.

—No hay besos, Ho —dijo Key.

—Solo lo digo.

—Ya lo sabemos.

La tumba

El cementerio estaba en las afueras, entre cipreses que llevaban más tiempo ahí que cualquiera de los que pasaban por debajo de ellos. Caminaron un rato por los senderos de grava hasta llegar a la lápida que Key conocía de memoria: la forma de la piedra, el ángulo de la luz a esa hora, la pequeña mancha verde en la esquina inferior que no había estado los primeros dos años y luego apareció y se quedó.

Elsa Luz.

Key se sentó en el borde de la acera de piedra y no dijo nada inmediatamente. Miraba la lápida con esa clase de silencio que no es vacío sino lleno de cosas que no tienen forma de palabra todavía.

Sabrina se agachó frente a la piedra.

—Buenos días, señora —dijo, con esa naturalidad suya de quien le habla a los ausentes como si estuvieran en la habitación de al lado—. Me alegra venir a visitarla. Su hijo ya es un hombre. Fuerte, alto, bastante lindo también, aunque no se lo digo muy seguido porque ya tiene suficiente ego. Está listo para este mundo, creo. O el mundo está empezando a estar listo para él, que no es lo mismo pero se acerca.

Key la miró de costado.

—No tengo ego —dijo.

—Tienes un poco —dijo Sabrina.

Ho colocó una rosa sobre la lápida. La había comprado en el puesto de la entrada sin decirlo, lo que significaba que había salido del auto con dinero justo para una rosa, lo que significaba que lo había planeado. Se quedó de pie mirando la piedra con las manos en los bolsillos.

—Todavía no entiendo —dijo—, cómo seguimos trabajando con la misma gente que nos hizo esto.

El silencio que siguió tenía peso.




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